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Lea la última entrevista de "La Coneja"

<p>"Vivo solo con mis árboles y mis recuerdos" fue el titular del artículo presentado por LA PRENSA con el exjugador José Enrique Cardona.</p>

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Terminaba de desayunar con tortillas de maíz nixtamalizado cuando lo abordamos en la casa de una vecina suya del barrio Barandillas. “Todos los días vengo a desayunar donde doña Tina.Es la única casa de Honduras donde hacen tortillas de nixtamal”, comentó, exagerando un poco, José Enrique Cardona conocido en el mundo del fútbol como la Coneja Cardona.El hombre de 73 años, bien escondidos en su piel cobriza, trata de comer solamente bocaditos buenos desde que un marqués le aconsejó: ‘Cuando llegues a los 70 años, come y vive bien’. Aunque le gustan las tortillas del comal a la mesa, se come solo tres para no resentir a su estómago.Tras el desayuno se acomodó en una silla de plástico en el portal de la vivienda sin soltar su bastón metálico, aliado permanente de su pierna derecha que tantos goles anotó.“Se me fue una balinera entre el fémur y la cadera por un desgaste”, explica al referirse a su cojera.No ha querido operarse pese a las sugerencias de su hijo Vicente, porque médicos amigos le han dicho que a sus años no vale la pena el sacrificio. También era bueno con la pierna zurda que ejercitó de tanto sustituir a la derecha cuando se lastimaba por patear descalzo en las “potras” jugadas en el campo El Tamarindo de La Lima Vieja, adonde creció.No se imaginó el hijo de doña Petrona Gutiérrez que darle a la pelota también con la zurda, le sirviría con el tiempo al convertirse en la estrella del Atlético Madrid, ya que estuvo un año jugando de extremo izquierdo en ese equipo español.Un cipote de la gavilla le puso Conejo porque era bueno para escurrirse cuando jugaban “libre”, un juego de antaño entre dos bandos parecido al de policías y ladrones. “El conejo es un animal tonto, la que es lista es la liebre”, le ilustró Cardona. Sin embargo, para que nadie se saliera con la suya decidieron ponerle Coneja.Se codeó con los grandesNació por circunstancias del destino en el campo Bejuco, de Higuerito, pues sus padres estaban de pasada por ese punto bananero cuando a doña Petrona le tocó dar a luz.Su padre, José de la Cruz Cardona, era como los gitanos. Trabajaba en el Ferrocarril viajando por todos los corredores ferroviarios llevando consigo a su compañera para que vendiera comida a los trabajadores. En una acampada que hicieron en El Bejuco vino al mundo, con la ayuda de una partera, el hombre que se codearía con los grandes del fútbol internacional como Pelé y Alfredo Di Stéfano.“Jugué siete temporadas con El Elche y otras siete con el Atlético Madrid”, dice al recordar los años de gloria y de bonanza que vivió en España donde no era conocido por la Coneja sino por el Indio Cardona. “Nunca me imaginé que a los 18 años daría el gran salto a Europa”.Había sido goleador y campeón de liga de Honduras jugando con el Hibueras. En esa época Otto Bumbel (también entrenador del Elche), que entrenaba al Lusitano de Évora portugués, estaba interesado en el defensa hondureño y, tras contratarlo, decidió fichar al jugador que hubiera quedado máximo goleador de la liga hondureña sin ni siquiera conocerlo, ese era Cardona.Le ofrecieron un ‘contrato en blanco’ y pagaron un traspaso de 500 dólares al Hibueras.La conversación se interrumpe. Cardona se incorpora lentamente para dirigirse a su casa distante media cuadra de la de doña Tina. En el trayecto prefiere no hablar. El aire parece hacerle falta desde que la alta presión arterial le declaró su guerra silenciosa.Tras abrir un pequeño portón de su casa, sobre una hojarasca de almendro, sale a recibirlo su perra Maya, una avejentada sabuesa que parece no tener fuerzas ni para ladrar. “Aquí vivo solo con mis árboles y mis recuerdos. Amo la naturaleza”, dice. Un telvisor plasma en el que suele ver programas españoles, pero sobre todo fútbol, contrasta con los muebles sencillos en la reducida sala. Los recortes de viejos periódicos y fotos en blanco y negro hablan desde las paredes, de su trayectoria luminosa en el balompié internacional.“Es bonito tener ese montón de reconocimientos y trofeos, pero es más bonito que te quiera y te respete el pueblo”, dice sosegado. Elude hablar de la bonanza económica que como empresario también tuvo en España. Ahora vive de una pequeña pensión del Estado y de las remesas que suelen enviarle los hijos que tuvo con su exesposa española. No se volvió a casar.

Terminaba de desayunar con tortillas de maíz nixtamalizado cuando lo abordamos en la casa de una vecina suya del barrio Barandillas. “Todos los días vengo a desayunar donde doña Tina.

Es la única casa de Honduras donde hacen tortillas de nixtamal”, comentó, exagerando un poco, José Enrique Cardona conocido en el mundo del fútbol como la Coneja Cardona.

El hombre de 73 años, bien escondidos en su piel cobriza, trata de comer solamente bocaditos buenos desde que un marqués le aconsejó: ‘Cuando llegues a los 70 años, come y vive bien’. Aunque le gustan las tortillas del comal a la mesa, se come solo tres para no resentir a su estómago.

Tras el desayuno se acomodó en una silla de plástico en el portal de la vivienda sin soltar su bastón metálico, aliado permanente de su pierna derecha que tantos goles anotó.

“Se me fue una balinera entre el fémur y la cadera por un desgaste”, explica al referirse a su cojera.

No ha querido operarse pese a las sugerencias de su hijo Vicente, porque médicos amigos le han dicho que a sus años no vale la pena el sacrificio. También era bueno con la pierna zurda que ejercitó de tanto sustituir a la derecha cuando se lastimaba por patear descalzo en las “potras” jugadas en el campo El Tamarindo de La Lima Vieja, adonde creció.

No se imaginó el hijo de doña Petrona Gutiérrez que darle a la pelota también con la zurda, le sirviría con el tiempo al convertirse en la estrella del Atlético Madrid, ya que estuvo un año jugando de extremo izquierdo en ese equipo español.

Un cipote de la gavilla le puso Conejo porque era bueno para escurrirse cuando jugaban “libre”, un juego de antaño entre dos bandos parecido al de policías y ladrones.

“El conejo es un animal tonto, la que es lista es la liebre”, le ilustró Cardona. Sin embargo, para que nadie se saliera con la suya decidieron ponerle Coneja.

Se codeó con los grandes

Nació por circunstancias del destino en el campo Bejuco, de Higuerito, pues sus padres estaban de pasada por ese punto bananero cuando a doña Petrona le tocó dar a luz.

Su padre, José de la Cruz Cardona, era como los gitanos. Trabajaba en el Ferrocarril viajando por todos los corredores ferroviarios llevando consigo a su compañera para que vendiera comida a los trabajadores. En una acampada que hicieron en El Bejuco vino al mundo, con la ayuda de una partera, el hombre que se codearía con los grandes del fútbol internacional como Pelé y Alfredo Di Stéfano.

“Jugué siete temporadas con El Elche y otras siete con el Atlético Madrid”, dice al recordar los años de gloria y de bonanza que vivió en España donde no era conocido por la Coneja sino por el Indio Cardona. “Nunca me imaginé que a los 18 años daría el gran salto a Europa”.

Había sido goleador y campeón de liga de Honduras jugando con el Hibueras. En esa época Otto Bumbel (también entrenador del Elche), que entrenaba al Lusitano de Évora portugués, estaba interesado en el defensa hondureño y, tras contratarlo, decidió fichar al jugador que hubiera quedado máximo goleador de la liga hondureña sin ni siquiera conocerlo, ese era Cardona.

Le ofrecieron un ‘contrato en blanco’ y pagaron un traspaso de 500 dólares al Hibueras.

La conversación se interrumpe. Cardona se incorpora lentamente para dirigirse a su casa distante media cuadra de la de doña Tina. En el trayecto prefiere no hablar. El aire parece hacerle falta desde que la alta presión arterial le declaró su guerra silenciosa.

Tras abrir un pequeño portón de su casa, sobre una hojarasca de almendro, sale a recibirlo su perra Maya, una avejentada sabuesa que parece no tener fuerzas ni para ladrar. “Aquí vivo solo con mis árboles y mis recuerdos. Amo la naturaleza”, dice. Un telvisor plasma en el que suele ver programas españoles, pero sobre todo fútbol, contrasta con los muebles sencillos en la reducida sala. Los recortes de viejos periódicos y fotos en blanco y negro hablan desde las paredes, de su trayectoria luminosa en el balompié internacional.

“Es bonito tener ese montón de reconocimientos y trofeos, pero es más bonito que te quiera y te respete el pueblo”, dice sosegado. Elude hablar de la bonanza económica que como empresario también tuvo en España. Ahora vive de una pequeña pensión del Estado y de las remesas que suelen enviarle los hijos que tuvo con su exesposa española. No se volvió a casar.

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