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“Me dijeron loco cuando me metí a Dale Carnegie”

<p>Emilio Santamaría dejó un alto cargo gerencial en El Salvador. Creyó en sí mismo y triunfó.</p>

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Tenía 17 años Emilio Santamaría cuando su familia quedó en la bancarrota a causa de los desafueros de un socio de su padre, por lo que tuvo que interrumpir sus estudios y emigrar a Honduras en pos de un empleo. “Lo único que no nos embargaron fue la cama porque eso no es permitido en México. Por primera vez miré llorar a mi madre, una mujer de temple, al ver cómo se llevaban hasta los muebles de la casa”, recuerda el conocido conferencista y director de Dale Carnegie.Un proveedor de los negocios que su padre había tenido en el DF, le dio la oportunidad de vender productos mexicanos en Honduras. Santamaría estaba lleno de temores pero le hizo frente a su reto y viajó hasta Panamá en un viejo escarabajo vendiendo los artículos importados. En San Pedro Sula, conoció a Margarita (su esposa), quien era la secretaria de la Agencia Nuevo Mundo y lo recibía cuando el jovencito llegaba a ofrecer discos de acetato al propietario del negocio. Así surgió un romance de chocolates y de invitaciones al cine, que terminó en matrimonio hace cincuenta años.Una vez establecido su hogar volvió a México a terminar sus estudios universitarios en Administración de Empresas, los que le abrieron las puertas en el ámbito empresarial. Llegó a ser presidente de una compañía textil en El Salvador antes de enamorarse de los cursos de Dale Carnegie.Salió tan entusiasmado de una de esas motivaciones de autoayuda que no vaciló en irse para la República Dominicana cuando le salió la oportunidad de vender cursosDale Carnegie en aquel país.“Estás loco”, le decían sus amigos cuando se dieron cuenta que abandonaba su alto cargo, por aquel trabajo de inciertos ingresos económicos. Sin embargo, los mismos cursos de autoayuda le habían enseñado a creer en sí mismo, y se fue.No estaban tan equivocados sus amigos porque al principio no ganaba ni la mitad de lo que le pagaba la textilera, vendiendo cursos en un país donde además el sueldo se le iba casi solo en viajes entre Santo Domingo y San Juan.Pero la suerte estaba echada y siguió esforzándose hasta llegar a ser instructor de Dale Carnegie en el país antillano. Luego fue trasladado a México adonde su dedicación y entrega lo colocó en la gerencia general de la compañía.En eso estaba cuando le dijeron: “váyase a Honduras por dos años a cubrir la vacante que dejó el director, y luego vuelve”, pero cuando le tocó volver, ya estaba atrapado en una maraña de éxitos como vendedor de entrenamientos.Viajaba por toda Centroamérica dando cursos y formando instructores. Desde entonces Honduras es su trinchera en la misión de cambiar a las personas mediante los famosos cursos de motivación.Esporádicamente ha regresado a México a formar instructores porque también quería ser profeta en su tierra, sin dejar Honduras. “No sé si Honduras me adoptó a mí o yo adopté a Honduras”, dice.No habla de política“Mi padre era español y mi madre marroquí, mi esposa es hondureña y yo nací en México”, dice Santamaría con su voz gangosa pero bien modulada que han escuchado tantas personas y personalidades en sus cursos.Como no se ha nacionalizado hondureño, no habla de política. Ni siquiera le pregunta a sus empleados a qué partido pertenecen. Comenta que cuando lleva a su esposa a votar, la espera en el carro y al salir ella, no hacen ningún comentario, aunque él se imagina por quien votó. “La invito a comer sin hablar del asunto”, dice el autor de la columna Positivo y Negativo que se publica en LA PRENSA.Santamaría ha tenido a medio mundo en sus cursos, incluyendo a políticos que quieren expresarse mejor, porque Dale Carnegie también tiene cursos de oratoria. “Les enseñamos cómo manejar a la prensa, a tener respeto por los periodistas y a no enojarse con ellos cuando les hacen preguntas venenosas. Les explicamos que ellos (los periodistas) están haciendo su trabajo”, comentó.Indicó que hay chistes que se pueden contar en público pero no solamente para hacer reír sino para dejar una enseñanza. “Toda charla debe tener enseñanza, humor e inspiración en la medida correcta”.No ha faltado quien cuestione sus cursos, pero él sin molestarse contesta que hasta los incrédulos tienen su patrón, que es Santo Tomás.Una vez uno de sus alumnos le dijo al final de una conferencia: ‘no creo que el curso hace lo que usted dice’. Como respuesta el conferencista se comprometió a devolverle el dinero si después del curso no cambiaba de actitud.‘Puedo mentirle y decirle que el curso no me cambió’, lo volvió a desafiar el interpelado a lo que Santamaría respondió: “con mucha más razón le devuelvo el dinero porque eso significaría que realmente usted no cambió”.Manifestó que el curso en sí no cambia a la gente. “Es solamente el instrumento para que la gente cambie por sí misma”.Ha habido otros participantes que llaman la atención de otra forma en las conferencias, como un sacerdote que sacó tremendo susto a todos los asistentes, incluyendo a Santamaría, en Santo Domingo.Como se trataba de demostrar en el curso una habilidad, el cura llevó un saco de donde sacó dos serpientes para demostrar cómo se les “ordeñaba” el veneno. Las tomó una a una con habilidad frente a los asustados asistentes. De repente exclamó: ‘Eran tres serpientes y solo hay dos aquí, donde estará la otra’. Todos salieron a la carrera creyendo que la víbora se había escabullido en el salón. Volvieron a sus asientos hasta que vieron riendo al ocurrente religioso.A sus 73 años Emilio Santamaría no piensa permitir “que un viejo se instale en su cuerpo”, por eso seguirá siendo director e instructor de Dale Carnegie hasta las últimas consecuencias. “Si el reloj del tiempo diera vuelta en reversa, volvería a entrar a Dale Carnegie aunque me vuelvan a decir que estoy loco”.

Tenía 17 años Emilio Santamaría cuando su familia quedó en la bancarrota a causa de los desafueros de un socio de su padre, por lo que tuvo que interrumpir sus estudios y emigrar a Honduras en pos de un empleo. “Lo único que no nos embargaron fue la cama porque eso no es permitido en México. Por primera vez miré llorar a mi madre, una mujer de temple, al ver cómo se llevaban hasta los muebles de la casa”, recuerda el conocido conferencista y director de Dale Carnegie.

Un proveedor de los negocios que su padre había tenido en el DF, le dio la oportunidad de vender productos mexicanos en Honduras. Santamaría estaba lleno de temores pero le hizo frente a su reto y viajó hasta Panamá en un viejo escarabajo vendiendo los artículos importados. En San Pedro Sula, conoció a Margarita (su esposa), quien era la secretaria de la Agencia Nuevo Mundo y lo recibía cuando el jovencito llegaba a ofrecer discos de acetato al propietario del negocio. Así surgió un romance de chocolates y de invitaciones al cine, que terminó en matrimonio hace cincuenta años.

Una vez establecido su hogar volvió a México a terminar sus estudios universitarios en Administración de Empresas, los que le abrieron las puertas en el ámbito empresarial. Llegó a ser presidente de una compañía textil en El Salvador antes de enamorarse de los cursos de Dale Carnegie.

Salió tan entusiasmado de una de esas motivaciones de autoayuda que no vaciló en irse para la República Dominicana cuando le salió la oportunidad de vender cursos

Dale Carnegie en aquel país.

“Estás loco”, le decían sus amigos cuando se dieron cuenta que abandonaba su alto cargo, por aquel trabajo de inciertos ingresos económicos. Sin embargo, los mismos cursos de autoayuda le habían enseñado a creer en sí mismo, y se fue.

No estaban tan equivocados sus amigos porque al principio no ganaba ni la mitad de lo que le pagaba la textilera, vendiendo cursos en un país donde además el sueldo se le iba casi solo en viajes entre Santo Domingo y San Juan.

Pero la suerte estaba echada y siguió esforzándose hasta llegar a ser instructor de Dale Carnegie en el país antillano. Luego fue trasladado a México adonde su dedicación y entrega lo colocó en la gerencia general de la compañía.

En eso estaba cuando le dijeron: “váyase a Honduras por dos años a cubrir la vacante que dejó el director, y luego vuelve”, pero cuando le tocó volver, ya estaba atrapado en una maraña de éxitos como vendedor de entrenamientos.

Viajaba por toda Centroamérica dando cursos y formando instructores. Desde entonces Honduras es su trinchera en la misión de cambiar a las personas mediante los famosos cursos de motivación.

Esporádicamente ha regresado a México a formar instructores porque también quería ser profeta en su tierra, sin dejar Honduras. “No sé si Honduras me adoptó a mí o yo adopté a Honduras”, dice.

No habla de política

“Mi padre era español y mi madre marroquí, mi esposa es hondureña y yo nací en México”, dice Santamaría con su voz gangosa pero bien modulada que han escuchado tantas personas y personalidades en sus cursos.

Como no se ha nacionalizado hondureño, no habla de política. Ni siquiera le pregunta a sus empleados a qué partido pertenecen. Comenta que cuando lleva a su esposa a votar, la espera en el carro y al salir ella, no hacen ningún comentario, aunque él se imagina por quien votó. “La invito a comer sin hablar del asunto”, dice el autor de la columna Positivo y Negativo que se publica en LA PRENSA.

Santamaría ha tenido a medio mundo en sus cursos, incluyendo a políticos que quieren expresarse mejor, porque Dale Carnegie también tiene cursos de oratoria. “Les enseñamos cómo manejar a la prensa, a tener respeto por los periodistas y a no enojarse con ellos cuando les hacen preguntas venenosas. Les explicamos que ellos (los periodistas) están haciendo su trabajo”, comentó.

Indicó que hay chistes que se pueden contar en público pero no solamente para hacer reír sino para dejar una enseñanza. “Toda charla debe tener enseñanza, humor e inspiración en la medida correcta”.

No ha faltado quien cuestione sus cursos, pero él sin molestarse contesta que hasta los incrédulos tienen su patrón, que es Santo Tomás.

Una vez uno de sus alumnos le dijo al final de una conferencia: ‘no creo que el curso hace lo que usted dice’. Como respuesta el conferencista se comprometió a devolverle el dinero si después del curso no cambiaba de actitud.

‘Puedo mentirle y decirle que el curso no me cambió’, lo volvió a desafiar el interpelado a lo que Santamaría respondió: “con mucha más razón le devuelvo el dinero porque eso significaría que realmente usted no cambió”.

Manifestó que el curso en sí no cambia a la gente. “Es solamente el instrumento para que la gente cambie por sí misma”.

Ha habido otros participantes que llaman la atención de otra forma en las conferencias, como un sacerdote que sacó tremendo susto a todos los asistentes, incluyendo a Santamaría, en Santo Domingo.

Como se trataba de demostrar en el curso una habilidad, el cura llevó un saco de donde sacó dos serpientes para demostrar cómo se les “ordeñaba” el veneno. Las tomó una a una con habilidad frente a los asustados asistentes. De repente exclamó: ‘Eran tres serpientes y solo hay dos aquí, donde estará la otra’. Todos salieron a la carrera creyendo que la víbora se había escabullido en el salón. Volvieron a sus asientos hasta que vieron riendo al ocurrente religioso.

A sus 73 años Emilio Santamaría no piensa permitir “que un viejo se instale en su cuerpo”, por eso seguirá siendo director e instructor de Dale Carnegie hasta las últimas consecuencias. “Si el reloj del tiempo diera vuelta en reversa, volvería a entrar a Dale Carnegie aunque me vuelvan a decir que estoy loco”.

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