En el momento en que nuestro pensamiento o manera de pensar cambia, nuestras emociones cambian también.
En el momento en que nuestro pensamiento o manera de pensar cambia, nuestras emociones cambian también.

La vida es como la casa del tío chueco

¿Cuántas veces la percepción inicial nos engaña al grado de llegar a afectar relaciones, salud o el curso de la existencia?

¿Recuerdas haber visitado la casa del tío chueco en alguna feria? Sí, me refiero a esas casas en las que la perspectiva de las cosas no se ajusta al mapa mental de lo que debe ser y la posición de todos los objetos reta los sentidos.

Hace poco visité con mi familia un pueblo con dichas características. La primera sorpresa se presenta al entrar por una puerta y sentir que una fuerza invisible te jala de manera persistente, como si corrieras de bajada, no obstante, la vista te reporta que vas de subida ¡Cómo! Y cuando ves que a tu lado un río fluye hacia arriba, no entiendes nada.

"Nosotros ya logramos verlo como en realidad es -nos dicen dos jóvenes que trabajan en el parque de diversiones desde hace tiempo-, la percepción es la que nos engaña". Esa subida en realidad va de bajada, pero el cerebro no lo entiende debido a diversos trucos de ilusión óptica.

Me quedé pensando en lo mucho que se asemeja lo anterior a la vida en general: ¿cuántas veces la percepción inicial nos engaña al grado de llegar a afectar relaciones, salud o el curso de la existencia?

Partamos de que el pensamiento y la emoción son inseparables. Todas las experiencias, actitudes o estados de ánimo que vivimos son el resultado de lo que pensamos y sentimos, no de lo que sucede en el exterior, por lo que cualquier cambio que deseemos ver, lo tenemos que hacer de adentro hacia fuera.

Según ese concepto, podemos afirmar que lo que pensamos es la siembra y nuestra experiencia la cosecha. En el momento en que nuestro pensamiento o manera de pensar cambia, nuestras emociones cambian y nuestra bioquímica y fisiología también, ¡aun si la situación o las personas no cambian! Así, podemos entender que la gente hace cosas, no nos hace cosas y que tenemos el poder de decidir si nos afectan o no.

Cómo deberían ser las cosas. La verdad es que dentro de la mente de cada uno de nosotros hay un gran mapa que se titula Cómo deberían ser las cosas, formado por nuestra educación, cultura, creencias, percepciones en la infancia y demás.

Cuando la realidad no se ajusta a nuestro mapa interior, el mundo parece no ser tan amigable como antes y entonces, molestos, cuestionamos todo y hasta reclamamos a la vida, a nuestra pareja o a quien se nos ponga en frente. Pero ¿es ese el camino?

Lo que nos toca es respirar, abrir la conciencia, ajustar la mirada y tratar de ver más allá de la percepción inicial para transformar la experiencia.

El mundo se funda de adentro hacia fuera, no al revés como nos han hecho creer. Si decidimos dar vida a la creencia de que estamos enfermos, que nadie nos quiere o no pensamos en otra cosa más que en lo mal que hacemos algo, serán estos pensamientos los que se convierta en nuestra realidad.

Nuestro pensar lo sentimos de manera constante, seamos conscientes de ello o no. ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Que todo enojo, frustración, tristeza, envidia o culpa provienen de lo que pensamos en el momento y no de la persona, situación o problema que suponemos son el origen de nuestra aflicción. De la misma manera, sucede con el gozo, la felicidad, el amor y la bendición.

Al igual que sucede en la casa del tío chueco, nuestro conflicto es la falsa creencia de que algo más allá del pensamiento puede causar las emociones que sentimos.

¿Por qué no estar más vigilantes con lo que permitimos albergar en la mente y eliminar al tronar de los dedos un pensamiento nocivo? Despertar a esa realidad puede cambiar nuestra vida y darnos salud física, mental y emocional.