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Rogelio García, médico de profesión y corredor por afición

<p>El doctor Rogelio García Maradiaga no ha parado de correr desde hace más de 35 años.</p>

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Era el más pequeño y el más apartado de la clase, pero siempre bien aceptado por sus compañeros porque les ayudaba con sus tareas de matemáticas. Los fortachones incluso lo defendían cuando alguien quería agredirlo, dice Rogelio García Maradiaga al hacer un inventario de su vida desde sus años en la escuela José Trinidad Cabañas del barrio Guanacaste de Tegucigalpa, hasta que se jubiló como médico gastroenterólogo.Cierta vez que salía de clases dándole lengüetazos a un cono, unos cipotes de la calle quisieron quitarle la golosina, más no sabían que detrás de Rogelio venía quien se los iba a impedir. Era Luis Alonzo Discua Elvir, uno de los niños más fornidos del aula, quien con el tiempo se convertiría en jefe de las Fuerzas Armadas de Honduras.“Era bravo y bueno con los golpes, con solo verlo aquellos cipotes salieron corriendo”.Aunque fueron compañeros hasta la secundaria, el destino les tenía señalados caminos distintos. Mientras Discua Elvir se ponía el uniforme verde olivo, García Maradiaga vestía la gabacha blanca de doctor. Ahora, ambos están retirados de sus respectivas carreras.Su estatura de 1.65 metros no fue obstáculo para que Rogelio alcanzara otras metas que también se propuso en la vida, como la de ser “bombero de corazón, músico por diversión y corredor por afición”. Solamente la canasta no pudo alcanzar en su años escolares porque se lo impedían sus compañeros más grandes, por eso se retiró del basquetbol.Estudiaba en el Instituto Central, de Tegucigalpa, cuando con otros compañeros formó el conjunto Los Rangers, que hizo furor en el ambiente capitalino en los años de “la nueva ola”, con Rogelio como percusionista.El principal éxito del grupo fue “La chica del Central”, que hace referencia a una estudiante que iba al colegio solo a “calentar el banco” y que de nueve materias que llevaba solo una pasó. “Pero es mi novia tengo que quererla, que le voy a hacer”, decía el estribillo de la melodía compuesta por los colegiales.Adiós a la bateríaRogelio tuvo que dejar con dolor la batería de aquel conjunto luego de entrar a la Universidad Nacional Autónoma porque los estudios no le permitían divagarse en otras actividades. Su deseo había sido estudiar ingeniería porque era “pesado” con los números, pero un primo de su papá lo convenció que mejor se metiera a medicina.Fue gracias a esta carrera que conoció a Tessa Hidalgo, con quien tiene 39 años de casado. Es casi el mismo tiempo que lleva corriendo, más por mantenerse en buenas condiciones que para competir por una medalla, aunque ha ganado muchas.No ha parado desde que comenzó a hacerlo mientras estudiaba su especialidad en España. Le llamó la atención que en Madrid muchas personas, jóvenes y viejas, trotaban por los bulevares y las aceras, así que decidió imitarlas.Por muchos años estuvo participando en las maratones de La Prensa y en otras competencias logrando alzarse con varias premiaciones. Sin embargo, “cuando cumplí los 60 años en el 2003 decidí retirarme de competir, y seguir entrenando sin un tiempo y kilometraje que cumplir, sino correr suelto sin presión de ninguna clase”. Solo cuando llueve no sale a correr por las calles de su colonia Jardines del Valle de San Pedro Sula. “Ese día me siento como un león enjaulado”. Gracias a esa adicción positiva al ejercicio, a sus 69 años no padece ni de gripe, ni toma pastillas de ninguna clase. “Ni siquiera vitaminas, porque el sistema inmunológico se fortalece con el ejercicio”.Recordó que cierta vez en una farmacia se sometió a un examen gratuito que hacían a los clientes para determinar si tenían osteoporosis. Cuando le dieron su resultado, le dijo asombrada la encargada que tenía los huesos de un hombre de 30 años. El doctor tenía entonces 65. Como ya colgó su atuendo de médico, tiene más tiempo no solo para fortalecer su cuerpo sino también para dedicarse a fortalecer sus principios cristianos. “Mi familia y yo nos congregamos en la iglesia Bíblica Bautista de la colonia Universidad. Allí soy maestro de escuela dominical cristiana para adultos”, dice.Se definió como un ferviente admirador del obispo auxiliar de San Pedro Sula, Rómulo Emiliani, de quien guarda todos sus artículos y sobre todo su convicción de que “con Dios somos invencibles”.Correr es una válvula de escape El doctor Rogelio García Maradiaga considera que en alguna medida el ejercicio puede retardar el calendario de la edad. “Puede ser cierto si consideramos que los beneficios del ejercicio van dirigidos a mejorar el funcionamiento de nuestro organismo. Pero lo importante no es agregar años a la vida sino vida a los años”.Reafirmó que lo que cuenta es la calidad de vida que se obtiene con el ejercicio, ya que previene de padecer las llamadas “enfermedades crónicas no transmisibles” como la hipertensión arterial, diabetes, obesidad, artritis, y colesterol. Además, el ejercicio es una válvula de escape a las tensiones de la vida diaria, nos ayuda a mantenernos relajados”.El médico, quien está por cumplir setenta años, no considera peligroso correr a su edad. “Lo peligroso es iniciar a esta edad; pero después de muchos años de entrenar, mientras uno sea sano puede hacerlo. Recuerde que la edad de una persona no debe ser un concepto cronológico sino mental; o sea, una persona puede sentirse vieja a los 15 o joven a los 60 años; porque uno es tan viejo como su desesperación y tan joven como su esperanza; tan viejo como sus dudas y tan joven como su fe en Dios”.Manifestó que puede vivir en una casa más ostentosa, pero que prefiere una sencilla para demostrar a su hijos que la felicidad no está en lo material.“La clave no es tener todo lo que uno quiere sino querer lo que uno tiene, porque lo que uno tiene bien habido, sea mucho o sea poco, es la voluntad de Dios”.

Era el más pequeño y el más apartado de la clase, pero siempre bien aceptado por sus compañeros porque les ayudaba con sus tareas de matemáticas. Los fortachones incluso lo defendían cuando alguien quería agredirlo, dice Rogelio García Maradiaga al hacer un inventario de su vida desde sus años en la escuela José Trinidad Cabañas del barrio Guanacaste de Tegucigalpa, hasta que se jubiló como médico gastroenterólogo.

Cierta vez que salía de clases dándole lengüetazos a un cono, unos cipotes de la calle quisieron quitarle la golosina, más no sabían que detrás de Rogelio venía quien se los iba a impedir. Era Luis Alonzo Discua Elvir, uno de los niños más fornidos del aula, quien con el tiempo se convertiría en jefe de las Fuerzas Armadas de Honduras.

“Era bravo y bueno con los golpes, con solo verlo aquellos cipotes salieron corriendo”.

Aunque fueron compañeros hasta la secundaria, el destino les tenía señalados caminos distintos. Mientras Discua Elvir se ponía el uniforme verde olivo, García Maradiaga vestía la gabacha blanca de doctor. Ahora, ambos están retirados de sus respectivas carreras.

Su estatura de 1.65 metros no fue obstáculo para que Rogelio alcanzara otras metas que también se propuso en la vida, como la de ser “bombero de corazón, músico por diversión y corredor por afición”. Solamente la canasta no pudo alcanzar en su años escolares porque se lo impedían sus compañeros más grandes, por eso se retiró del basquetbol.

Estudiaba en el Instituto Central, de Tegucigalpa, cuando con otros compañeros formó el conjunto Los Rangers, que hizo furor en el ambiente capitalino en los años de “la nueva ola”, con Rogelio como percusionista.

El principal éxito del grupo fue “La chica del Central”, que hace referencia a una estudiante que iba al colegio solo a “calentar el banco” y que de nueve materias que llevaba solo una pasó. “Pero es mi novia tengo que quererla, que le voy a hacer”, decía el estribillo de la melodía compuesta por los colegiales.

Adiós a la batería

Rogelio tuvo que dejar con dolor la batería de aquel conjunto luego de entrar a la Universidad Nacional Autónoma porque los estudios no le permitían divagarse en otras actividades. Su deseo había sido estudiar ingeniería porque era “pesado” con los números, pero un primo de su papá lo convenció que mejor se metiera a medicina.

Fue gracias a esta carrera que conoció a Tessa Hidalgo, con quien tiene 39 años de casado. Es casi el mismo tiempo que lleva corriendo, más por mantenerse en buenas condiciones que para competir por una medalla, aunque ha ganado muchas.

No ha parado desde que comenzó a hacerlo mientras estudiaba su especialidad en España. Le llamó la atención que en Madrid muchas personas, jóvenes y viejas, trotaban por los bulevares y las aceras, así que decidió imitarlas.

Por muchos años estuvo participando en las maratones de La Prensa y en otras competencias logrando alzarse con varias premiaciones. Sin embargo, “cuando cumplí los 60 años en el 2003 decidí retirarme de competir, y seguir entrenando sin un tiempo y kilometraje que cumplir, sino correr suelto sin presión de ninguna clase”.

Solo cuando llueve no sale a correr por las calles de su colonia Jardines del Valle de San Pedro Sula. “Ese día me siento como un león enjaulado”. Gracias a esa adicción positiva al ejercicio, a sus 69 años no padece ni de gripe, ni toma pastillas de ninguna clase. “Ni siquiera vitaminas, porque el sistema inmunológico se fortalece con el ejercicio”.

Recordó que cierta vez en una farmacia se sometió a un examen gratuito que hacían a los clientes para determinar si tenían osteoporosis. Cuando le dieron su resultado, le dijo asombrada la encargada que tenía los huesos de un hombre de 30 años. El doctor tenía entonces 65.

Como ya colgó su atuendo de médico, tiene más tiempo no solo para fortalecer su cuerpo sino también para dedicarse a fortalecer sus principios cristianos. “Mi familia y yo nos congregamos en la iglesia Bíblica Bautista de la colonia Universidad. Allí soy maestro de escuela dominical cristiana para adultos”, dice.

Se definió como un ferviente admirador del obispo auxiliar de San Pedro Sula, Rómulo Emiliani, de quien guarda todos sus artículos y sobre todo su convicción de que “con Dios somos invencibles”.

Correr es una válvula de escape

El doctor Rogelio García Maradiaga considera que en alguna medida el ejercicio puede retardar el calendario de la edad. “Puede ser cierto si consideramos que los beneficios del ejercicio van dirigidos a mejorar el funcionamiento de nuestro organismo. Pero lo importante no es agregar años a la vida sino vida a los años”.

Reafirmó que lo que cuenta es la calidad de vida que se obtiene con el ejercicio, ya que previene de padecer las llamadas “enfermedades crónicas no transmisibles” como la hipertensión arterial, diabetes, obesidad, artritis, y colesterol. Además, el ejercicio es una válvula de escape a las tensiones de la vida diaria, nos ayuda a mantenernos relajados”.

El médico, quien está por cumplir setenta años, no considera peligroso correr a su edad. “Lo peligroso es iniciar a esta edad; pero después de muchos años de entrenar, mientras uno sea sano puede hacerlo. Recuerde que la edad de una persona no debe ser un concepto cronológico sino mental; o sea, una persona puede sentirse vieja a los 15 o joven a los 60 años; porque uno es tan viejo como su desesperación y tan joven como su esperanza; tan viejo como sus dudas y tan joven como su fe en Dios”.

Manifestó que puede vivir en una casa más ostentosa, pero que prefiere una sencilla para demostrar a su hijos que la felicidad no está en lo material.

“La clave no es tener todo lo que uno quiere sino querer lo que uno tiene, porque lo que uno tiene bien habido, sea mucho o sea poco, es la voluntad de Dios”.

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