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El padre de los niños prematuros

<p>Todos los días ve la cara de la angustia en cada paciente que atiende en la sala de neonatología.</p>

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Siendo niño, Samuel Santos ya sabía que sería médico, incluso su madre lo vestía con una gabacha blanca con su nombre bordado, cuando lo llevaba a la consulta del hospital de Tela.Había nacido en ese mismo hospital que la compañía bananera tenía frente al mar en los tiempos de su apogeo. Del centro asistencial solo quedaron los recuerdos que atesora Samuel Santos, quien se ha convertido en el padre de los niños prematuros como neonatólogo del hospital Mario Rivas de San Pedro Sula.Para Samuel y su hermano Daniel, quien también es médico, salir de casa hacia el hospital era como ir de paseo, por la belleza del paisaje marino, pero sobre todo porque su madre, Blanca Rosa Fuentes, los vestía como doctorcitos. “Cuando mi madre nos ponía aquellas batitas, ya sabíamos que nos esperaba una inyeccción, pero de todas maneras lo disfrutábamos”, comenta el especialista, quien además atiende en una clínica privada de San Pedro Sula.Combativo y rebeldeHizo su educación primaria en la Escuela Milagrosa, sostenida por religiosos, pero su grupo de juego eran los niños de las barriadas. “Jugábamos fútbol en una calle que terminaba en el río, si la pelota se iba al agua, se tiraban a sacarla los negritos porque eran los más diestros para nadar”, recuerda.Los sábados “era fijo” que se iba con “la pandilla” a montar caballos y a comer guayabas a la propiedad de su padre Francisco Santos, de origen salvadoreño.En el Instituto Triunfo de la Cruz, donde hizo la secundaria, sacó a relucir su espíritu combativo y rebelde, pues encabezó un movimiento para que el colegio fuera declarado oficial.No obstante que lo llamaban el colegio del pueblo, los alumnos que llegaban descalzos o con los zapatos rotos eran rechazados por tratarse de un centro educativo de carácter semioficial.Es probable que hasta sin comer llegaban esos muchachos a recibir clases, según dijo Santos.“Yo no nací en cuna de oro, pero tampoco mi familia era pobre, sin embargo, me incomodaba que esas cosas sucedieran, y comenzamos a exigir que el colegio fuera declarado oficial”.Cuando lo lograron, a la biblioteca del instituto la bautizaron con el nombre de Arturo álvarez Calderón quien era el director del colegio y no obstante apoyó la lucha de los muchachos.Por esos años Samuel reafirmó su convicción de que sería médico porque se dio cuenta que no le asustaba la sangre cuando le tocó auxiliar a su amigo David Saccaro, actual alcalde de Tela, que resultó lesionado en un juego de beisbol. Resulta que a otro niño llamado Julito Rodríguez se le zafó el bate y le fue a pegar en la oreja a Saccaro.Los compañeros de juego salieron asustados al ver lo ocurrido, menos el pequeño Samuel, quien mantuvo presionada la oreja cortada de su amigo hasta que llegó el cura del lugar y lo trasladó en su carro al hospital. ‘Hiciste lo correcto’, le dijo a Samuel el médico que atendió al herido. “Si no le tengo miedo a la sangre, seré médico”, pensó. Lo que no sabía el muchacho es que sería neonatólogo porque esa decisión la tomó hasta que estaba estudiando medicina general en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.Tras sacar su especialidad en la Universidad San Carlos, de Guatemala, vino a trabajar al Mario Rivas, donde todos los días ve una historia de angustia en cada paciente. Santos ha derramado lágrimas ante algunos casos como el de las siamesas Isis Milagro e Isis Esperanza, que murieron en 2005 el día que serían trasladadas a un hospital privado de Cleveland, Estados Unidos.Había esperanzas de salvarlas porque eran las únicas siamesas nacidas en ese centro asistencial con corazones separados, por eso Santos hizo gestiones con su hermano Daniel, que trabaja en Estados Unidos, para desunirlas allá, pero desafortunadamente “no se pudo hacer el milagro”.Esa madrugada, el neonatólogo había pasado con ellas, por eso el impacto fue mayor cuando le avisaron a su casa que habían fallecido justamente cuando las autoridades hondureñas habían dado el visto bueno después de un largo trámite burocrático.El último caso impactante que le ha tocado atender fue el de un bebé rescatado del vientre de su madre luego que esta fuera ultimada de un balazo en la cabeza en la colonia La Pradera.“Tuvimos que transfundir al bebé porque estaba padeciendo de sufrimiento fetal debido a que no le llegó suficiente oxígeno cuando le faltó la sangre de la madre”, explicó.Como médico ha salvado muchas vidas, pero era la primera vez que salvaba a una criatura a quien la violencia quería arrebatarle el derecho de nacer.  Por eso dice convencido: “No me iría de este trabajo porque dejaría la mejor escuela y mi compromiso con el pueblo”.

Siendo niño, Samuel Santos ya sabía que sería médico, incluso su madre lo vestía con una gabacha blanca con su nombre bordado, cuando lo llevaba a la consulta del hospital de Tela.

Había nacido en ese mismo hospital que la compañía bananera tenía frente al mar en los tiempos de su apogeo. Del centro asistencial solo quedaron los recuerdos que atesora Samuel Santos, quien se ha convertido en el padre de los niños prematuros como neonatólogo del hospital Mario Rivas de San Pedro Sula.

Para Samuel y su hermano Daniel, quien también es médico, salir de casa hacia el hospital era como ir de paseo, por la belleza del paisaje marino, pero sobre todo porque su madre, Blanca Rosa Fuentes, los vestía como doctorcitos. “Cuando mi madre nos ponía aquellas batitas, ya sabíamos que nos esperaba una inyeccción, pero de todas maneras lo disfrutábamos”, comenta el especialista, quien además atiende en una clínica privada de San Pedro Sula.

Combativo y rebelde

Hizo su educación primaria en la Escuela Milagrosa, sostenida por religiosos, pero su grupo de juego eran los niños de las barriadas. “Jugábamos fútbol en una calle que terminaba en el río, si la pelota se iba al agua, se tiraban a sacarla los negritos porque eran los más diestros para nadar”, recuerda.

Los sábados “era fijo” que se iba con “la pandilla” a montar caballos y a comer guayabas a la propiedad de su padre Francisco Santos, de origen salvadoreño.

En el Instituto Triunfo de la Cruz, donde hizo la secundaria, sacó a relucir su espíritu combativo y rebelde, pues encabezó un movimiento para que el colegio fuera declarado oficial.

No obstante que lo llamaban el colegio del pueblo, los alumnos que llegaban descalzos o con los zapatos rotos eran rechazados por tratarse de un centro educativo de carácter semioficial.

Es probable que hasta sin comer llegaban esos muchachos a recibir clases, según dijo Santos.

“Yo no nací en cuna de oro, pero tampoco mi familia era pobre, sin embargo, me incomodaba que esas cosas sucedieran, y comenzamos a exigir que el colegio fuera declarado oficial”.

Cuando lo lograron, a la biblioteca del instituto la bautizaron con el nombre de Arturo álvarez Calderón quien era el director del colegio y no obstante apoyó la lucha de los muchachos.

Por esos años Samuel reafirmó su convicción de que sería médico porque se dio cuenta que no le asustaba la sangre cuando le tocó auxiliar a su amigo David Saccaro, actual alcalde de Tela, que resultó lesionado en un juego de beisbol. Resulta que a otro niño llamado Julito Rodríguez se le zafó el bate y le fue a pegar en la oreja a Saccaro.

Los compañeros de juego salieron asustados al ver lo ocurrido, menos el pequeño Samuel, quien mantuvo presionada la oreja cortada de su amigo hasta que llegó el cura del lugar y lo trasladó en su carro al hospital. ‘Hiciste lo correcto’, le dijo a Samuel el médico que atendió al herido. “Si no le tengo miedo a la sangre, seré médico”, pensó. Lo que no sabía el muchacho es que sería neonatólogo porque esa decisión la tomó hasta que estaba estudiando medicina general en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.

Tras sacar su especialidad en la Universidad San Carlos, de Guatemala, vino a trabajar al Mario Rivas, donde todos los días ve una historia de angustia en cada paciente. Santos ha derramado lágrimas ante algunos casos como el de las siamesas Isis Milagro e Isis Esperanza, que murieron en 2005 el día que serían trasladadas a un hospital privado de Cleveland, Estados Unidos.

Había esperanzas de salvarlas porque eran las únicas siamesas nacidas en ese centro asistencial con corazones separados, por eso Santos hizo gestiones con su hermano Daniel, que trabaja en Estados Unidos, para desunirlas allá, pero desafortunadamente “no se pudo hacer el milagro”.

Esa madrugada, el neonatólogo había pasado con ellas, por eso el impacto fue mayor cuando le avisaron a su casa que habían fallecido justamente cuando las autoridades hondureñas habían dado el visto bueno después de un largo trámite burocrático.

El último caso impactante que le ha tocado atender fue el de un bebé rescatado del vientre de su madre luego que esta fuera ultimada de un balazo en la cabeza en la colonia La Pradera.

“Tuvimos que transfundir al bebé porque estaba padeciendo de sufrimiento fetal debido a que no le llegó suficiente oxígeno cuando le faltó la sangre de la madre”, explicó.

Como médico ha salvado muchas vidas, pero era la primera vez que salvaba a una criatura a quien la violencia quería arrebatarle el derecho de nacer.
Por eso dice convencido: “No me iría de este trabajo porque dejaría la mejor escuela y mi compromiso con el pueblo”.

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