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9 de cada 10 niños que viven en las calles sufren abusos

<p>Unos 1,500 menores deambulan en las principales ciudades de Honduras, como Tegucigalpa, San Pedro Sula, La Ceiba y Danlí.</p>

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El Flaco, el Negro, el Ratón, el Mono, el Chaparro y el Colocho oscilan entre los 3 y 9 años. No tienen nombre. Juegan, caminan, sufren, lloran e intentan sobrevivir. Su piel está curtida por el sol y en sus pies ni el asfalto cruel del mediodía hace mella. Son niños de la calle.Son criaturas que pululan en las calles de las principales ciudades de Honduras y forman parte de un paisaje desalentador que parece no tener solución. Nunca fueron a la escuela, pero saben contar dinero. La calle los golpea robándoles la inocencia y los recompensa, han aprendido a convivir con los peligros que les acechan acrecentando un grave problema social.No hay datos actualizados sobre la problemática de la niñez en la calle ni un censo que determine cuántos niños deambulan en Honduras y cada vez son menos las instituciones dedicadas a su protección.Casa Alianza registra que en Tegucigalpa, San Pedro Sula, La Ceiba y Danlí hay menores sobreviviendo en las calles y el número cada día aumenta.“No hay un censo ni un dato estadístico que nos permita dar una cifra exacta de menores que sobreviven en las calles. En estas cuatro ciudades se da la mayor exposición de niños, pero cada vez son más y ahora hasta de edades más cortas, que van desde los 7 años, dijo Ubaldo Herrera, director de Casa Alianza en Honduras.El último censo hecho en Tegucigalpa data de hace 10 años y reportaba unos 302 menores. Las cifras ahora se han triplicado. Casa Alianza estima que en Tegucigalpa deambulan unos mil y, en San Pedro Sula, la Fiscalía de la Niñez reporta al menos 500.En busca de limosnasEl Mono se prepara para el espectáculo. Agarra tres pelotas de tenis que le regalaron en la iglesia. Se acomoda la calzoneta y espera la luz roja en uno de los cruces de San Pedro Sula.El semáforo detiene a una fila de carros y comienza el show. El pequeño llega a medir más de un metro, en él no hay pena ni temor. Tampoco le importan los 38 grados de temperatura que arden en la rotonda del Monumento a la Madre. Así, descalzo y sin camisa, toma la mejor posición, al frente, y con habilidad hace rotar las tres bolas en el aire. Son 30 segundos de ilusión, de esperanza, porque cuando llegue la luz verde todos se irán.Muy pocos conductores aprecian la exhibición. La mayoría espera impaciente el cambio de luz, otros hablan por celular y algunos lo observan en espera de dar una limosna.El Mono lo sabe. No necesita ser sicólogo para reconocer a quienes ha conmovido su acto. “La mayoría nos ignora. Se hacen los locos. Otros nos ayudan y nos dan hasta 10 pesos. Es duro estar todo el día esperando, pero así nos ganamos la vida”, relata uno de los menores.El mismo acto lo repite más de 30 veces al día y logra recoger unos 100 lempiras. Otras veces gana más. Todo depende de la voluntad de los conductores que les pagan por la exhibición que día a día ofrece en las calles.Como el Mono, otros salen de sus escondites. Son decenas de niños más. En un recorrido, LA PRENSA encontró a más de 50 menores deambulando por bulevares, calles o avenidas.Ellos forman parte de un triste paisaje al que los sampedranos se han acostumbrado. Están bajo cualquier árbol, aparecen de la nada en cada semáforo en busca de una limosna.AbusosLa calle es una escuela del delito para muchos menores. Muchos han aprendido a robar y usar algún tipo de droga. Están olvidados. Ni padres ni las autoridades encargadas de velar por ellos los protegen de los múltiples riesgos que corren y solo responden a su corta edad con violencia.“Las cifras de los niños en la calle van en aumento. La indiferencia de los padres o el abandono y el maltrato hacen que los números se incrementen. Se hacen operativos, pero a los pocos días los niños regresan a la calle, el sitio que consideran su hogar”, reveló Telma Martínez, coordinadora de la Fiscalía de la Niñez.El 80% son varones y el 20% niñas, revela Casa Alianza, institución que trabaja en un estudio que se publicará en julio y revelará las cifras reales y características de los menores que tienen a la calle como su refugio.De ese 80%, son niños cuyas edades van de los 14 a 17 años. El 99.3% de los consultados por Casa Alianza tenía familia y el 63% tenía contacto con ella. En un 36%, la familia rechazaba al niño o niña y un 23% de ellos rechazaban a sus familiares.El maltrato familiar figura como la causa por la que las niñas y los niños dijeron que abandonaron el hogar.Unicef establece en su informe que de la población infantil que vive y permanece en las calles, el 90% sufren abuso sexual y son agredidos por personas o grupos. “Toca soportar la lluvia o el frío y no digamos la incomprensión de la gente. Si hasta la calle tiene dueño. Hay grupos que nos piden dinero por estar aquí o nos piden que vendamos droga. Muchos de los que ve en las esquinas sufren abuso sexual. No nos queda otra cuando se tiene hambre y se lucha por un plato de comida o un par de pesos”, confesó un menor. Sus palabras desnudan la realidad que viven.En la 7 calle sureste, en la avenida Circunvalación de San Pedro Sula, se observan menores de entre 3 y 5 años que piden dinero. Detrás de ellos hay una mujer de unos 25 años, que observa los movimientos de los dos pequeños, que son sus hijos.EntretenimientoLa convivencia en la calle ha hecho que los niños se hermanen. Allí soportan abusos, violencia, peligros, penas y alegrías. Para reducir el intenso calor que a pleno mediodía invade San Pedro Sula, ocho menores que disfrutaban de la Fuente Luminosa se lanzaron en las aguas para darse un chapuzón.Quedaron en calzoneta y no les importó que los conductores los observaran jugando en las aguas.Disfrutaban como si se tratara de un parque de diversiones hasta que captaron a una cámara que seguía sus movimientos.La alegría se transformó en enojo. Reaccionaron con molestia y apedrearon al equipo de periodistas que intentaba hablar con ellos. De inmediato se comprobó que inhalaban resistol.El bulevar de la colonia Jardines del Valle es otro lugar con alta presencia de menores. Son niños y niñas de 7 a 12 años los que piden. Apenas logran alcanzar los vehículos, pero están en busca de un lempira.“La gente nos da pisto y a veces hasta un plato de comida y lo que conseguimos lo traemos para comerlo con los demás o lo llevamos a la casa”, relató un infante.“Vivimos en los bordos y como mis papás no consiguen trabajo toca ayudar, pero no todos dejan el pisto para comer. A muchos les gusta el resistol y la piedra y para eso piden dinero”, contó otro de los jovencitos.Cuando la tarde cae, el grupo de menores regresa por el bulevar rumbo a la Universidad Nacional Autónoma del Valle de Sula hasta que se internan detrás de las casetas de comida. Un matorral escondido es su refugio donde han levantado una choza de plástico y cartones.FrustradosLa impotencia se refleja en el rostro de las fiscales de la Niñez: pese a sus esfuerzos por rescatar menores, los operativos que programan cada mes las frustran porque no tienen adonde llevarlos.“No tenemos centros para rescatar a los niños de la calle. El centro ABC, que fue cerrado, era la única opción que teníamos. El Inhfa no posee condiciones para atender a la cantidad de niños que están en la calle.Hay ong que apoyan, pero cada una tiene una asistencia especial: o es para menores que han sufrido abuso, adictos, pero no hay un centro que los reciba a todos. La mayoría de la atención se centra en las niñas y con los varones tenemos problemas.Hemos rescatado niños hasta en cinco o seis ocasiones, pero de nada nos sirve porque saben que se van a fugar y regresarán a las calles”, dijo Thelma Martínez, fiscal de la Niñez.

El Flaco, el Negro, el Ratón, el Mono, el Chaparro y el Colocho oscilan entre los 3 y 9 años. No tienen nombre. Juegan, caminan, sufren, lloran e intentan sobrevivir. Su piel está curtida por el sol y en sus pies ni el asfalto cruel del mediodía hace mella. Son niños de la calle.

Son criaturas que pululan en las calles de las principales ciudades de Honduras y forman parte de un paisaje desalentador que parece no tener solución. Nunca fueron a la escuela, pero saben contar dinero. La calle los golpea robándoles la inocencia y los recompensa, han aprendido a convivir con los peligros que les acechan acrecentando un grave problema social.

No hay datos actualizados sobre la problemática de la niñez en la calle ni un censo que determine cuántos niños deambulan en Honduras y cada vez son menos las instituciones dedicadas a su protección.

Casa Alianza registra que en Tegucigalpa, San Pedro Sula, La Ceiba y Danlí hay menores sobreviviendo en las calles y el número cada día aumenta.

“No hay un censo ni un dato estadístico que nos permita dar una cifra exacta de menores que sobreviven en las calles. En estas cuatro ciudades se da la mayor exposición de niños, pero cada vez son más y ahora hasta de edades más cortas, que van desde los 7 años, dijo Ubaldo Herrera, director de Casa Alianza en Honduras.

El último censo hecho en Tegucigalpa data de hace 10 años y reportaba unos 302 menores. Las cifras ahora se han triplicado. Casa Alianza estima que en Tegucigalpa deambulan unos mil y, en San Pedro Sula, la Fiscalía de la Niñez reporta al menos 500.

En busca de limosnas

El Mono se prepara para el espectáculo. Agarra tres pelotas de tenis que le regalaron en la iglesia. Se acomoda la calzoneta y espera la luz roja en uno de los cruces de San Pedro Sula.

El semáforo detiene a una fila de carros y comienza el show. El pequeño llega a medir más de un metro, en él no hay pena ni temor. Tampoco le importan los 38 grados de temperatura que arden en la rotonda del Monumento a la Madre. Así, descalzo y sin camisa, toma la mejor posición, al frente, y con habilidad hace rotar las tres bolas en el aire. Son 30 segundos de ilusión, de esperanza, porque cuando llegue la luz verde todos se irán.

Muy pocos conductores aprecian la exhibición. La mayoría espera impaciente el cambio de luz, otros hablan por celular y algunos lo observan en espera de dar una limosna.

El Mono lo sabe. No necesita ser sicólogo para reconocer a quienes ha conmovido su acto. “La mayoría nos ignora. Se hacen los locos. Otros nos ayudan y nos dan hasta 10 pesos. Es duro estar todo el día esperando, pero así nos ganamos la vida”, relata uno de los menores.

El mismo acto lo repite más de 30 veces al día y logra recoger unos 100 lempiras. Otras veces gana más. Todo depende de la voluntad de los conductores que les pagan por la exhibición que día a día ofrece en las calles.

Como el Mono, otros salen de sus escondites. Son decenas de niños más. En un recorrido, LA PRENSA encontró a más de 50 menores deambulando por bulevares, calles o avenidas.

Ellos forman parte de un triste paisaje al que los sampedranos se han acostumbrado. Están bajo cualquier árbol, aparecen de la nada en cada semáforo en busca de una limosna.

Abusos

La calle es una escuela del delito para muchos menores. Muchos han aprendido a robar y usar algún tipo de droga. Están olvidados. Ni padres ni las autoridades encargadas de velar por ellos los protegen de los múltiples riesgos que corren y solo responden a su corta edad con violencia.

“Las cifras de los niños en la calle van en aumento. La indiferencia de los padres o el abandono y el maltrato hacen que los números se incrementen. Se hacen operativos, pero a los pocos días los niños regresan a la calle, el sitio que consideran su hogar”, reveló Telma Martínez, coordinadora de la Fiscalía de la Niñez.

El 80% son varones y el 20% niñas, revela Casa Alianza, institución que trabaja en un estudio que se publicará en julio y revelará las cifras reales y características de los menores que tienen a la calle como su refugio.

De ese 80%, son niños cuyas edades van de los 14 a 17 años. El 99.3% de los consultados por Casa Alianza tenía familia y el 63% tenía contacto con ella. En un 36%, la familia rechazaba al niño o niña y un 23% de ellos rechazaban a sus familiares.

El maltrato familiar figura como la causa por la que las niñas y los niños dijeron que abandonaron el hogar.

Unicef establece en su informe que de la población infantil que vive y permanece en las calles, el 90% sufren abuso sexual y son agredidos por personas o grupos. “Toca soportar la lluvia o el frío y no digamos la incomprensión de la gente. Si hasta la calle tiene dueño. Hay grupos que nos piden dinero por estar aquí o nos piden que vendamos droga. Muchos de los que ve en las esquinas sufren abuso sexual. No nos queda otra cuando se tiene hambre y se lucha por un plato de comida o un par de pesos”, confesó un menor. Sus palabras desnudan la realidad que viven.

En la 7 calle sureste, en la avenida Circunvalación de San Pedro Sula, se observan menores de entre 3 y 5 años que piden dinero. Detrás de ellos hay una mujer de unos 25 años, que observa los movimientos de los dos pequeños, que son sus hijos.

Entretenimiento

La convivencia en la calle ha hecho que los niños se hermanen. Allí soportan abusos, violencia, peligros, penas y alegrías. Para reducir el intenso calor que a pleno mediodía invade San Pedro Sula, ocho menores que disfrutaban de la Fuente Luminosa se lanzaron en las aguas para darse un chapuzón.

Quedaron en calzoneta y no les importó que los conductores los observaran jugando en las aguas.

Disfrutaban como si se tratara de un parque de diversiones hasta que captaron a una cámara que seguía sus movimientos.

La alegría se transformó en enojo. Reaccionaron con molestia y apedrearon al equipo de periodistas que intentaba hablar con ellos. De inmediato se comprobó que inhalaban resistol.

El bulevar de la colonia Jardines del Valle es otro lugar con alta presencia de menores. Son niños y niñas de 7 a 12 años los que piden. Apenas logran alcanzar los vehículos, pero están en busca de un lempira.

“La gente nos da pisto y a veces hasta un plato de comida y lo que conseguimos lo traemos para comerlo con los demás o lo llevamos a la casa”, relató un infante.

“Vivimos en los bordos y como mis papás no consiguen trabajo toca ayudar, pero no todos dejan el pisto para comer. A muchos les gusta el resistol y la piedra y para eso piden dinero”, contó otro de los jovencitos.

Cuando la tarde cae, el grupo de menores regresa por el bulevar rumbo a la Universidad Nacional Autónoma del Valle de Sula hasta que se internan detrás de las casetas de comida. Un matorral escondido es su refugio donde han levantado una choza de plástico y cartones.

Frustrados

La impotencia se refleja en el rostro de las fiscales de la Niñez: pese a sus esfuerzos por rescatar menores, los operativos que programan cada mes las frustran porque no tienen adonde llevarlos.

“No tenemos centros para rescatar a los niños de la calle. El centro ABC, que fue cerrado, era la única opción que teníamos. El Inhfa no posee condiciones para atender a la cantidad de niños que están en la calle.

Hay ong que apoyan, pero cada una tiene una asistencia especial: o es para menores que han sufrido abuso, adictos, pero no hay un centro que los reciba a todos. La mayoría de la atención se centra en las niñas y con los varones tenemos problemas.

Hemos rescatado niños hasta en cinco o seis ocasiones, pero de nada nos sirve porque saben que se van a fugar y regresarán a las calles”, dijo Thelma Martínez, fiscal de la Niñez.

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