“Es que lo hago por amor”. No te engañes, el sacrificio de ninguna manera puede ser amor; en realidad esa conducta es puro egoísmo.
“Es que lo hago por amor”. No te engañes, el sacrificio de ninguna manera puede ser amor; en realidad esa conducta es puro egoísmo.

Sacrificarse nunca resulta, al final, no te lleva a la felicidad

Hoy les cuento la historia de Lucía, una mujer que por 25 años decidió vivir al lado de un marido abusivo y que no la respetaba

“Con el tiempo me convertí en la mejor actriz. Socialmente aparentamos ser la pareja perfecta, sin embargo, la vida con mi esposo es una pesadilla. La verdad es que siempre lo ha sido. Desde el día de mi boda supe que había tomado una mala decisión, lo presentí. En la luna de miel descubrí su verdadero carácter, una manera de ser que mientras fuimos novios nunca mostró”.

“Me comenzó a tratar muy mal, a menospreciarme, a hacerme sentir chiquita. ¡Cuánta razón le di entonces a las voces de mis papás que me habían aconsejado no casarme!

“Me embaracé de mi primera hija y las cosas parecieron mejorar, sin embargo, lo que sucedió fue que poco a poco me acostumbré al maltrato y me fui encogiendo. Tuvimos otros dos hijos. Con el tiempo, me sentí una mártir y estaba convencida de que me sacrificaba por mis hijos.

“Nunca tuve el valor de separarme de él. Veinticinco años de mi vida fui infeliz, hasta que su descaro y desamor eran tan evidentes que mis hijos lo notaban y me aconsejaron separarme”.

La historia de Lucía se repite una y otra vez de distintas maneras. Parejas que no son felices, pero deciden permanecer juntas por sus hijos. Historias que, vistas a lo lejos, pueden parecer nobles, pero que de cerca son una película de terror.

Si alguna vez te has sacrificado o has vivido con alguien que todo el tiempo se sacrifica, sabrás lo doloroso y feo que es. Al principio parece funcionar, pero a la larga la mentira envenena.

Todos pierden y nunca funciona. La ilusión de que las cosas se compondrán es pasajera y el costo es muy alto. Las caras pueden fingir, pero la energía que la desavenencia genera se percibe e impregna cada una de las paredes de la casa y sus habitantes. Y los niños son especialmente sensibles a ella. No hay manera de disimular.

Congruencia: la solución. Sacrificarse en ningún caso es la solución, ni para salvar un matrimonio ni para sacar adelante una empresa ni para lograr el éxito personal. El sacrificio siempre pasa la factura, principalmente a nuestra salud.

Sacrificarte lejos de hacer bien es solo un falso intercambio. Entre más lo hacemos y más creemos dar, más creemos que es nuestro derecho recibir y merecer.

Como eso seguramente no sucede, pues es una creencia que solo se encuentra en nuestra cabeza (los otros ni se enteran), el resentimiento y las facturas por cobrar se acrecientan por minutos. ¿A costa de quién? De nosotros, de la calidad de vida y de vivir encerrados en una prisión autogenerada.

En el fondo, el sacrificio también es miedo. Cada vez que te sacrificas por algo o alguien conviene observar: ¿a qué le temes: a quedarte solo, a no poder, a ser rechazado o a fracasar?

Finalmente, el sacrificio, aunque no lo creas, también es una forma de control. Lo podemos utilizar para controlar las relaciones, para aferrarnos a un pasado o a una imagen falsa de nosotros mismos, para evitar quedarnos solos o hasta para eludir la intimidad.

Una de las excusas más frecuentes que escuchamos es: “es que lo hago por amor”, no te engañes, el sacrificio de ninguna manera y bajo ninguna óptica puede ser amor; en realidad es egoísmo.

Soterradamente siempre hay una exigencia de que el otro, o los otros, también se sacrifiquen. El amor entonces se vuelve un deber, un trueque. Y el infierno en vida se convierte en una realidad.

La única manera de vivir una vida plena y gozosa es acudir al corazón y enfrentar la realidad: ¿por qué o por quién me sacrifico? Después, encontrar el valor para ser congruentes. No hay otra salida.