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Pidió que lo enterraran en el cementerio

Pidió que lo enterraran en el cementerio
17.10.09 - Actualizado: 17.10.09 02:58pm - Jorge Montenegro: redaccion@laprensa.hn

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San Pedro Sula,

Honduras

Juana García de Santos se encontraba de compras en una conocida tienda de la capital.

Llegó a la caja para pagar las cosas que llevaba en una carretilla y de repente dijo: “No se quién sos, pero no me asustaste”.

Siguió sintiendo la presión de las manos y al darse vuelta para ver de quién se trataba casi se desmaya porque no había ninguna persona detrás.

La cajera le preguntó: “Le sucede algo señora? -No... no es nada, sólo fue algo pasajero, respondió.

Doña Juana sintió que el corazón se le hacía pequeño cuando salió de la tienda.

Buscó un taxi y lo encontró en una esquina, se subió y le dio la dirección al chofer para regresar a casa, sólo ella iba de pasajera.

Poco después el motorista la dejaba justo en la entrada de la vivienda, recibió su paga y siguió conduciendo su taxi hasta perderse en la avenida.

La señora colocaba un mantel nuevo sobre la mesa del comedor cuando tocaron a la puerta:

“Un momento, ya le atiendo”.
Al abrir la puerta se dio cuenta de que era el taxista que la había llevado a su casa. Le preguntó: ¿Qué se le ofrece, señor? El motorista, con buenos modales, le dijo: “Nada señora, solamente vine a dejarle el paraguas del señor que se bajó con usted”.

Tomando el paraguas dio las gracias al taxista y se apoyó en la mesa del comedor para no caerse. La cabeza le daba vueltas y el temor comenzó a invadirla.

Primero había sentido que dos manos se apoyaron sobre sus hombros y luego un pasajero que jamás vio.

Cuando se recuperó del susto sacó unas pastillas del botiquín, se tomó dos contra el dolor de cabeza, se cambió de ropa y agarrando una cartera encaminó sus pasos a la puerta principal.

Fue entonces cuando reparó en algo: el paraguas ya no estaba ahí.

El cuerpo le tembló de pies a cabeza, apresuró el paso y se dirigió a la iglesia catedral, faltaban 10 minutos para las cinco de la tarde, hora en que se oficiaba una misa.

Al llegar a la catedral cayó de rodillas y dijo una oración breve, luego caminó hasta el altar mayor para apreciar mejor el oficio religioso.

Ella era muy conocida por los sacerdotes y demás personal de la iglesia, desde pequeña su mamá la había encomendado a Dios y desde entonces era una católica entregada a su religión.

No podía explicarse las cosas sobrenaturales que le habían sucedido ese día, pensó que hablando con el sacerdote podría encontrar una explicación.

Esperaría a que finalizara la misa para comentarle al párroco de sus temores y la forma de encontrar protección.

Faltando cinco minutos para las seis finalizó la misa y doña Juana se fue directo a la sacristía para hablar con el sacerdote.

“Y eso es lo que me ha sucedido en un solo día padre. No sé qué pensar, hay algo invisible que me persigue”.

El sacerdote la miró con interés, después de un profundo silencio le dijo: “Hay cosas que no podemos entender hija, me llama la atención que tú has sido una excelente persona, que jamás te has visto involucrada en ningún problema.

¿Dices que el taxista vio a quien supuestamente te acompañaba y que el paraguas desapareció? Trataremos de buscar una solución a este extraño suceso, te recomiendo oración permanente. Llevarás este bote con agua bendita para bendecir tu casa, ya veremos más adelante”.

Regresó juanita a su hogar apretando instintivamente entre sus manos el bote que contenía agua bendita, al abrir la puerta hizo la señal de la cruz y arrojó un poco de agua diciendo una oración al Altísimo.

Como se lo había sugerido el sacerdote, la asustada señora siguió orando intensamente hasta que llegó la hora de acostarse.

Arregló su cama, colocó un vaso con agua en una mesita y dejó abierta la Biblia en el Salmo 23; de nuevo elevó una oración y se acostó.

Aproximadamente a la una de la mañana doña Juanita se despertó al escuchar un fuerte ruido en la cocina, parecía que había alguien dándole vuelta a todo.

Se levantó y sigilosamente, con un foco de mano que mantenía listo, caminó despacio hacia la cocina y vio que ahí brillaba una intensa luz de color verde.

Las piernas comenzaron a temblarle. La aterrada mujer sintió que la cabeza le pesaba y agarrando fuerzas de flaqueza tomó el agua bendita y al momento de arrojar un poco en la cocina dijo en voz alta: “En el nombre de Dios ya no me atormentes. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?”.

Nadie le contestó, pero del techo cayó un papel donde Juanita pudo leer: “En vida me llamé Ceferino Fuentes, me enterraron en medio de esta cocina, quiero descansar en el cementerio.

Escarba debajo del fogón y encontrarás un baúl con muchas joyas, debes pagar para que saquen mis huesos y los lleven al cementerio, también debes mandarme a oficiar siete misas. Gracias”.

Doña Juana siguió las instrucciones del muerto, parte del dinero lo donó a la iglesia, compró otra casa y vendió la vieja.

Sus dos hijos que habían estado ausentes por largo tiempo regresaron a su lado.

Los muchachos quedaron asombrados cuando la señora les contó aquella macabra historia que se había desarrollado en poco tiempo.

Todos los domingos doña Juana y sus hijos iban a coronar la tumba de su benefactor al que aunque jamás conocieron, le agradecían de esa forma el tesoro que les había dejado para vivir felices el resto de sus días.

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