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Digna, una policía con seis hijos que combate a la delincuencia

<p>En la pierna derecha y el tobillo izquierdo tiene cicatrices de bala, que recibió en dos enfrentamientos contra delincuentes.</p>

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El ruido de la sirena abre paso a la patrulla entre la multitud de carros de una angosta calle de San Pedro Sula. Una vez que llegan a su destino se detienen bruscamente; la primera en salir es la clase uno Digna Alvarenga, quien lleva más de 23 años al servicio de la Policía.Con voz de mando les indica a sus otros compañeros que tomen posición, se adelanta para requerir al conductor de un vehículo sospechoso que llevaba, según los vecinos, mucho rato dando vueltas por el barrio Barandillas.Al verificar que el carro no tiene reporte de robo, le devuelve los documentos al conductor. Ante los ojos de los curiosos regresa a la patrulla para seguir con el recorrido en busca de infractores de la ley.Alvarenga es una mujer imponente, siempre mantiene una postura firme y un semblante serio y porta con orgullo su uniforme de policía, que soñó con llevar desde que tenía 14 años. “Supe que iba a ser policía el día que le salvé la vida a mi papá. Un vecino, peleando tierras en Yoro, llegó a mi casa y le apuntó en la cabeza con una pistola. Gritaba que lo iba a matar. Yo llegué de casualidad y me moví silenciosamente, tomé del suelo un garrote y le pegué en el cuello. él se desplomó al primer golpe”, recuerda.La agente que estaba en segundo año de ciclo común recuerda cuando llegaron a su colegio en busca de reclutas. En medio del salón estaba ella con dos jovencitas que levantaron la mano para inscribirse en el curso. “En ese entonces comenzaba la Policía de mujeres. La gente nos tomaba fotos porque éramos respetadas, nos vestíamos de falda verde olivo y yo estaba orgullosa porque aprobé. Mi primera tarea fue ser policía de tránsito”, aseveró entre risas la agente. Hoy es una de las mujeres más destacadas en su profesión, pues ha sido jefa de varias estaciones en diversas partes del país en que estuvo asignada. Quienes la conocen hablan de ella con admiración por su dedicación como oficial y madre de seis hijos de 14 y 5 años y dos pares de gemelas de 6 y ocho años, respectivamente. Ella sostiene por completo su hogar porque es madre soltera.El equipo de diario LA PRENSA la acompañó en su recorrido diario como patrullera.Es muy disciplinada. Se levanta desde las cinco de la mañana para vestirse. A las seis en punto, luego de las indicaciones de los jefes superiores, sale a brindar seguridad en las calles caminando o en vehículo.Siempre lleva puesto su chaleco antibalas, burros y una pistola en el pecho. Si no fuera por sus marcadas curvas, se confundiría entre los hombres. En la pierna derecha y el tobillo izquierdo tiene cicatrices de bala, que recibió en dos enfrentamientos contra delincuentes.“Uno sabe que en este trabajo podemos perder la vida en cualquier momento y solo nos podemos encomendar a Dios todos los días para que nos proteja”, explicó conmovida, pues sabe que si llega a morir, sus hijos quedarán a la deriva.Ese día, al subirnos a la patrulla, los agujeros en la lata del vehículo nos pusieron nerviosos. La oficial nos miró como adivinando lo que nos preguntábamos y dijo: “Esas son perforaciones de bala. Esta patrulla tiene suerte. Ha estado en varios enfrentamientos y ya la tienen toda pasconeada”, dijo con sarcasmo. Un escalofrío nos estremeció al estar dentro del vehículo. Pensar que en cualquier momento alguien puede atacar es inquietante.Entre arrestos y llamadas para confirmar la muerte de ciudadanos que pierden la vida a manos de delincuentes, transcurrió el día. La uniformada está encargada de asignar policías y tiene otros deberes, ya que está en una escala más arriba de los agentes que dirige. Nunca para de contestar llamas y hablar por el radio de comunicación para mantenerlo todo a raya. Eran las seis de la tarde cuando nos paramos frente a un merendero. A nuestro encuentro salió doña Suyapa, dueña del establecimiento. Los oficiales no habían desayunado ni almorzado y ahí es el único lugar donde pueden comer de “fiado”, pues sus bolsillos siempre están vacios.Con pena, pero movidos por el hambre, vuelven una y otra vez; cuando se les hace tarde se quedan en ayunas, pues a las ocho el negocio está cerrado.“Con sacrificio pagamos la escuela de nuestros hijos y llevamos comida a la casa. Pero quien ama esta profesión no se lamenta, pues sabe que a diario salvamos la vida de muchas personas y eso es gratificante.Muchas veces nos señalan y nos acusan, pero como en toda profesión hay buenos y malos”, dijo con voz débil; no pudo contener el llanto, ya que la profesión le ha costado el cariño de su familia. “Mis padres aún no me perdonan que me haya convertido en policía. Por eso estamos distanciados. Vengo de una familia de abogados, fiscales y licenciados. Ellos deseaban que yo entrara en la universidad, pero me pudo más el amor por ser policía. Lo traía en la sangre. Mi sueño siempre fue ayudar. Trabajo con honestidad para demostrarles que vale la pena lo que hago”.Digna es una mujer muy reservada. Evita hablar de su vida privada en el trabajo, quizás por las difíciles situaciones que le ha tocado vivir, pues se separó de su esposo hace siete años porque era muy agresivo y en un arranque de celos la tomó por sorpresa y la golpeó hasta dejarla inconsciente.“Me atacó por la espalda y no pude defenderme. Tenía tres meses de embarazo. Casi me mata. Mis compañeros vinieron en mi auxilio. Si no fuera por ellos, que me llevaron inmediatamente al hospital, no lo estuviera contando”.El sonido del radio nos devolvió a la realidad. Pedían refuerzos para perseguir una camioneta donde iban delincuentes fuertemente armados. Alvarenga miró atrás y nos vio por encima del hombro desde el asiento delantero, diciendo con tono de preocupación: “Vamos a tener que dejarlos en algún lugar porque no podemos exponerlos”.Pero no dio tiempo de que bajáramos. La voz del radio transmisor anunció la ubicación del vehículo sospechoso que iba en nuestra dirección. Todo fue tan rápido, los latidos de nuestros corazones parecían escucharse. Un silencio nos invadió a medida que avanzaba el vehículo. Solo le rogábamos a Dios nos protegiera. Nadie se imagina lo que es ser policía hasta vivir la experiencia en carne propia.Entramos en el barrio Cabañas para buscar a los delincuentes, pero no los encontramos. La ronda de ese día terminó a medianoche, por suerte para nosotros sin ninguna novedad.Nos separamos de Digna en la estación donde duerme en un cuarto diminuto con dos compañeras. Llegamos nuevamente a las seis de la mañana para continuar la faena.Ese día por la tarde ella culminó su turno y la acompañamos a su casa, donde, emocionadas, la esperaban sus hijas y sus dos mascotas. Ahí conocimos su lado femenino y maternal, pues siempre les habla a sus niñas con tono cariñoso. Parecía otra sin el uniforme. “Allá en la Policía soy Alvarenga, pero aquí en mi casa soy simplemente Digna”, dijo la abnegada madre.

El ruido de la sirena abre paso a la patrulla entre la multitud de carros de una angosta calle de San Pedro Sula. Una vez que llegan a su destino se detienen bruscamente; la primera en salir es la clase uno Digna Alvarenga, quien lleva más de 23 años al servicio de la Policía.

Con voz de mando les indica a sus otros compañeros que tomen posición, se adelanta para requerir al conductor de un vehículo sospechoso que llevaba, según los vecinos, mucho rato dando vueltas por el barrio Barandillas.

Al verificar que el carro no tiene reporte de robo, le devuelve los documentos al conductor. Ante los ojos de los curiosos regresa a la patrulla para seguir con el recorrido en busca de infractores de la ley.

Alvarenga es una mujer imponente, siempre mantiene una postura firme y un semblante serio y porta con orgullo su uniforme de policía, que soñó con llevar desde que tenía 14 años. “Supe que iba a ser policía el día que le salvé la vida a mi papá. Un vecino, peleando tierras en Yoro, llegó a mi casa y le apuntó en la cabeza con una pistola. Gritaba que lo iba a matar. Yo llegué de casualidad y me moví silenciosamente, tomé del suelo un garrote y le pegué en el cuello. él se desplomó al primer golpe”, recuerda.

La agente que estaba en segundo año de ciclo común recuerda cuando llegaron a su colegio en busca de reclutas. En medio del salón estaba ella con dos jovencitas que levantaron la mano para inscribirse en el curso. “En ese entonces comenzaba la Policía de mujeres. La gente nos tomaba fotos porque éramos respetadas, nos vestíamos de falda verde olivo y yo estaba orgullosa porque aprobé. Mi primera tarea fue ser policía de tránsito”, aseveró entre risas la agente. Hoy es una de las mujeres más destacadas en su profesión, pues ha sido jefa de varias estaciones en diversas partes del país en que estuvo asignada. Quienes la conocen hablan de ella con admiración por su dedicación como oficial y madre de seis hijos de 14 y 5 años y dos pares de gemelas de 6 y ocho años, respectivamente. Ella sostiene por completo su hogar porque es madre soltera.

El equipo de diario LA PRENSA la acompañó en su recorrido diario como patrullera.

Es muy disciplinada. Se levanta desde las cinco de la mañana para vestirse. A las seis en punto, luego de las indicaciones de los jefes superiores, sale a brindar seguridad en las calles caminando o en vehículo.

Siempre lleva puesto su chaleco antibalas, burros y una pistola en el pecho. Si no fuera por sus marcadas curvas, se confundiría entre los hombres. En la pierna derecha y el tobillo izquierdo tiene cicatrices de bala, que recibió en dos enfrentamientos contra delincuentes.

“Uno sabe que en este trabajo podemos perder la vida en cualquier momento y solo nos podemos encomendar a Dios todos los días para que nos proteja”, explicó conmovida, pues sabe que si llega a morir, sus hijos quedarán a la deriva.

Ese día, al subirnos a la patrulla, los agujeros en la lata del vehículo nos pusieron nerviosos. La oficial nos miró como adivinando lo que nos preguntábamos y dijo: “Esas son perforaciones de bala. Esta patrulla tiene suerte. Ha estado en varios enfrentamientos y ya la tienen toda pasconeada”, dijo con sarcasmo. Un escalofrío nos estremeció al estar dentro del vehículo. Pensar que en cualquier momento alguien puede atacar es inquietante.

Entre arrestos y llamadas para confirmar la muerte de ciudadanos que pierden la vida a manos de delincuentes, transcurrió el día. La uniformada está encargada de asignar policías y tiene otros deberes, ya que está en una escala más arriba de los agentes que dirige. Nunca para de contestar llamas y hablar por el radio de comunicación para mantenerlo todo a raya.

Eran las seis de la tarde cuando nos paramos frente a un merendero. A nuestro encuentro salió doña Suyapa, dueña del establecimiento. Los oficiales no habían desayunado ni almorzado y ahí es el único lugar donde pueden comer de “fiado”, pues sus bolsillos siempre están vacios.

Con pena, pero movidos por el hambre, vuelven una y otra vez; cuando se les hace tarde se quedan en ayunas, pues a las ocho el negocio está cerrado.

“Con sacrificio pagamos la escuela de nuestros hijos y llevamos comida a la casa. Pero quien ama esta profesión no se lamenta, pues sabe que a diario salvamos la vida de muchas personas y eso es gratificante.

Muchas veces nos señalan y nos acusan, pero como en toda profesión hay buenos y malos”, dijo con voz débil; no pudo contener el llanto, ya que la profesión le ha costado el cariño de su familia. “Mis padres aún no me perdonan que me haya convertido en policía. Por eso estamos distanciados. Vengo de una familia de abogados, fiscales y licenciados. Ellos deseaban que yo entrara en la universidad, pero me pudo más el amor por ser policía. Lo traía en la sangre. Mi sueño siempre fue ayudar. Trabajo con honestidad para demostrarles que vale la pena lo que hago”.

Digna es una mujer muy reservada. Evita hablar de su vida privada en el trabajo, quizás por las difíciles situaciones que le ha tocado vivir, pues se separó de su esposo hace siete años porque era muy agresivo y en un arranque de celos la tomó por sorpresa y la golpeó hasta dejarla inconsciente.

“Me atacó por la espalda y no pude defenderme. Tenía tres meses de embarazo. Casi me mata. Mis compañeros vinieron en mi auxilio. Si no fuera por ellos, que me llevaron inmediatamente al hospital, no lo estuviera contando”.

El sonido del radio nos devolvió a la realidad. Pedían refuerzos para perseguir una camioneta donde iban delincuentes fuertemente armados. Alvarenga miró atrás y nos vio por encima del hombro desde el asiento delantero, diciendo con tono de preocupación: “Vamos a tener que dejarlos en algún lugar porque no podemos exponerlos”.

Pero no dio tiempo de que bajáramos. La voz del radio transmisor anunció la ubicación del vehículo sospechoso que iba en nuestra dirección. Todo fue tan rápido, los latidos de nuestros corazones parecían escucharse. Un silencio nos invadió a medida que avanzaba el vehículo. Solo le rogábamos a Dios nos protegiera. Nadie se imagina lo que es ser policía hasta vivir la experiencia en carne propia.

Entramos en el barrio Cabañas para buscar a los delincuentes, pero no los encontramos. La ronda de ese día terminó a medianoche, por suerte para nosotros sin ninguna novedad.

Nos separamos de Digna en la estación donde duerme en un cuarto diminuto con dos compañeras. Llegamos nuevamente a las seis de la mañana para continuar la faena.

Ese día por la tarde ella culminó su turno y la acompañamos a su casa, donde, emocionadas, la esperaban sus hijas y sus dos mascotas. Ahí conocimos su lado femenino y maternal, pues siempre les habla a sus niñas con tono cariñoso. Parecía otra sin el uniforme. “Allá en la Policía soy Alvarenga, pero aquí en mi casa soy simplemente Digna”, dijo la abnegada madre.

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