Vivir Cultura
12 de Enero de 2013

Silencio en Catacamas

01:51PM   - Redacción:  redaccion@laprensa.hn

Roberto y Eleonora se miraban supuestamente a escondidas.

Doña Eleodora (nos reservamos su apellido) vivió en Catacamas Olancho, durante su juventud galopaba en los mejores caballos de la región y acompañaba a su padre y hermanos a los grandes corrales donde tenían ganado de pura sangre.

La propiedad estaba ubicada a escasos kilómetros de la ciudad, en el corredor de Catacamas a Juticalpa, los mozos -que ya conocían a la joven Eleonora- la miraban con admiración por su habilidad en montar a caballo y para lazar a los terneros en plena carrera, también había mucho respeto hacia ella, contrario al buen carácter y amabilidad de la joven, su padre era un déspota con los trabajadores, soberbio con todas las personas, de pocos amigos; don Laureano -así se llamaba el padre de Eleonora- la mantenía vigilada, cada vez que podía la intimidaba: “No quiero saber que se te acerca un hombre y le haces caso, ¡ese mismo día lo mato!”.

“Pero papá... ¿no puedo tener amigos?” “No, hasta que yo lo decida”.

Todos sus hermanos, en total siete, sabían lo delicado que era el papá, y la aconsejaban para evitarle problemas.

Roberto M. era un estudiante extraordinario, muy querido en el pueblo por su don de gente, ayudaba a quien necesitaba de su cooperación. Tuvo la desgracia de conocer, en una de las calles de la ciudad, a la hija del ganadero don Laureano, los vigilantes corrieron a decirle a su patrón que su hija había conocido a un muchacho que no sabían quién era, pero que habían averiguado la dirección de su casa. El viejo dio un puñetazo en la mesa y gritó: “¡Eso era lo que no quería, ese tipo puede ser una amenaza para mi hija!... pero déjenlo que agarre confianza y en el último momento él sabrá quién soy yo”.

Roberto y Eleonora se miraban supuestamente a escondidas, mas no sabían que cada uno de sus pasos era vigilado por hombres y mujeres contratados por don Laureano.

Cuando las cosas mejoraron entre los jóvenes, empeoraron para el viejo hacendado, sin embargo tenía un plan bien trazado: “El próximo viernes van a hacer lo que les diga, ya me di cuenta que el tal Roberto es muy querido en este pueblo, todos lo han visto con mi hija, de manera que lo que a él le suceda quedará como ejemplo para que nadie se acerque a ella jamás, así comenzarán a conocerme y a tenerme miedo”.

Ya dije que hasta que yo lo permita un hombre que yo escoja se acercará a mi hija, ¿entendido?”.

Eran las seis de la tarde cuando se escucharon varios disparos en un barrio de la ciudad, los vecinos salieron a ver qué sucedía, alcanzando a ver a dos individuos enmascarados que a todo galope abandonaban el lugar montados en caballos negros, el muerto era el joven Roberto; la víctima yacía en el suelo bañado en su propia sangre, 10 disparos había recibido en su cuerpo. Cuando Eleonora se dio cuenta de lo sucedido, no lloró, se mantuvo en silencio; cuando el papá le dijo: “Te diste cuenta que mataron a un muchacho que se llamaba Roberto?, creo que una vez lo miré platicando con una muchacha que se parece a vos”.

Ese mismo día, cuando llevaban el ataúd la gente salía a las puertas de sus casas, nadie hablaba, había un silencio absoluto. Desde un lugar apartado el viejo Laureano, en compañía de su hija y sus mozos, miraban pasar el cortejo con los restos de Roberto. “Qué raro” -dijo el viejo-, “no se escucha una sola bulla, la gente de aquí es tarada”. Eleonora permanecía erguida, sin dar muestras del dolor que sentía en su alma; ni pájaros ni perros, mucho menos las personas rompieron aquel tremendo silencio hasta llegar al cementerio.

Todos sabían que la muerte de Roberto había sido por encargo, también sabían quién lo había mandado a matar, nadie decía nada por miedo. Antes de sepultar al muchacho, una anciana dijo en voz alta: “Han matado a un buen muchacho, hemos guardado silencio... este silencio perseguirá a los responsables de esta muerte”.

Al escuchar aquellas palabras todos se estremecieron. Nueve días más tarde, cuando el hacendado salía con sus hombres rumbo a los potreros se dieron cuenta que no había ruidos, las vacas silenciosas, los cerdos, las gallinas, los perros y los pájaros, nadie producía un solo sonido. El viejo gritó algo pero nadie lo escuchó, los hombres trataron de hablar y no pudieron, enloquecidos por aquel silencio comenzaron a dispararse entre ellos mismos, solo uno logró sobrevivir, el viejo quedó muerto sobre su caballo.

Cuando la noticia llegó a la hacienda, el sobreviviente habló del silencio, dijo que todos enloquecieron, que él sabía quiénes habían matado al muchacho y que lo sucedido era un castigo de Dios. Todo se supo en la ciudad, y recordaban las palabras de la anciana: “Este silencio perseguirá a los responsables de esta muerte”.

Doña Eleonora, quien nos contó esta historia, manifiesta que ella y sus hermanos vendieron las propiedades que dejó don Laureano. “Unos se fueron para Estados Unidos, yo me trasladé a Tegucigalpa donde me casé y tuve tres hijos que ya son hombres; pero a veces, cuando estoy sentada en mi mecedora... cuando estoy en silencio... viene a mi mente Roberto, el joven que amé con toda mi alma... aún lloro por él”. Abandoné la casa de doña Eleonora y me di cuenta que a veces el silencio habla por mil palabras.

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