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En Dulce Nombre de Copán le sacan provecho a la muerte

<p>Es normal para muchas familias de carpinteros de esta población tener ataúdes en sus casas.</p>

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El aire fresco sopla sobre Dulce Nombre de Copán, el olor a madera y el ruido de los golpes, producto del trabajo, nos detienen en una carpintería. Cuatro hombres trabajan sobre unas cajas de madera, que luego serán el aposento de la muerte. Contrastando con el nombre del poblado, una de las principales actividades económicas es la construcción de ataúdes.Familias enteras dependen de esta labor; muchas de ellas conviven con los féretros dentro de sus casas como si se tratara de un mueble más."Mis amigas se sorprenden cuando llegan a la casa y se encuentran con el ataúd en la cocina”, dice Ada Alvarado. Para ella tener el mortuorio elemento en su cocina es algo normal.   Su esposo Héctor Manuel Castrón se dedica a esta actividad desde 1998, cuando comenzó de ayudante en un taller donde aprendió el oficio.Mas allá de sentir temor o ver el producto como la última morada de personas fallecidas, los pobladores consideran que el ataúd es una salida económica."Muertos siempre habrá, aunque no quisiera. Pero al final uno se beneficia de la muerte”, afirma Óscar Mejía, dueño del taller Mejía-Lara, uno de los 23 en la pequeña población de Dulce Nombre. El poblado tiene aproximadamente 4,500 habitantes. Mejía vio en la elaboración de ataúdes una oportunidad de salir adelante, “antes era campesino, luego fui ayudante en un taller y aprendí el oficio. Después abrí este taller y me fue bastante bien. Antes eran pocos. Hoy hay mucha competencia”, dice.Mejía tiene cuatro empleados y trabaja con su cuñado, quien compra los ataúdes que luego revende en San Pedro Sula. Pago de contadoFabricar muebles no es opción para la mayoría de los colonos. La madera de color, como llaman al cedro y la caoba, es más costosa; además, los muebles no son tan vendidos como los ataúdes.“Es difícil que la gente pague los muebles al contado, pero los ataúdes los compran muchas veces por adelantado y al contado”, dijo Mejía.Vicente Claros trabajó nueve años en esa actividad. Hace unos meses, el taller Morazán cerró sus puertas debido a la gran competencia en el poblado. Hoy solo le queda vender los ataúdes que le quedan en existencia, pero don Vicente ya decidió retirarse del ramo.La mano de obra barata ofrecida en Dulce Nombre lo trasformó en un pueblo caracterizado por la elaboración de féretros.El precio de la muerteEl difunto tendrá comodidad en su última morada, conforme su economía o la de sus familiares lo permita. Hay ataúdes para todas las billeteras, desde el más sencillo, de 1,000 lempiras, hasta el modelo Presidente, con un valor de dos mil lempiras. Ambos están elaborados con madera de pino. Para los más pudientes hay ataúdes de cedro o caoba, finamente terminados, de valores que ascienden a 35 mil lempiras. En el pueblo hay solo un taller que fabrica los féretros de estas características, únicamente por encargo.El pudiente fallecido podrá descansar eternamente en esta caja finamentetapizada con sedosas telas, con acabados en barniz o pintura metálica.Elaborar un ataúd estándar dura un día. En el modelo Presidente, que lleva más detalles, se demoran dos días.El producto terminado tiene como principal destino San Pedro Sula. Generalmente, en Dulce Nombre se elaboran las cajas sin ninguna terminación y en San Pedro Sula les dan los acabados según el modelo. “Le vendemos a la Municipalidad de San Pedro Sula; los compra para los pobres. Es nuestro principal cliente”, relata Héctor Castrón.La mayoría de talleres de Dulce Nombre se dedican a elaborar el modelo estándar, el más solicitado desde San Pedro Sula.Nunca se sabeUna de las familias con más tradición en la elaboración de ataúdes es la Madrid. Además de ser grande, es muy unida. Son 11 hermanos: seis varones y cinco mujeres. Los hombres de la familia se han criado entre serruchos y aserrín.Ver trabajar a su padre hizo que todos los hijos varones de don Gonzalo Madrid heredaran la pasión por el trabajo en madera. Hoy forman una empresa familiar de especialistas en ebanistería y trabajos finos. Si bien los productos más vendidos son muebles y tienen una amplia cartera de clientes extranjeros, también hacen ataúdes.“Siempre tenemos en existencia porque nunca se sabe”, afirma Jaime Madrid, el menor de los 11 hermanos. A medida que venden los ataúdes, los reponen. Su abuelo materno estuvo más de 20 años reponiendo el ataúd que tenía preparado para uso propio, hasta que a sus 102 años finalmente la muerte lo alcanzó.Ver más noticias sobre Honduras

El aire fresco sopla sobre Dulce Nombre de Copán, el olor a madera y el ruido de los golpes, producto del trabajo, nos detienen en una carpintería. Cuatro hombres trabajan sobre unas cajas de madera, que luego serán el aposento de la muerte. Contrastando con el nombre del poblado, una de las principales actividades económicas es la construcción de ataúdes.

Familias enteras dependen de esta labor; muchas de ellas conviven con los féretros dentro de sus casas como si se tratara de un mueble más.

"Mis amigas se sorprenden cuando llegan a la casa y se encuentran con el ataúd en la cocina”, dice Ada Alvarado. Para ella tener el mortuorio elemento en su cocina es algo normal.
Su esposo Héctor Manuel Castrón se dedica a esta actividad desde 1998, cuando comenzó de ayudante en un taller donde aprendió el oficio.

Mas allá de sentir temor o ver el producto como la última morada de personas fallecidas, los pobladores consideran que el ataúd es una salida económica.

"Muertos siempre habrá, aunque no quisiera. Pero al final uno se beneficia de la muerte”, afirma Óscar Mejía, dueño del taller Mejía-Lara, uno de los 23 en la pequeña población de Dulce Nombre. El poblado tiene aproximadamente 4,500 habitantes. Mejía vio en la elaboración de ataúdes una oportunidad de salir adelante, “antes era campesino, luego fui ayudante en un taller y aprendí el oficio. Después abrí este taller y me fue bastante bien. Antes eran pocos. Hoy hay mucha competencia”, dice.

Mejía tiene cuatro empleados y trabaja con su cuñado, quien compra los ataúdes que luego revende en San Pedro Sula.

Pago de contado

Fabricar muebles no es opción para la mayoría de los colonos. La madera de color, como llaman al cedro y la caoba, es más costosa; además, los muebles no son tan vendidos como los ataúdes.

“Es difícil que la gente pague los muebles al contado, pero los ataúdes los compran muchas veces por adelantado y al contado”, dijo Mejía.

Vicente Claros trabajó nueve años en esa actividad. Hace unos meses, el taller Morazán cerró sus puertas debido a la gran competencia en el poblado. Hoy solo le queda vender los ataúdes que le quedan en existencia, pero don Vicente ya decidió retirarse del ramo.

La mano de obra barata ofrecida en Dulce Nombre lo trasformó en un pueblo caracterizado por la elaboración de féretros.

El precio de la muerte

El difunto tendrá comodidad en su última morada, conforme su economía o la de sus familiares lo permita. Hay ataúdes para todas las billeteras, desde el más sencillo, de 1,000 lempiras, hasta el modelo Presidente, con un valor de dos mil lempiras. Ambos están elaborados con madera de pino. Para los más pudientes hay ataúdes de cedro o caoba, finamente terminados, de valores que ascienden a 35 mil lempiras. En el pueblo hay solo un taller que fabrica los féretros de estas características, únicamente por encargo.

El pudiente fallecido podrá descansar eternamente en esta caja finamentetapizada con sedosas telas, con acabados en barniz o pintura metálica.

Elaborar un ataúd estándar dura un día. En el modelo Presidente, que lleva más detalles, se demoran dos días.

El producto terminado tiene como principal destino San Pedro Sula. Generalmente, en Dulce Nombre se elaboran las cajas sin ninguna terminación y en San Pedro Sula les dan los acabados según el modelo. “Le vendemos a la Municipalidad de San Pedro Sula; los compra para los pobres. Es nuestro principal cliente”, relata Héctor Castrón.

La mayoría de talleres de Dulce Nombre se dedican a elaborar el modelo estándar, el más solicitado desde San Pedro Sula.

Nunca se sabe

Una de las familias con más tradición en la elaboración de ataúdes es la Madrid. Además de ser grande, es muy unida. Son 11 hermanos: seis varones y cinco mujeres. Los hombres de la familia se han criado entre serruchos y aserrín.

Ver trabajar a su padre hizo que todos los hijos varones de don Gonzalo Madrid heredaran la pasión por el trabajo en madera. Hoy forman una empresa familiar de especialistas en ebanistería y trabajos finos. Si bien los productos más vendidos son muebles y tienen una amplia cartera de clientes extranjeros, también hacen ataúdes.

“Siempre tenemos en existencia porque nunca se sabe”, afirma Jaime Madrid, el menor de los 11 hermanos. A medida que venden los ataúdes, los reponen. Su abuelo materno estuvo más de 20 años reponiendo el ataúd que tenía preparado para uso propio, hasta que a sus 102 años finalmente la muerte lo alcanzó.

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