“Usted, ¿se encuentra bien?”

Sufrir un robo resulta traumático, pero si reflexionamos siempre hay algo más importante que la pérdida material

De repente el vacío. Esa sensación de ser succionada por un agujero negro al comprobar que la cartera, que hace unos minutos se encontraba en la bolsa, había desaparecido.

El corazón se acelera, las interrogantes se atropellan en la mente, la mano vuelve a tentar todos los artículos que llevaba, hasta sacar uno por uno y comprobar a la mitad del viaje y parada en la estación de tren de Florencia que, en efecto, alguien la había extraído.

Todo gira a mi alrededor a la velocidad de la luz al recordar las tarjetas de crédito, la credencial de elector, la credencial del seguro médico, sin contar con el efectivo que llevaba. ¿A qué hora, cuándo, en dónde? Y.¿ahora?

"Cuando salgo de viaje traigo todos mis documentos fotografiados en caso de que se me pierdan", me comentó un día mi hermano. Idea que había decidido imitar y anécdota que ahora martillaba mi mente por no haberle hecho caso.

Un amigo nos acababa de advertir sobre los carteristas que operan en lugares tumultuosos y turísticos. Con el estómago contraído repaso los movimientos que había hecho antes de subirme al tren: "Saqué la cartera para darle una moneda a la señora del baño y la metí sin cerrar la bolsa para no perder el tiempo ni el tren". Pues si, tal parece que hay personas muy pendientes de las turistas distraídas como yo.

"A mí no me va a pasar". Es el pensamiento mágico con el que creemos salvarnos de la situación y que se evaporó de golpe al darme cuenta de que la pila de mi celular estaba al 25 por ciento, que no traigo el teléfono de los bancos de ninguna de las dos tarjetas y que era domingo y todas oficinas en la ciudad estaban cerradas.

Es interesante analizar las reacciones de las personas y de las empresas bancarias ante este tipo de incidentes, así como lo perceptivos que nos volvemos a ellas por el efecto del estrés. La que más me asombró fue la de Pablo, mi esposo: calma total. La reservación en el restaurante para ir a comer fue lo que le pareció más importante en el momento, lo cual le agradecí.

Una vez sentados, sacó su tarjeta American Express y en el dorso vimos un teléfono de atención internacional al cual llamamos de inmediato. ¡Ah qué alivio y que diferencia de servicio! Debo decir --y no es anuncio, cuánto agradecí que me contestara una voz humana y no una grabadora, como ocurrió con Citi Banamex, mismo que me envió a cuatro lugares antes de repasarme tres largos anuncios que presumían cuán eficientes eran.

En una situación de apuro, como era en la que me encontraba, y con la pila del teléfono desfalleciendo, resultaba totalmente lo contrario.

El joven del primer banco se llamaba Carlos Velázquez -honor a quien honor merece-, me respondió en domingo a sus 5:45 de la mañana, con el mejor de los ánimos. Después de que le comenté que me habían extraído la cartera y que no tenía el número de la tarjeta, lo primero que me preguntó fue: "Usted, ¿se encuentra bien?-y siguió- No se preocupe ahorita mismo capturo su información para cancelar su tarjeta".

Comienzo a respirar. En cinco minutos y con una llamada el asunto estaba resuelto. En cambio en el otro banco, en pocas palabras y para no aburrirte con los detalles, querido lector, fue una tortura.

Una vez en calma recordé las palabras de un maestro que nos decía que todo lo que nos sucede nosotros lo atraemos. Ups, ¿qué habré hecho?

A partir de ese pensamiento me acordé que hacía un par de años, Pablo y yo caminábamos por una avenida en Londres cuando en el momento exacto en que pasamos frente a un cajero automático éste de la nada empezó a soltar billetes.

Fue de no creerlo. Nos volteamos a ver extrañados; nadie parecía haberse percatado. Trescientas libras en billetes nuevos fue el regalo que nos mandó el Universo, o un turista distraído que picó los botones para realizar la transacción y se fue al ver que no salía nada. Ese día nos fuimos a cenar felices y agradecidos.

Hoy el "regalo" fue para otro. Casualmente la cantidad que llevaba en efectivo era la misma que en aquella ocasión. Así que me consuelo al pensar que ojalá le haya solucionado algo importante a la persona que se la llevó, o bien que le haya servido para irse a celebrar muy feliz con un ser querido.

Todo esto antes de pensar en la posibilidad de darle la razón a mi maestro. Y, la pregunta que más agradecí de toda la experiencia fue: "Usted, ¿se encuentra bien?".