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Hondureño Julio “Yuyuga”, el hombre de los mil trabajos

<p>Julio Rodríguez vistió la camisa de portero del Marathón, fue locutor, animador y comerciante. </p>

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Cuando lo ven recogiendo piedritas en la calle unos lo miran con curiosidad, otros se ríen y hay quienes se atreven a preguntarle para qué las quiere. “Son para hacer manualidades”, suele contestar don Julio Rodríguez García, sin dar mayores explicaciones.Hay que verlo dando uso no solo a las piedras, sino también a otros materiales baratos que colecciona, para darse cuenta de cuán habilidoso es este hombre que construye perfectas casas en miniatura con todos sus agregados. En la vida ha sido de todo, desde portero del equipo Marathón, hasta locutor, pero fue en su etapa de adulto que descubrió el don de hacer prodigios con desperdicios y bagatelas que consigue en los mercados.Los estudiantes de arquitectura lo buscan para que les complete las maquetas de sus proyectos con sus manualidades. Algunos se sorprenden cuando se dan cuenta que el veterano artesano no ha recibido ni siquiera conocimientos básicos de arquitectura para hacer sus obras tan milimétricamente elaboradas.Su primera casitaMuchos sampedranos lo conocen porque durante algún tiempo estuvo haciendo tamales en cantidades industriales, los que eran conocidos como tamales nicaragüenses, porque su esposa es originaria de ese país.“Mi esposa le daba el toque especial a la masa, yo me encargaba de removerla y una hija los envolvía”. Don Julio era la cara de aquel patrimonio familiar porque era quien se encargaba de entregar los pedidos.En esos menesteres estaba cuando una de sus hijas fue raptada, lo que lo obligó a permanecer encerrado en su casa por algún tiempo pues, personas supuestamente ligadas al caso, le advirtieron que no anduviera haciendo averiguaciones. Para no aburrirse en aquel encierro, decidió darle uso a las reglas de madera que ya no utilizaría para atizar el fuego de los tamales. Así fabricó la primera casita que resultó ser una preciosidad. Había descubierto un don oculto y una nueva manera de ganarse la vida. La primera fue la de locutor, pues como portero del Martahón en sus años mozos, más bien tenía que aportar para el sostenimiento de su equipo.“Si nos lesionábamos jugando, nosotros corríamos con los gastos de la curación”, dice el exjugador, quien era conocido en el mundo deportivo como “Yuyuga” Rodríguez.Eran los tiempos de grandes jugadores como Majoncho Sosa en que se jugaba por amor a la camisola. Julio Rodríguez Se había criado jugando en las calles del barrio El Benque con pelota de trapo. “Luego formamos el Universalito con los hermanos Cruz (Emilio, “Papi” y Julio). Le llamamos así porque el padre de ellos era el dueño de la carpintería Universal. De allí saltamos todos al Marathón”.Recordó que una vez hizo un partidazo jugando contra el Independiente, uno de los grandes equipos de aquel entonces, pero al final le salió caro. “Como no usaba rodilleras ni guantes, terminé con raspaduras en todo el cuerpo. Para quitarme la tierra, estuve más del tiempo debido bajo la ducha”.Como consecuencia, por la noche comenzó a sentir un fogaje y se fue llenando de chibolitas, por lo que fue llevado de emergencia al hospital Leonardo Martínez.Cuando sus compañeros de equipo fueron a verlo y preguntaron qué tenía, un tío suyo que era muy bromista les contestó que le habían salido yuyugas en todo el cuerpo. Así nació su apodo de combate.Como a los seis años surgió otro jugador al que llamaron Yuyuga Flores, porque decían que se parecía a él, dijo.El primer SantaSe enorgullece de haber sido además operador de radio, locutor y animador de radioteatro junto con el popular Oscar Cobos, a quien le tocó sustituir cuando este falleció. Habían trabajado juntos anunciando los espectáculos que se presentaban en el campo Agas durante la feria Juniana.Julio Rodríguez fue además el primer sampedrano que se disfrazó de San Nicolás para animar programas de televisión interactuando con los niños y ponerle sabor navideño a las reuniones que las empresas ofrecían a sus empleados.“Siendo San Nicolás, se sentaron en mis piernas niños que ahora son personajes que destacan en el mundo empresarial y político”, manifestó.Comenzó haciendo el papel de Santa en 1954 cuando trabajaba en la Voz de Centroamérica. Luego en 1958 el personaje fue llevado por el animador Tony Low al recién estrenado Canal Siete.A través de los micrófonos de emisoras como Radio Eco, Radio Norte y Radio éxitos también llegó a muchos hogares hondureños al tiempo que se dedicaba a la grabación de discos. “La disquera hondureña Sindi me mandó a prepararme a Dideca, de Guatemala, donde grababan Los Galos de Chile”.La experiencia que adquirió grabando para algunos artistas hondureños como Voces Universitarias, le sirvió después para dedicarse a hacer sus propias producciones estando fuera de la radio.“Fui el primero en producir casetes en San Pedro Sula. Llegué a tener 2,500 matrices para grabar música de toda clase, la que vendía en la tercera avenida”.Cuando salió de la radio también se dedicó a vender mercadería dentro y fuera del territorio hondureño. “Hasta un mototaxi manejé en Villas del Bosque. No fue por mucho tiempo porque me hizo la guerra un transportista que decía que era el dueño de la ruta”.“Mejor pregúnteme qué es lo que no he hecho”, dice el polifacético sampedrano, quien a sus 77 años sigue tan activo como en los años de su juventud. Todas las mañanas sube sus artesanías a un vehículo de paila para ir a ofrecerlas a los transeúntes y conductores en un punto céntrico de la ciudad. Lejos de pensar en el retiro está ideando qué otras creaciones tendrá a la venta el año que está por comenzar.Los turistas elogian su trabajoLos turistas extranjeros son quienes mejor valoran el trabajo artesanal de Julio Rodríguez. Cierta vez un español que estaba hospedado en un céntrico hotel le preguntó que dónde compraba las miniaturas.Quedó sorprendido el extranjero cuando Rodríguez le contestó que él las hacía manualmente.“Vete para España, que allá puedes hacerte rico porque allá nadie hace esto”, le dijo el turista.Jamás dice no cuando alguien le pide una creación que nunca ha hecho. Recientemente una dama le preguntó si podía hacerle unas casitas como las de la ciudad de Jerusalén.“Como asisto a una iglesia cristiana, un pastor norteamericano me facilitó una Biblia ilustrada donde estaba la ciudad de Jerusalén con sus casas. Tomé los modelos y le hice lo que la persona quería. Quedó encantada. Las casas las quería para hacer un nacimiento gigante”.También hizo casas más grandes a solicitud de turistas canadienses y norteamericanos. Las casas tenían dormitorios con sus camas, corredor con columpios, garaje para tres carros y hasta electrificación.Una hija que vive en Iowa, Estados Unidos le ha pedido que se vaya para allá a trabajar en sus artesanías porque los norteamericanos aprecian mucho esas obras.El caso es que la hija ha mostrado a sus amigos fotos de los trabajos que hace su padre y estos le han dicho que allá podría hacerse un “buen billete” vendiéndolos en dólares. Sin embargo, el veterano artesano piensa continuar viviendo en el país del Lempira.

Cuando lo ven recogiendo piedritas en la calle unos lo miran con curiosidad, otros se ríen y hay quienes se atreven a preguntarle para qué las quiere. “Son para hacer manualidades”, suele contestar don Julio Rodríguez García, sin dar mayores explicaciones.

Hay que verlo dando uso no solo a las piedras, sino también a otros materiales baratos que colecciona, para darse cuenta de cuán habilidoso es este hombre que construye perfectas casas en miniatura con todos sus agregados. En la vida ha sido de todo, desde portero del equipo Marathón, hasta locutor, pero fue en su etapa de adulto que descubrió el don de hacer prodigios con desperdicios y bagatelas que consigue en los mercados.

Los estudiantes de arquitectura lo buscan para que les complete las maquetas de sus proyectos con sus manualidades. Algunos se sorprenden cuando se dan cuenta que el veterano artesano no ha recibido ni siquiera conocimientos básicos de arquitectura para hacer sus obras tan milimétricamente elaboradas.

Su primera casita

Muchos sampedranos lo conocen porque durante algún tiempo estuvo haciendo tamales en cantidades industriales, los que eran conocidos como tamales nicaragüenses, porque su esposa es originaria de ese país.

“Mi esposa le daba el toque especial a la masa, yo me encargaba de removerla y una hija los envolvía”. Don Julio era la cara de aquel patrimonio familiar porque era quien se encargaba de entregar los pedidos.

En esos menesteres estaba cuando una de sus hijas fue raptada, lo que lo obligó a permanecer encerrado en su casa por algún tiempo pues, personas supuestamente ligadas al caso, le advirtieron que no anduviera haciendo averiguaciones.

Para no aburrirse en aquel encierro, decidió darle uso a las reglas de madera que ya no utilizaría para atizar el fuego de los tamales. Así fabricó la primera casita que resultó ser una preciosidad. Había descubierto un don oculto y una nueva manera de ganarse la vida. La primera fue la de locutor, pues como portero del Martahón en sus años mozos, más bien tenía que aportar para el sostenimiento de su equipo.

“Si nos lesionábamos jugando, nosotros corríamos con los gastos de la curación”, dice el exjugador, quien era conocido en el mundo deportivo como “Yuyuga” Rodríguez.

Eran los tiempos de grandes jugadores como Majoncho Sosa en que se jugaba por amor a la camisola. Julio Rodríguez Se había criado jugando en las calles del barrio El Benque con pelota de trapo. “Luego formamos el Universalito con los hermanos Cruz (Emilio, “Papi” y Julio). Le llamamos así porque el padre de ellos era el dueño de la carpintería Universal. De allí saltamos todos al Marathón”.

Recordó que una vez hizo un partidazo jugando contra el Independiente, uno de los grandes equipos de aquel entonces, pero al final le salió caro. “Como no usaba rodilleras ni guantes, terminé con raspaduras en todo el cuerpo. Para quitarme la tierra, estuve más del tiempo debido bajo la ducha”.

Como consecuencia, por la noche comenzó a sentir un fogaje y se fue llenando de chibolitas, por lo que fue llevado de emergencia al hospital Leonardo Martínez.

Cuando sus compañeros de equipo fueron a verlo y preguntaron qué tenía, un tío suyo que era muy bromista les contestó que le habían salido yuyugas en todo el cuerpo. Así nació su apodo de combate.

Como a los seis años surgió otro jugador al que llamaron Yuyuga Flores, porque decían que se parecía a él, dijo.

El primer Santa

Se enorgullece de haber sido además operador de radio, locutor y animador de radioteatro junto con el popular Oscar Cobos, a quien le tocó sustituir cuando este falleció. Habían trabajado juntos anunciando los espectáculos que se presentaban en el campo Agas durante la feria Juniana.

Julio Rodríguez fue además el primer sampedrano que se disfrazó de San Nicolás para animar programas de televisión interactuando con los niños y ponerle sabor navideño a las reuniones que las empresas ofrecían a sus empleados.

“Siendo San Nicolás, se sentaron en mis piernas niños que ahora son personajes que destacan en el mundo empresarial y político”, manifestó.

Comenzó haciendo el papel de Santa en 1954 cuando trabajaba en la Voz de Centroamérica. Luego en 1958 el personaje fue llevado por el animador Tony Low al recién estrenado Canal Siete.

A través de los micrófonos de emisoras como Radio Eco, Radio Norte y Radio éxitos también llegó a muchos hogares hondureños al tiempo que se dedicaba a la grabación de discos. “La disquera hondureña Sindi me mandó a prepararme a Dideca, de Guatemala, donde grababan Los Galos de Chile”.

La experiencia que adquirió grabando para algunos artistas hondureños como Voces Universitarias, le sirvió después para dedicarse a hacer sus propias producciones estando fuera de la radio.

“Fui el primero en producir casetes en San Pedro Sula. Llegué a tener 2,500 matrices para grabar música de toda clase, la que vendía en la tercera avenida”.

Cuando salió de la radio también se dedicó a vender mercadería dentro y fuera del territorio hondureño. “Hasta un mototaxi manejé en Villas del Bosque. No fue por mucho tiempo porque me hizo la guerra un transportista que decía que era el dueño de la ruta”.

“Mejor pregúnteme qué es lo que no he hecho”, dice el polifacético sampedrano, quien a sus 77 años sigue tan activo como en los años de su juventud. Todas las mañanas sube sus artesanías a un vehículo de paila para ir a ofrecerlas a los transeúntes y conductores en un punto céntrico de la ciudad. Lejos de pensar en el retiro está ideando qué otras creaciones tendrá a la venta el año que está por comenzar.

Los turistas elogian su trabajo

Los turistas extranjeros son quienes mejor valoran el trabajo artesanal de Julio Rodríguez. Cierta vez un español que estaba hospedado en un céntrico hotel le preguntó que dónde compraba las miniaturas.

Quedó sorprendido el extranjero cuando Rodríguez le contestó que él las hacía manualmente.

“Vete para España, que allá puedes hacerte rico porque allá nadie hace esto”, le dijo el turista.

Jamás dice no cuando alguien le pide una creación que nunca ha hecho. Recientemente una dama le preguntó si podía hacerle unas casitas como las de la ciudad de Jerusalén.

“Como asisto a una iglesia cristiana, un pastor norteamericano me facilitó una Biblia ilustrada donde estaba la ciudad de Jerusalén con sus casas. Tomé los modelos y le hice lo que la persona quería. Quedó encantada. Las casas las quería para hacer un nacimiento gigante”.

También hizo casas más grandes a solicitud de turistas canadienses y norteamericanos. Las casas tenían dormitorios con sus camas, corredor con columpios, garaje para tres carros y hasta electrificación.

Una hija que vive en Iowa, Estados Unidos le ha pedido que se vaya para allá a trabajar en sus artesanías porque los norteamericanos aprecian mucho esas obras.

El caso es que la hija ha mostrado a sus amigos fotos de los trabajos que hace su padre y estos le han dicho que allá podría hacerse un “buen billete” vendiéndolos en dólares. Sin embargo, el veterano artesano piensa continuar viviendo en el país del Lempira.

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