Vivir Cultura
11 de Marzo de 2012

Cuentos y Leyendas de Honduras: La casa de los muertos

10:20AM   - Redacción:  redaccion@laprensa.hn

José Santiago Lanza vivió en la ciudad de Comayagua, sus padres habían fallecido y con grandes esfuerzos ganaba para el sustento diario.

Una familia adinerada que vivía en una de las viejas y lujosas casas de la ex capital le daba trabajos de jardinería y de reparar objetos de vez en cuando a José; don Gabriel, que así se llamaba el acaudalado, lo llamó un día y le dijo.

Mira José, mi esposa, mis dos hijas y yo vamos de viaje para México estaremos allá dos semanas, ¿queremos que te encargues de la vigilancia de la casa, te parece...? ¡Ah! y te voy a pagar muy bien esas dos semanas, el muchacho aceptó y fue así que un fin de semana don Gabriel y su familia abandonaron la ciudad.

Durante la primera semana José Santiago se habituó a recorrer la casa durante el día y la noche.

Una mañana aproximadamente a las 10:00 escuchó ruidos extraños y se dedicó a buscar el origen de los ruidos, abrió una de las habitaciones, levantó una alfombra y descubrió que había una pequeña puerta, la levantó y se dio cuenta de un sótano escondido.

Para salir de la curiosidad fue por un foco de mano y comenzó a bajar los escalones, aún escuchaba los ruidos y alumbró hacia una esquina, solo miró un viejo baúl y se acercó, los ruidos cesaron, pero la necedad lo obligó a abrir el baúl, había ahí monedas de oro y muchos papeles, al revolver los papeles se dio cuenta que unos estaban manchados de sangre.

Lleno de pánico al descubrir sangre en los papeles, José Santiago se apresuró a salir de aquel sótano siniestro, cerró la pequeña puerta, colocó la alfombra tal como la había encontrado y se fue al jardín, sintió que las piernas le temblaban, apenas podía remover la tierra con una pequeña pala.

Cuando logró calmarse escuchó que el viejo reloj de la catedral marcaba las 11:00 am.

Los días siguieron pasando, se aproximaba la llegada de don Gabriel y su familia, entonces el joven se apresuró a limpiar hasta el último rincón de la casa. Se había calmado porque no volvió a escuchar los ruidos, aunque mantenía en su mente la imagen del baúl que encontró en el sótano.

¿No hubo novedad José...? preguntó el viejo Gabriel mientras colocaba dos enormes valijas sobre el piso de la sala. No señor, no hubo novedad, todo ha estado tranquilo. Te felicitamos manifestó doña Aurora, la esposa del viejo. Esta casa la tienes como espejo, limpia tal como a mí me gusta mantenerla, vale más que no tenés familia, así no les has hecho falta.

Gracias, dijo José, son muy amables, me voy a retirar a mi casita para que ustedes descansen. Un momento muchacho, te prometí el pago de dos semanas, pero por lo bien que está la casa te voy a dar el pago como si hubieras trabajado dos meses.

El viejo sacó un fajo de billetes y se los dio al sorprendido muchacho que casi llora de la emoción, las dos hijas del matrimonio rieron, mira mamá se puso coloradito cuando José llegó a su casita contó los billetes y sonrió.

Una semana más tarde José regresó de trabajar, estaba muy cansado y se acostó a las 7:00 pm y así pasaron las horas hasta que a medianoche José soñaba que una hermosa mujer le pedía que la ayudara.

José, José, necesito tu ayuda, soy yo la de la casa de Gabriel, la sangre que viste en los papeles es mi sangre, no debe quedarse sin castigo, tienes que regresar, entrar al sótano y prenderle fuego a los papeles, mi esposo, mis hijos y yo estamos enterrados en el sótano, quema los papeles José, quema los papeles... quema los papeles... La voz se fue alejando poco a poco, José despertó sobresaltado, el corazón le latía rápidamente, su cuerpo estaba bañado en sudor.

Vengo a arreglar el jardín, dijo José a don Gabriel, traje el abono que me pidió, pasa adelante José, mi esposa quiere que le ayudes a limpiar una de las habitaciones. José entró a la habitación, era la misma donde estaba la entrada al sótano.

Haceme un favor dijo la señora, ayúdame a levantar esta pequeña alfombra, allí estaba la entrada al sótano, José se puso nervioso, antes de que se me olvide dijo la doña, abrí esa pequeña puerta, ahí hay un sótano al bajar las gradas vas a encontrar dos escobas, las agarras y las traes, con ellas vamos a barrer esta habitación.

Cuando el muchacho bajó, la señora cerró la pequeña puerta, le colocó un candado y le habló al esposo, ya está Gabriel, no hay testigo. El viejo lanzó una carcajada y gritó, maldito muchacho, nos descubriste, te diste cuenta que nosotros matamos a la familia que aquí vivía, aunque grites nadie te va a escuchar, te vas a podrir ahí adentro, ¡jajajajajaja!

Desesperado José estuvo golpeando la pequeña puerta hasta que se cansó, se sentó en uno de los escalones y recordó el sueño, encendió su foco de mano en la bolsa de la camisa que siempre llevaba y una cajetilla de fósforos, sintió que de nuevo manos y piernas le temblaban y haciendo un esfuerzo sobrehumano abrió el baúl, sacó los papeles ensangrentados y sin pensarlo dos veces los acomodó en el suelo, encendió un fósforo y les metió fuego.

El humo comenzó a filtrarse con la pequeña puerta del sótano, el viejo gritó indignado. Qué estás haciendo estúpido, vas a meterle fuego a la casa, tráeme la pistola mujer, ya va a ver este infeliz. Con la pistola en mano abrió la puerta don Gabriel, bajó los escalones, su esposa e hijas lo seguían, de repente la pequeña puerta se cerró de golpe detrás de aquella familia.

José vio horrorizado como cuatro cadáveres avanzaban hacia el viejo y su familia, cerró sus ojos y se los cubrió con sus manos, escuchaba los gritos de angustia de aquellas personas. Poco después hubo un silencio absoluto y en un susurro escuchó.

Esta casa es tuya José te la has ganado, la pequeña puerta estaba abierta, José cerró el baúl y salió, sentía una gran paz en su corazón.

Con el correr del tiempo, José se cambió el nombre, se convirtió en un próspero hombre de negocios y vivió en una de las casas más hermosas de Comayagua, actualmente existe ahí un moderno edificio, los viejos cuentan esta historia sin dar mayores explicaciones.

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