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Sep 6, 2013

Seis hondureños a la espera de la inyección letal en Estados Unidos

03:07PM  

El sexto hondureño condenado a muerte es Edgardo Sánchez Fuentes de San Pedro Sula.

Vestido de blanco, esposado y con grilletes en los tobillos abandona la celda de tres metros de ancho por dos de alto y se dirige ansioso a la sala de visitas. Un guardia lo sigue de cerca.

Cada 72 horas ve la luz del sol y respira aire fresco. Sale de su celda solo a tomar un baño que dura entre 5 y 15 minutos. La espera entre cuatro paredes es enloquecedora. Al fin podrá hablar con un particular después de solo conversar con abogados, cónsules y familiares.

Hoy es un día diferente. Edgardo Rafael Cubas lleva ocho años en el pabellón de la muerte, haciendo lo mismo cada día. Duerme, come, lee, piensa, se baña y con ansias espera la oportunidad de volver a ver el sol. “Pienso en la libertad, me divertí mucho, ya sabe, la fiesta con los amigos y esas cosas. Estoy resignado a morir”, dijo a LA PRENSA Cubas.

Junto a él, cinco hondureños más esperan por la implacable inyección letal que continúa ejecutando personas en Estados Unidos. Para 2013 podrían entrar en la lista oficial de ejecuciones junto a Cubas: Carlos Ayestas, Clemente Aguirre, Seburt Connor, Edgardo Sánchez y Johnny Morales, todos ellos retenidos en prisiones de máxima seguridad en Estados Unidos.

LA PRENSA se trasladó a las cárceles para conocer la situación de Ayestas y Cubas en Texas, Aguirre y Connor en Florida. El encierro extremo al que son sometidos en el corredor de la muerte
los lleva a desarrollar su vida en una pequeña celda equipada con un servicio sanitario, un gavetero y una pequeña cama. La ley es severa en estados como Texas, donde fue ejecutado en 2008 mediante inyección letal el hondureño Heliberto Chi Aceituno por matar a su exjefe. El aislamiento lo sufrió Chi. Ahora, Ayestas y Cubas lo padecen.

A pesar de que algunos estados están aboliendo la pena de muerte, 33 de 50 la tienen vigente en EUA. El último en abolirla fue Connecticut, en abril de 2012. El método de ejecución más usado continúa siendo la inyección letal. En Texas
se han llevado a cabo 482 ejecuciones desde la reinstauración de la pena de muerte, en 1976. “Es cruel y dolorosa”, claman las organizaciones contra la pena de muerte como Amnistía Internacional. Algunos que recibieron la dosis mortal ya no están para contarlo como el hondureño José Roberto Villafuerte, ejecutado en 1998 en Florence, Arizona.

Villafuerte fue condenado a muerte por el asesinato de su novia en Phoenix, lo que lo convirtió en el primer hondureño en ser ejecutado por inyección letal.

El encierro los lleva al arrepentimiento, pero para la ley estadounidense sus pecados no tienen perdón. El Estado les quitará la vida por haber robado, secuestrado, violado y asesinado a otros
que tenían sueños y proyectos. Ellos yacen en el pabellón de la muerte, anhelando libertad, proclamando arrepentimiento y hasta implorando justicia. La vida se les está yendo y para algunos, como Cubas, solo queda una apelación.
Máxima seguridad

Carlos Ayestas (también conocido como Dennis Humberto Zelaya), condenado a muerte por el asesinato de una anciana de 67 años en 1995, vive desde hace 15 años en la Unidad de Allan B. Polunsky en Livingston, Texas, a hora y media de Houston.

Edgardo Cubas está recluido en la misma cárcel que Ayestas. Fue condenado por secuestrar, violar y asesinar a una joven hispana de 15 años. Cubas participó con dos amigos en el asesinato de la quinceañera a altas horas de la noche en el este de la ciudad de Houston.

Al norte de Florida está preso Clemente Aguirre por asesinar a dos mujeres en 2003. El entusiasmo y esperanza que muestra este hondureño es evidente, está seguro de que saldrá del corredor de la muerte, donde se siente provocado por los guardias para perder la paciencia y ser castigado. “Yo me controlo”, comentó. En esa misma prisión está confinado el isleño Seburt Connor, quien asesinó al esposo de su amante golpeándolo con la pata de una silla y además secuestró a la hija del matrimonio de tan solo 10 años, la que apareció estrangulada en su oficina. Seburt jura que volverá a Roatán.

En California, Edgardo Sánchez pagará con su vida por disparar contra un policía en una tienda de comestibles en 1991. “Hace mucho no sé de mi país, recibir su carta fue como volver hacia atrás el tiempo. Yo he perdido hasta el acento ‘catracho’ viviendo en California desde hace mucho”, dijo a LA PRENSA.

En el mismo pabellón está Johnny Morales, quien asesinó a una mujer mientras sus cuatro hijos escuchaban en un cuarto cercano. El asesinato lo cometió en 2001 y en septiembre de 2005
fue condenado a muerte.

“Quiero que venga a visitarme, siempre y cuando se respete lo que me promete en su carta, no tocar la apelación”, dijo Johnny.

En total son 260 nacionales presos en el extranjero, según Asuntos Consulares. Sin duda, la situación más extrema la viven los seis condenados a la inyección letal.


No conversan con nadie y apenas ven el sol dos veces por semana.

Un séptimo hondureño enfrenta la pena de muerte. En los próximos días la Corte de Florida dictaminará sobre su caso. Manuel de Jesús Rosales, originario de La Ceiba, solo tiene dos opciones: pena de muerte o cadena perpetua.

LA PRENSA también visitó al ceibeño en una cárcel en Fort Myers, Florida. Está acusado por el asesinato de su nieto de tres meses. “No sé qué me pasó, no recuerdo nada. Todo esto es producto de la hechicería”.

En el confinamiento de sus celdas, los hondureños condenados a muerte esperan, en medio de sus temores y soledad, el día en que serán ejecutados con una dosis mortal de pentotal de sodio, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio que los matará entre tres y 25 minutos.

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