Vivir Cultura
2 de Junio de 2012

Cuentos y Leyendas de Honduras: El paso de la muerte

10:53AM   - Redacción:  redaccion@laprensa.hn

La gente viajaba en pequeñas caravanas en busca de mejores oportunidades en Tegucigalpa.

La gente viajaba en pequeñas caravanas en busca de mejores oportunidades en Tegucigalpa. Unos llevaban productos para vender; otros, la ilusión de conseguir un buen trabajo. Aquella situación llamó la atención de dos individuos que comenzaron a asaltar a los viajeros, especialmente a las mujeres.

Al comenzar la cuesta de Neteapa hay un río cristalino. La orilla está cubierta permanentemente de monte y era ahí donde los facinerosos se escondían. Una tarde asaltaron a una joven que era acompañada por tres de sus tías. No conformes con llevarse las cosas de las cuatro mujeres, golpearon a la muchacha porque se les opuso. Llevaron a Lila adonde don Paco, su padre. El hombre atendió a su hija y no hizo ningún comentario, aunque en su mente aparecieron las ideas más siniestras de venganza. Fue así que decidieron cobrar los daños físicos y mentales de su hija y una tarde partió a Neteapa.

Al aproximarse a la famosa cuesta llamada también “La cuesta de los tres gritos” dejó escondido el caballo. Llevaba una pistola de calibre largo, un afilado machete y un puñal.

Poco a poco se fue deslizando entre los árboles con el propósito de encontrar a los delincuentes. Al bajar al río escuchó las risas de los hombres, se agazapó en unos matorrales y siguió caminando sin hacer ruido hasta que logró tenerlos muy cerca. Sacó su pistola y comenzó a disparar. Los delincuentes quedaron tendidos sobre unas piedras. Acto seguido los agarró a machetazos.

Cuando don Paco iba de regreso adonde estaba su caballo, este comenzó a relinchar asustado. Lo agarró de las riendas para calmarlo y no pudo escapar de la mordida de una serpiente cascabel. Como pudo llegó a Danlí y murió antes de alcanzar la puerta de su casa.

Tres días después encontraron los cuerpos de los asaltantes en estado de putrefacción. Lila y su familia dedujeron que don Paco los había matado y que en el mismo lugar había sido mordido por la cascabel.

—A estos seguro que papá los mató con tan mala suerte que apareció la culebra y lo picó. Yo sabía que papá algo estaba tramando. Cuando se quedaba callado era señal de que había algo que nadie podría adivinar. Que en paz descanse; vamos a celebrar varias misas en su memoria.

Eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando un grupo de danlidenses regresaba de la capital.

Al pasar por un pequeño puente de madera sobre el río, donde comenzaba la cuesta, se quedaron petrificados al oír los gritos de unos hombres. Se escucharon con claridad en el mismo sitio donde habían encontrado los cuerpos de los delincuentes.

Los del grupo dijeron que ni cuenta se dieron de a qué horas llegaron a las mesas del sitio donde funcionaba un comedor. Desde ese día comenzaron las apariciones, con resultados dramáticos.

Un señor de apellido Oyuela se adelantó a la caravana para demostrarles a todos que era puro cuento lo de los fantasmas en aquel paso de la muerte, como bautizaron al lugar.

Cuando los miembros de la caravana llegaron al puente de madera encontraron muerto al señor Oyuela. Supuestamente había fallecido de un ataque al corazón, pero ¿quién se lo causó? ¿Qué vio en aquellos matorrales?

Otro caso fue el de doña Eugenia, mujer laboriosa que vivía en Arenales. Pasó por el lugar sola. No se sabe qué vio, pero los viajeros la encontraron caminando y hablando sola por el camino. Había enloquecido.

Los extraños sucesos en el paso de la muerte obligaron a los viajeros a pasar por el lugar en grupos grandes y de día, jamás por la tarde o la noche.

Adrián, originario de la aldea Villa Santa, cerca de Danlí, les comunicó a sus amigos que él iría solo al lugar de las apariciones para saber qué estaba sucediendo realmente. Los demás ignoraban que Adrián era hijo de un viejo que conocía mucho de ciencias ocultas.

—Penan no por sus crímenes, sino porque algo valioso dejaron oculto —le habría dicho el papá. Adrián llegó a Neteapa. De una alforja sacó un pequeño bote y roció la tierra con su contenido, escuchó ruido en los matorrales y preguntó:

—¿Dónde esconden lo que los atormenta?

Hubo un crujido de ranas y una voz hueca respondió:

—Antes de llegar al final de la cuesta hay una piedra grande. Ahí hay mucho dinero, el esqueleto de un niño que matamos. ¡Ayúdanos!

Una hora más tarde, Adrián sacó el tesoro, envolvió los huesos del niño y los enterró en un cementerio.

Las campanas de la iglesia de Danlí repicaron con tristeza aquella tarde; nadie sabía por qué. En ella se celebró a puertas cerradas un rito religioso y desde aquel día desapareció el terror en el paso de la muerte.

Quizás resulte extraño que siempre que se encuentra un tesoro hay que rogar por las almas de quienes lo escondieron. Eso es así. Nuestras costumbres y tradiciones jamás cambiarán ni con el paso del tiempo.

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