Honduras En la Vida de
10 de Julio de 2012

Sin calor humano tratan a los niños del hogar Nueva Esperanza

11:06AM   - Redacción:  redaccion@laprensa.hn

Como periodista de LA PRENSA me despojé de mi libreta, grabadora y pluma...

Las luces se apagan. Dos mujeres se acuestan cada una en una cama. Me siento en unos muebles donde me acomodan un peluche para que apoye mi cabeza y pueda dormir. Lo único que pasa por mi mente es mi hijo, deseo estar con él y dormirlo en mis brazos.

Es jueves. Mi primer día de cinco como voluntaria en ese centro donde son albergados los pequeños que no tuvieron la fortuna de sentir el calor y el afecto de sus padres. Muchos han sido arrancados por el personal de la Fiscalía de los brazos del maltrato de quienes los trajeron al mundo.

Nueva Esperanza, conocido también como El Edén, es uno de los tres centros que maneja en San Pedro Sula el Ihnfa (Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia).

Ese día termina el periodo de seis meses de lactancia que me dan en el periódico. No llego a la Fiscalía y a los Juzgados como parte de mi rutina de reportera, dejo en el diario mi grabadora, libreta y pluma para ingresar encubierta y luego relatar cómo es la vida de estos niños en un centro del Ihnfa.

Mientras Lucía Otero, directora de la casa hogar, me enseña el lugar y las áreas en las que necesitan ayuda, oigo los llantos de los menores con padecimientos neurológicos que permanecen en una sala enfrente de la oficina principal.

El centro Nueva Esperanza alberga a 60 menores en riesgo social. Veintisiete tienen discapacidades y están recluidos por maltrato físico y sicológico, abusos sexuales, extrema pobreza, paternidad irresponsable. Además hay niños con problemas de conducta. A todos ellos, a pesar de que tienen su comida a la hora, les falta amor y cariño.

A las nueve de la mañana puedo percibir que los juegos en el patio les arrancan sonrisas y alegría. Por un momento olvidan los maltratos de los que han sido víctimas. Pienso en Diego, mi gordito de seis meses, que como todos los días queda al cuidado de mi madre.

Luego de unos minutos de recorrido por las instalaciones, llegamos a la sala cuna. -Aquí es donde más se ocupa ayuda- me dice la “lic”, como le llaman a la licenciada los empleados de Nueva Esperanza.

Escucho el llanto desgarrador de un bebé de tan solo un mes, acostado en una cuna del centro, y pienso en por qué una madre puede ser capaz de dejar en el desamparo al fruto de sus entrañas.

El bebé llora “a todo pulmón”, como decimos las madres. Mi pensamiento es: “¿Por qué estas mujeres dejan llorar así al niño?”. La licenciada Otero me presenta con ellas. -Ella estará por unos días de voluntaria acá-, les dice.

Las tres mujeres encargadas de bañar, vestir, dar de comer y cambiar pañales a los 13 menores que viven en esa sala me miran de pies a cabeza. -Les ayudo en lo que sea-, comento.

Motivada por el llanto del bebé, me acerco a una cuna de madera color café en la que el recién nacido está boca abajo, vestido con un mameluco azul con rayas anaranjadas y tapado con una sábana azul celeste y amarillo.

El bebé, a quien llamaré “Pedrito”, comparte cuna con una pequeña de cinco meses que nació prematura y que, al igual que él, fue abandonada por su madre en el hospital Mario Rivas.

Ambos forman parte de los 30 recién nacidos que son abandonados al año por sus madres en el principal centro asistencial de la zona noroccidental.

Las tres mujeres asignadas a la sala cuna para cuidar a los 13 niños hacen oídos sordos al llanto desesperado de “Pedrito”. Yo sé, por experiencia, que el pequeño llora por dos razones, la primera porque quiere sentir el calor de los brazos de una mamá y la segunda porque tiene el pañal sucio. El llanto desconsolado de “Pedrito” me hace pensar más de lo que acostumbro en mi pequeño Diego, de seis meses. “Yo no dejo llorar de esa manera a mi bebé”, es la idea que me ronda.

Me cuentan que María, su madre, lo abandonó a su suerte. -¿Lo puedo cargar?- les pregunto. -Sí, sáquelo- me dicen con indiferencia. Cargo su cuerpo caliente y mojado de sudor por las sábanas que lo cubren.

Lo tomo en mis brazos y su llanto cesa. Él quiere sentir el calor maternal y los latidos del corazón como cuando estaba en el vientre. Le cambio el pañal, le doy pepe, le saco los gases.
-Póngalo de nuevo en la cuna porque se acostumbra a los brazos y nosotras no podemos estar chineándolo- me advierten.

Pongo a “Pedrito”, de tez blanca y abundante cabellera oscura, en la cuna boca abajo y vuelve a dormir un par de horas.

En esa sala no solo me encuentro con el bebé de un mes de nacido, sino también con su compañera de cuna. Una tierna y adorable niña que permanece acostada en su asiento rebotador. Su leche especial antireflujo la toma con una jeringa.

“Cuando vino traía unas sondas en la boca y por ahí se alimentaba, creíamos que no se salvaría, el doctor nos dijo que solo viviría unos pocos días, hasta neumonía le dio y estuvo interna en el Rivas. Nos preocupaba, yo estaba en el turno de noche y ponía una colchoneta y dormía con ella cerca de mi oído para escucharla, pero gracias a Dios acá está”, me platica una de las señoras encargadas del cuidado de los niños.

En esa sala, ubicada en la planta baja de la parte trasera del centro, las paredes son blancas con ladrillos calados, cubiertos con nailon para que el aire acondicionado no se escape.
Hay 14 cunas de madera de color café, de las cuales 13 están ocupadas. Dos camas, una refrigeradora, un estante donde colocan los medicamentos que les suministran a los infantes, una mesa con una estufa donde están las ollas con la comida y un estante que sirve de alacena. En la misma sala funciona una escuela y el consultorio donde pasa Irma, estudiante de enfermería en la Cruz Roja que hace la práctica para obtener su título.

Conociendo a los niños de la sala me encuentro con Jason, a quien no reconozco de inmediato. Me parece que lo he visto en alguna parte, pero no sé de dónde. Es un menor rescatado el 3 de abril de 2008 por la Fiscalía de la Niñez, en la colonia Las Torres, sector López Arellano, una de las zonas más pobladas y conflictivas de Choloma. En ese entonces, el niño de seis años presentaba un grado de desnutrición severo y su padre y madrastra lo mantenían atado de una silla blanca encerrado en un cuarto. No podía caminar por las condiciones en las que se encontraba.

Hoy Jason, con 10 años y con su peso ideal para su edad, se sostiene por sí solo. No camina ni habla por el daño cerebral que tiene a causa de la desnutrición. Me acerco a la cuna donde permanece acostado y por momentos se sienta y juega con un juguete, pero no lo reconozco todavía. Pienso que lo conozco del hospital cuando iba a reportear la fuente de salud, pero mi mente no logra recordar.

Paso parte de la mañana viendo a los niños jugar pelota, sus risas son como música y se pierde el ruido del motor del aire acondicionado.

Acompaño a los niños de dos y tres años a jugar fútbol, pateamos la pelota verde con negro. Uno de ellos se coloca de portero teniendo como marco una puerta verde de metal. Yo soy la delantera, no logro meterle ni un solo gol, porque la astucia del pequeño le permite atajar todos los remates.

De repente, oigo la risa de un pequeño de dos años que atrapa mi atención. Me acerco a su cuna. Le tiro otra pelota, grande de color blanco y negro de tela de peluche.

Comenzamos el juego, él encarcelado en su cuna, parado en el colchón. Yo de pie a un metro de él, tirándole la pelota y él atrapándola con su pequeñas manos.

Transcurren los minutos. Dejo de jugar con los pequeños, me acercó donde Sara, unas de las niñeras, quien llega con una canasta llena de ropa recién lavada.

-¿Le ayudo a doblar la ropa?- le pregunto.

-Sí, ayúdeme- me responde. -¿Cómo la dobla, cómo sea?- le vuelvo a preguntar. -Sí, como usted pueda hacerlo, no importa-.

Al terminar de doblar la ropa, las mujeres se sientan en una de las camas, que está a la par de un mueble de madera forrado con papel tapiz para ocultar su deterioro. Ahí es donde guardan la ropa limpia de los niños.

No sé para dónde agarrar. Doy la vuelta y siento en mi espalda las pesadas miradas de ellas. Escucho llorar a uno de los niños que hace un momento dormía placenteramente. Con su llanto pide consuelo, pero a las empleadas no les importa y simplemente no le hacen caso. Me acerco a él. “Alberto” me extiende los brazos para que lo saque de donde está. Lo cargo, lo consuelo y camino por la sala con él en brazos.

Transcurren los minutos. -Póngalo en la cuna. Que usted no va a venir todos los días y se acostumbra. Nosotras no lo chineamos mucho, porque después quiere andar solo así-, me dice una de ellas.
-Está bien, lo dejo acá- respondo. -Mirá vos que “Alberto” está haciendo berrinches, se porta mal cuando hay gente. Quiere andar chineado- comentan entre ellas.

Una de las empleadas es también maestra e imparte clases a las niñas. Termina sus labores educativas y revisa la cabeza a una de sus alumnas. Una niña de unos siete años con discapacidades mentales. Le mata los piojos y liendres.

-Me saqué uno que me andaba haciendo fiesta- dice mientras se pasa un peine fino por su cabeza. -Te sacaste al que te andaba haciendo la fiesta, pero te dejó relajo en la cabeza- le responde su compañera con una risa burlesca en su rostro.

-Un cipote que llegue acá con piojos se los pasa a todos- dice la maestra, quien tiene un carácter de pocos amigos.

Los piojos de la mujer estaban cayendo en una camiseta verde colocada encima de sus piernas. Saca a quienes le “estaban haciendo fiesta” en su cabeza, se levanta, sacude la prenda, la dobla, la pone en el ropero y se amarra su grueso y abundante cabello teñido con un gancho.

Son las 11.30 de la mañana y de repente escucho decir a una de ellas: “Ya está la comida”. Antes de servir a los menores, ellas comen una sopa de pollo humeante. A los niños se les nota el hambre. No comen desde las seis de la mañana. Es injusto que primero sea el estómago de ellas y no el de los güirros hambrientos.

La justificación que me dan es: “La comida está caliente y debe enfriarse para que coman ellos”.

Sonrío, pero en mi interior hay cierta cólera.

Luego de que comen comienzan a servir las raciones correspondientes a los niños y a licuar las verduras y el caldo para dárselos en pepes a los que no pueden masticar. A dos de los 13 menores les preparan leche especial porque no pueden comer otra cosa.

Unas horas después, ya por la tarde, me entero de quién es Jason. Su rostro pálido y sus ojos hundidos se me hicieron familiares, pero no lograba memorizar de dónde lo conocía, a pesar de que cubrí su caso cuando lo ingresaron a la sala de pedriatría del hospital Mario Rivas, una vez rescatado de la celda de su casa.

-¿De qué padece él?- pregunto.

-No sé si se acuerda del niño, su caso fue bien sonado. A él lo rescataron en la López porque estaba desnutrido, su papá y madrastra lo tenían amarrado. En LA PRENSA salió por varios días- me platica.
Ahí mi memoria retrocede y recuerda el dramático caso de Jason.

Creo que ella se da cuenta de que soy periodista, que trabajo en LA PRENSA y que estoy de voluntaria en el centro, pero no. Solo hace referencia a la noticia que salió en el medio.

Llega el viernes. Segundo día como voluntaria en el Edén. Ese día llego por la noche. Eva, la guardia de turno, no me deja pasar. Toma su celular, llama a la directora del centro. -¿En qué se va ir?- me dice. -No se preocupe me van a venir a traer- respondo.

Entro a la sala cuna, me presento como voluntaria ante las dos mujeres y les explico que les voy a ayudar a cuidar a los niños.

Los minutos transcurren y entre las pláticas de nosotras los niños se van durmiendo. Uno de los menores, de tan solo ocho años, tiene síndrome de Down. Esta es una enfermedad congénita, que ocasiona retrasos en la forma en la que un niño o niña se desarrolla mental y físicamente y afecta a uno de cada 800 bebés en el mundo.

El niño, de piel trigueña, tiene manchas oscuras, debido a los arañones que él mismo se hace. Permanece atado de uno de sus pies a una de las varillas de la baranda de la cuna de madera con un pedazo de trapo blanco. El motivo de esa atadura es su agresividad para con sus compañeros. Únicamente viste una calzoneta y la cinta con la que lo amarran.

El tiempo avanza y el pequeño, a quien llaman como al primer hombre sobre la Tierra, no duerme. Hace extraños ruidos con la boca. Algunos de los niños con síndrome de Down llevan una vida muy saludable, pero él no. En los únicos 15 minutos que duerme en toda la noche está bajo los efectos de cinco cc de acetaminofén.

Mientras las criaturas duermen, Jason y su vecino “Antonio” de 12 años no logran hacerlo. El único ruido que se escucha son las palmadas que da a un sucio cojín. Parte de la noche la pasa escupiéndolo y golpeándolo. El padecimiento neurológico de él le impide hablar y sus únicas palabras son: “Agua, ve”.

-Acomódese Norma, duerma un rato, ya va a ver cómo, lloran estos cipotes más tarde- me dice Alejandra.

Sentada en el sofá, saco mi celular y comienzo a ver las fotos de mi hijo. Las lágrimas ruedan por mi rostro cuando pienso que no estoy a su lado.

A las once de la noche, el silencio se interrumpe por el llanto de “Pedrito”, quien se despierta hambriento. Alejandra se levanta, le hace su biberón. Lo tomo en mis brazos, lo alimento, se queda dormido y lo vuelvo a colocar en la cuna.

De pronto, una voz alarmada llama las empleadas del centro que están en las salas de los varones y las niñas. -¿Qué pasa?- pregunto.

-La Fiscalía trae cipotes- es la respuesta.

Abrimos la puerta de metal del centro en el Ver más noticias sobre Honduras

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