Sucesos
Jueves 29 de marzo de 2012

Honduras: Motín de seis horas deja 13 muertos en penal

11:42 pm  - Redacción: redaccion@laprensa.hn

Trece reclusos fueron asesinados y uno resultó herido en una riña en el presidio sampedrano.

San Pedro Sula,

Honduras

El sonido de varios disparos dentro del Centro Penal Sampedrano presagió la tragedia.

El usual bullicio que traspasa el muro del presidio hasta llegar a oídos de los vecinos del barrio Cabañas acabó de golpe para darles paso al caos, a la tensión, a la muerte y al horror. 

El reloj marcaba las diez de la mañana cuando abogados, fiscales, miembros de una iglesia evangélica y algunos familiares de los reclusos salieron despavoridos del lugar.

Los custodios, mientras tanto, hacían movimientos inútiles para reducir a la impotencia a la turba de presos. No tuvieron éxito. Desde ese momento, los reclusos tomaron el control del presidio.

En medio de la confusión, Félix Antonio Cruz, uno de los presos del módulo de reos comunes, llegaba herido de bala hasta la guardia del penal pidiendo ayuda. “¡Le cortaron la cabeza! ¡Los están matando a todos!”, alcanzó a decir antes de ser metido en una ambulancia que lo llevó a un centro asistencial. 

A las 11:20 de la mañana, una columna de humo comenzó a salir del área de la cocina. A esa hora, el ulular de las patrullas policiales y de tres ambulancias alertó a los vecinos de la zona de que en el penal ocurría una nueva tragedia.

Veinte agentes con máscaras antigás y 60 de las Fuerzas Especiales de la Policía Nacional se apostaron en los alrededores del centro penitenciario en espera de la orden para entrar.

También llegaron los bomberos. Tres cisternas con decenas de efectivos se aparcaron frente a la entrada de la prisión. El humo les recordaba la tragedia de la Granja Penal de Comayagua, en la que, mes y medio atrás, 360 reclusos murieron abrasados por las llamas. Querían entrar, acabar con esas columnas de humo, pero los reos, los mandamases del lugar, no lo permitieron.

A esas alturas, 90 minutos después, familiares de los reclusos ya estaban aglomerados en las afueras del recinto, muchos de ellos con lágrimas en el rostro, clamando por información de sus parientes.

El caos reinaba. Adentro, donde se desataba una riña brutal entre reos, y afuera, donde autoridades no sabían qué hacer y familiares de los presos eran víctimas de la histeria colectiva.

A las 11:43 de la mañana se escuchó un nuevo disparo, pero las autoridades policiales negaban que hubiese disturbios dentro del recinto. “La situación está controlada”, decían.

Luego, tres bomberos quisieron entrar a la prisión en una cisterna para apagar el conato de incendio que había en la cocina. Segundos después fueron obligados a salir por los reos, que cubeta en mano decidieron combatir el fuego por su propia cuenta.

A las 12:17 del mediodía, la magnitud de la tragedia quedó al descubierto. Policías preventivos se armaron de valor y entraron en el lugar. De inmediato, la macabra escena les nubló los ojos: una cabeza humana yacía sobre una galera. Fue lanzada por los reos como si se tratase de un trofeo de guerra.

Para las autoridades ya era imposible negar lo innegable. Los reos eran los amos y señores del lugar.

Los jefes policiales hacían desesperados intentos por negociar con ellos, pero sin éxito, mientras, a 10 cuadras del lugar, delegados de doce países discutían las estrategias que se usarían en contra de la violencia en una cumbre de seguridad.

Faltaban 18 minutos para las dos de la tarde cuando llegó a la cárcel el vehículo de Medicina Forense. En ese momento, Pompeyo Bonilla, ministro de Seguridad, y Ricardo Ramírez del Cid, director de la Policía Nacional, decidieron informarles a los periodistas que, producto de una riña entre reos, había 13 muertos.

Inmediatamente, la desesperación de los parientes de los presidiarios ganó en intensidad. Temían que uno de los suyos fuera uno de los 13.

Gustavo Fajardo, jefe noroccidental de la Policía de Investigación, informó que la riña se originó entre miembros de la celda 18 que no estaban de acuerdo con las medidas impuestas por Mario Antonio Henríquez Álvarez, subcoordinador de dicho lugar, quien pretendía trasladar a una parte de los reos a otro sector de la cárcel.

Henríquez guardaba prisión por robo de vehículo y portación ilegal de armas desde el 6 de agosto de 2007. Fue atacado con arma blanca cuando se encontraba en su cuarto.

Lo mataron con odio brutal. Lo acuchillaron una y otra vez y luego lo decapitaron. En la misma celda 18 se encontraba Elder Ramos Romero, quien guardaba prisión por homicidio y era ayudante de Henríquez. Él también fue atacado por los criminales. Una vez consumados ambos asesinatos  juntaron los dos cuerpos y les prendieron fuego. Uno a uno fueron matando a once reclusos más. ¿La causa?: simpatizar con Henríquez Álvarez. Los reos amenazaban con seguir matando a reclusos si la Policía se atrevía a entrar.

El baño de sangre no continuó gracias a la mediación de monseñor Rómulo Emiliani.

Su llegada al presidio apaciguó a los iracundos reos. Tras dos horas de diálogo, los convenció de que frenaran los ataques y acabaran con el sangriento motín.

Las horas de terror acabaron a las cuatro de la tarde. “Todo ha retornado a la normalidad, pero es innegable que este centro penal es una bomba de tiempo y que urge la construcción de uno nuevo”, decía un jefe policial, cuya declaración ya no le importaba a nadie. Emiliani, el héroe de la jornada, ha dicho esto miles de veces y nadie le ha hecho caso. Ya es hora de que lo hagan, no vaya a ser que el ángel con barba no llegue a tiempo la próxima vez.

Lista de fallecidos

1. Mario Antonio Enriquez

2. Elder Ramos Romero

3. José Armando Gómez Rivas

4. Nery Sagastume Chinchilla

5. Gary Jesús Majivar Lara

6. Anacleto Gutierrez Bonilla

7. Teodoro Archaga

8. David Enriquez

9. Oscar Emilio Colindres Fajardo

10. Felipe Humberto Erazo Rivera

11. Marco Tulio Contreras

12. José Armando Gutierrez López

13. José Santos López Medina

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Vía Pública

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