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Sep 6, 2013

Daniel Ortega, del botín popular al poder total

05:12PM  

El Ortega de hoy no es el comandante que tomó las riendas de la revolución a partir de 1979.

Daniel Ortega, del botín popular al poder total

Esta semana, el viejo camarada de la revolución sandinista asumió su segundo mandato continuo en una ceremonia salpicada de suspicacia. No es para menos, catapultado al poder por un fraude de proporciones cinematográficas, el jefe máximo de Frente Sandinista ha decidido hacer un “traspaso exprés” con pocas celebridades del mundo político y sin muchas fanfarrias: dos que tres dignatarios, un príncipe gentil con misiones de oidor y una francachela de nuevos acólitos que cantan de memoria “stand by me”… Es todo lo que queda de aquella “revolución perdida” que estalló en 1979.

“El presidente Daniel Ortega –declaró el sociólogo nicaragüense Óscar René Vargas– no tiene oposición ni hay un líder a la vista que le impida hacer lo que quiera”…
Refiriéndose desde luego al récord Guinness de su victoria y a la absoluta mayoría del Congreso. Nada mal para un político que peregrinó por los billares de Managua, por la facultad de Derecho de la Universidad Centroamericana y por las gélidas aulas de la Patricio Lumumba para finalmente enrolarse en la bola revolucionaria del Frente Sandinista que derrumbó la desgastada dinastía de los Somoza el 19 de julio de 1979.

Lo curioso del asunto es que la furibunda revolución sandinista –con un costo estimado de 200,000 muertes– se hizo en nombre de causas patrióticas y para derrocar al viejo Anastasio, encarnación de la pobreza, el despotismo y la manipulación. En una proclama de los años 70, redactada por los revolucionarios en el exilio, uno puede leer: “Se recalcará y se remachará hasta hacer de ello una verdadera obsesión nacional la idea de que Somoza es el escollo esencial contrario al progreso de Nicaragua… el enemigo público número uno de Nicaragua y los nicaragüenses”.

Desde su fundación en el 1961, el Frente Sandinista para la Liberación Nacional –que al momento de la ofensiva se dividiría en tres corrientes– había elegido el camino armado para un derrocamiento que tomaría casi veinte años. En los primeros tiempos, Ortega era un universitario corriente, sin gracia y más bien inhibido que incendiario. Como todo nicaragüense había escuchado en las noches de plática y zaguán las temerarias leyendas de Sandino. Desde chico soñó ser la versión triunfal de una historia revolucionaria truncada por las traiciones. Desde niño oyó decir que los yanquis eran los cocos endemoniados que violaban a las caperucitas de Chontales y que Managua era la Pompeya del lago… un pueblo inmovilizado por las lavas tiránicas de la Loma Presidencial.

Con la fundación en 1961 del Frente Sandinista –que estuvo a cargo de Carlos Fonseca, Delio Mayorga y Tomás Borge– dio inicio un proceso que en los primeros años se decantó por la delincuencia heroica y el desgaste estratégico de la Guardia Nacional. Antes del triunfo en 1979, los rebeldes habían cumplido un drástico programa de violencia sistemática para crear un clima de guerra que produjera, simultáneamente, pánico civil y esperanza popular. En muchos de estos asaltos bancarios, sabotajes industriales, secuestros selectivos y tomas de las instituciones… Daniel Ortega estuvo involucrado. Desde entonces, Ortega Saavedra entró en disputa abierta con los demás guerrilleros, pues un dilema de las primeras operaciones era a quién otorgar los laureles de los primeros atracos…

En días recientes, su vieja camarada Dora María Téllez –heroína de la toma del Congreso en 1978– ha dicho: “Ortega vive un proceso de identificación con Somoza muy fuerte. Su ambición de poder ha sido mucho más fuerte que sus principios… Daniel hace lo que siempre han hecho los caudillos populistas de derechas: liquidar las instituciones y convertir a su familia en su primer círculo de lealtad”.

Porque el Ortega de hoy no es el comandante ilusionado que tomó las riendas de la revolución a partir del 79. Hoy, Ortega Saavedra es un político de oficio que ha aprendido y perfeccionado las habilidades demagógicas del patio. Su principal estrategia para ganar elecciones y burlar las proclamas de sus opositores, es una dosis perfectamente combinada de superstición, melancolía revolucionaria y control total de las instituciones. El Ejército Sandinista es hoy el equivalente a la Guardia Nacional. Su primer círculo de protección –integrado por viejos y leales milicianos y delatores autorizados para capturar y encarcelar disidentes– es el equivalente a la vieja guardia pretoriana de Somoza Debayle.

Todo lo demás, el populismo de caja chica y la distribución de favores tarifados. El reparto arbitrario de prebendas públicas y sociales entre sus leales y la propaganda permanente condimentada con sal mesiánica… son viejas prácticas de control y manipulación que traen a la mente de los nicaragüenses la figura paternal de Somoza. “Cuando Somoza llegó a Rivas en febrero de 1950 para asistir a una concentración en apoyo a su candidatura –cuenta Knut Walter– se hicieron presentes unas 1,500 personas, a quienes les repartieron 400 litros de aguardiente”…

¿Quién iba a decir que, sesenta años más tarde, un nuevo caudillo repetiría la hazaña sustituyendo las viejas tarjetas magníficas por gorras impresas con el rostro del jefe máximo y las antiguas jarras de guaro por bidones de combustible donado?

“La presencia indefinida del caudillo -comentó hace poco el viejo comandante y hoy novelista insigne Sergio Ramírez Mercado– corrompe las aguas de la democracia, cualquiera que sea el contexto ideológico en que se dé la prolongación del mandato presidencial forzado por medio de reformas constitucionales”.

No se sabe aún si Ortega está planeando el ascenso de Jefe Máximo a Jefe Supremo. Eso lo veremos en seguida. De momento se ha conformado con sacudirse viejos camaradas que incomodan la situación y se aferran a credos rancios. Sus nuevos ángeles de la guardia –Hugo Chávez y Ahmadinejad– están dispuestos a patrocinar sus andanzas a cambio de seguir siendo la quinta columna de una marcha casi demente por derrotar –inútilmente– los sistemas democráticos tradicionales.

En los famosos despachos de WikiLeaks, el exembajador estadounidense Robert Callahan apunta: “El Presidente está completamente loco… se ha convertido en una amenaza para el país. Hasta cree que las monjas viejas están rezando para que lo asesinen”…

Sin embargo, estas y otras infamias internacionales –casi todas gravísimas– no han alterado la imagen del paladín revolucionario que acaba de aplastar a sus opositores en las urnas.

Para sus seguidores, Ortega Saavedra simplemente representa la opción de los pobres. Para cierto sector empresarial que lo tolera y que inclusive lo alaba, “Ortega es un pantano que produce uvas”… me hacen recordar a Julio Cortázar cuando describía a la Nicaragua de entonces como “dulce y violenta” ¡Pero cuán peligrosas suelen ser las bonanzas aparentes!

Se dice que para 2012 Daniel Ortega piensa manejar una chequera personal de aproximadamente 1,000 millones de dólares y se dice que son cheques en blanco cedidos por Caracas y Teherán. De ser cierto, los nicaragüenses se están preparando para vivir un período de Jauja… miles de empleos de gobierno con salarios fantasma, combustible a precio de gallo muerto, multiplicación de los consejos ciudadanos, brigadas médicas gratis y muchos bonos por cuidar y proteger el prestigio del régimen.

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