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Árboles sirven como aula de clases para 45 alumnos en San Manuel

<p>Maestros y estudiantes del colegio Rafael Pineda Ponce necesitan apoyo para construir una nueva aula.</p>

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A las 12:50 de la tarde los rayos del sol se filtran en medio de los árboles, que con su sombra abrigan a los estudiantes del tercer año de la carrera de Computación del Instituto San Manuel.Para recibir sus clases, los alumnos sacan las sillas de una bodega y las acomodan, no en un piso de losa sino sobre la tierra; es hora de sentarse, como lo han hecho durante los últimos 53 días, debajo de los árboles.Una pizarra blanca sobre dos sillas de metal detenida con pedazos de bloque le sirve a los maestros para enseñar, como pueden, a estos jóvenes que el próximo año pasarán a formar parte de la masa laboral.Este instituto inició sus funciones en el año 2000, enclavado en la colonia Villa Italia, aldea El Porvenir, con una vista panorámica privilegiada, desde donde se puede apreciar el hermoso valle con diversos cultivos y junto a ellos, los poblados vecinos.En este contraste estudian cada tarde 45 jóvenes que fueron los “escogidos” para aprender a la intemperie.En 2011, el colegio tenía 269 alumnos. Este año la matrícula creció 30%. Ya son 303 estudiantes y los maestros se vieron obligados a improvisar un aula en el patio, en medio de cuatro benjaminas y dos árboles de limón. El inmueble solo tiene cinco salones. Los que no tienen silla se acomodan en cinco bancas de cemento que utilizan también como escritorios.Los gritos y voces de los alumnos de las aulas ubicadas en la parte baja del terreno, ciclo común, primero y segundo de bachillerato en Computación, interrumpen notablemente la concentración de los jóvenes que están en el patio.El martes de esta semana los estudiantes tuvieron una exposición en la clase de Administración: “Hablá más duro Javier que no se escucha”, gritó una de las alumnas a su compañero, que junto a cinco jóvenes con resúmenes en mano, además de tratar de exponer, debían sostener la pizarra ante el traicionero viento.“Es muy difícil captar la atención de nuestros compañeros en un ambiente como en el que estamos recibiendo clases”, dijo Bessy Chicas Amaya. La joven reconoce el esfuerzo de sus padres que son su inspiración para continuar estudiando, a pesar del ambiente antipedagógico.El maestro Javier Hernández es consciente de la dificultad para impartir las clases porque son espacios muy abiertos y no llenan las condiciones para los estudiantes, pero ante el poco apoyo que han tenido de las autoridades de Educación no les ha quedado alternativa.A la 2:30 de la tarde suena el timbre indicando el cambio de clase, los estudiantes aprovechan para moverse de sus lugares; 10 minutos después llega el maestro José Barrera a impartir la clase de Análisis y Diseño de Sistemas, mientras los alumnos se acomodan de nuevo en medio de bromas: “cerremos la puerta que hay mucho aire”.Las distracciones están por doquier, aunque algunos se entretienen afinando sus talentos como Kristopher Martínez, que dibuja rosas con su lápiz cuando, según dice, se siente aburrido.Las clases prácticas, como Física y Química, son aún más difíciles, pero el intento lo vale. A las 5:30 de la tarde suena otra vez el timbre, indicando la hora de salida, todos agarran de nuevo sus asientos para meterlos a la bodega y luego tomar el camino a casa.  La mayoría de los estudiantes provienen de familias de escasos recursos económicos de San Manuel, que se esfuerzan para que sus hijos estudien.A pocos días de haber empezado las clases al menos tres jóvenes no pudieron sobrellevar esta situación y decidieron abandonar el colegio, y los que tenían mejores condiciones económicas se trasladaron a otro.Falta ayuda Hace unos meses, debido a una publicación de Más noticias relacionadas

A las 12:50 de la tarde los rayos del sol se filtran en medio de los árboles, que con su sombra abrigan a los estudiantes del tercer año de la carrera de Computación del Instituto San Manuel.

Para recibir sus clases, los alumnos sacan las sillas de una bodega y las acomodan, no en un piso de losa sino sobre la tierra; es hora de sentarse, como lo han hecho durante los últimos 53 días, debajo de los árboles.

Una pizarra blanca sobre dos sillas de metal detenida con pedazos de bloque le sirve a los maestros para enseñar, como pueden, a estos jóvenes que el próximo año pasarán a formar parte de la masa laboral.

Este instituto inició sus funciones en el año 2000, enclavado en la colonia Villa Italia, aldea El Porvenir, con una vista panorámica privilegiada, desde donde se puede apreciar el hermoso valle con diversos cultivos y junto a ellos, los poblados vecinos.

En este contraste estudian cada tarde 45 jóvenes que fueron los “escogidos” para aprender a la intemperie.

En 2011, el colegio tenía 269 alumnos. Este año la matrícula creció 30%. Ya son 303 estudiantes y los maestros se vieron obligados a improvisar un aula en el patio, en medio de cuatro benjaminas y dos árboles de limón. El inmueble solo tiene cinco salones.

Los que no tienen silla se acomodan en cinco bancas de cemento que utilizan también como escritorios.

Los gritos y voces de los alumnos de las aulas ubicadas en la parte baja del terreno, ciclo común, primero y segundo de bachillerato en Computación, interrumpen notablemente la concentración de los jóvenes que están en el patio.

El martes de esta semana los estudiantes tuvieron una exposición en la clase de Administración: “Hablá más duro Javier que no se escucha”, gritó una de las alumnas a su compañero, que junto a cinco jóvenes con resúmenes en mano, además de tratar de exponer, debían sostener la pizarra ante el traicionero viento.

“Es muy difícil captar la atención de nuestros compañeros en un ambiente como en el que estamos recibiendo clases”, dijo Bessy Chicas Amaya. La joven reconoce el esfuerzo de sus padres que son su inspiración para continuar estudiando, a pesar del ambiente antipedagógico.

El maestro Javier Hernández es consciente de la dificultad para impartir las clases porque son espacios muy abiertos y no llenan las condiciones para los estudiantes, pero ante el poco apoyo que han tenido de las autoridades de Educación no les ha quedado alternativa.

A la 2:30 de la tarde suena el timbre indicando el cambio de clase, los estudiantes aprovechan para moverse de sus lugares; 10 minutos después llega el maestro José Barrera a impartir la clase de Análisis y Diseño de Sistemas, mientras los alumnos se acomodan de nuevo en medio de bromas: “cerremos la puerta que hay mucho aire”.

Las distracciones están por doquier, aunque algunos se entretienen afinando sus talentos como Kristopher Martínez, que dibuja rosas con su lápiz cuando, según dice, se siente aburrido.

Las clases prácticas, como Física y Química, son aún más difíciles, pero el intento lo vale.

A las 5:30 de la tarde suena otra vez el timbre, indicando la hora de salida, todos agarran de nuevo sus asientos para meterlos a la bodega y luego tomar el camino a casa.
La mayoría de los estudiantes provienen de familias de escasos recursos económicos de San Manuel, que se esfuerzan para que sus hijos estudien.

A pocos días de haber empezado las clases al menos tres jóvenes no pudieron sobrellevar esta situación y decidieron abandonar el colegio, y los que tenían mejores condiciones económicas se trasladaron a otro.

Falta ayuda

Hace unos meses, debido a una publicación de Más noticias relacionadas

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