Honduras Relatos Urbanos
15 de Diciembre de 2012

“Me pongo nervioso cuando la sangre me pide más alcohol”

01:35PM   - Redacción:  redaccion@laprensa.hn

Julio César Alberto vive con dos hijos en el Ministerio Vida. Los tres buscan vencer sus vicios

“Soy Julio César Alberto. Todavía recuerdo el rincón donde estaba tirado, con la ropa sucia y rota en el barrio El Centro de Choloma, lugar donde nací. No podía ni siquiera ponerme de pie, ya que el alcohol me tenía controlado, era la burla de todos. Estaba perdido, confundido y sumido en una interminable depresión. Recién había logrado conseguir dinero para mi familia vendiendo chicles y frescos en la calle, pero mi ansiedad por traspasar por mi garganta un trago de alcohol, de nuevo me ganó. De ese estado deplorable se aprovecharon unos vándalos de la zona.

Casi inconsciente, empezaron a usarme de juguete y me dejaron herido y con un tubo me golpearon en el estómago. Tuvieron que hacerme varias puntadas en la parte izquierda de mi estómago porque estaba perdiendo mucha sangre. Estuve hospitalizado por varias semanas en el Catarino Rivas hasta que me recuperé. M

e desperté un día y me pregunté: ¿Qué he hecho de mi vida? Ahí me di cuenta que el vicio me seguía matando, que estaba perdiendo mi familia y que se vería afectada de algún modo tarde o temprano. Fue un Día de la Madre, cuando tenía 24 años, que decidí probar la cerveza por primera vez. No puedo echarle la culpa a nadie más porque no tuve influencias de nadie en mi casa.

Mi papá murió cuando yo tenía 9 años a manos de criminales que le robaron su sueldo en San Pedro Sula a mediados de 1968.Ese casino del barrio donde vivía se convertiría en la escuela de mi perdición, la que le costaría infinidad de lágrimas a mi madre, mi esposa e hijos.

Por más que he intentado rehabilitarme, ha sido una prisión donde he estado encadenado y de la que me ha costado salir. En Amarateca, Santa Rosita, el hospital general de Puerto Cortés y en la UDA (Unidad de Alcohólicos) del hospital Leonardo Martínez fueron inútiles los intentos por desintoxicarme. He recaído más de seis veces.

Decidí intentarlo una séptima vez. El Ministerio Vida me abrió las puertas de su centro para apoyarme, esta vez el remedio para desintoxicarme fue Dios. Llegué hace cuatro meses, cansado y atribulado, pero el dolor más grande con el que ahora cargo es que me acompañan dos de mis cuatro hijos. No porque me estén ayudando, sino porque mi mal ejemplo los indujo al mundo de las drogas.

El mayor es César Eleázar Alberto. A sus 24 años tiene una lucha por no recaer en el consumo de la piedra de crack. Desde que tenía 12 años, sin darme cuenta, por culpa de mis propios vicios, comenzó a inhalar pegamento. Sus malas compañías lo llevaron a los 15 a consumir pasta de cocaína, marihuana, tinner y luego de los 18 años piedra de crack.

Trabajaba solo para comprarse la droga. Tocó fondo cuando un día, vendiendo nieves bajo los efectos de esta droga, fue atropellado por un carro y decidió vender lo que tenía. Luis Daniel, de 19 años, fue quien vino conmigo primero al Ministerio Vida. Él conoció las drogas al ver a César Eleázar consumirlas desde los 13 años. Estuvo a punto de morir porque sin que su mamá lo supiera consumía las mismas drogas que su hermano y perdió de repente el apetito.

Fue ella (María Luisa Vélez) mi esposa, que a pesar de tantos malos tratos, de todo el abandono y la crisis en que la sometí que nos sugirió a Daniel y a mí ir a la rehabilitación. Aunque ahora veo hacia atrás y me lamento por el tiempo perdido por las cosas que pude hacer y dejé en un basurero, le doy gracias a Dios por tenerme con vida. Podría estar muerto.

Lucho contra mi ansiedad por consumir alcohol, a veces los nervios me desesperan, la ropa me sofoca y me pican los labios que imploran por un trago. Pero es mi sueño ver mi familia restaurada. Dios nos dio a mis hijos y a mí otra oportunidad. Queremos aprovecharla. Esta Navidad espero no someterme a la presión de mis “amigos de juerga” que no están cuando la pobreza y el hambre me doblegan.

Quiero ver a mi otro hijo que anda en la calle en las garras del alcohol regresar a casa. Recuperar los miles de lempiras que he perdido por las botellas y ayudar a otros a rehabilitarse. Doy gracias a Dios porque me está limpiando aquí en Vida.

En el ministerio nos permiten vivir aquí, aunque sea en colchones, estamos siendo transformados. Realmente nos ofrecen vida a quienes no tenemos nada y la hemos perdido. Nos ofrecen a Dios, el único remedio frente al problema de los vicios. Yo ya estoy viviendo para Él, espero que los demás que sufran esta enfermedad también”. El relato de Julio se asemeja al de 600 personas que apoya el Ministerio Vida cada año desde hace 17. Esta ubicado en la colonia Perpetuo Socorro del sector Satélite, y abierto a cualquier persona que requiera de ayuda.

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