OPINIÓN Columnas
Jueves 31 de enero de 2013

Con las manos vacías

05:47 pm
Por: Rómulo Emiliani

Qué frustración y qué dolor llegar al cielo  con las manos vacías y escuchar al Señor que te dice: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles.  Porque tuve hambre, y no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; fui peregrino, y no me alojaron; estuve desnudo, y no me vistieron; enfermo,  o en la cárcel, y no me visitaron”, Mt 25, 41 ss. Y no saber qué responder y preguntar que dónde estaba Él, que no lo vimos. Esta debe ser una experiencia horrorosa, porque estará en juego nuestra salvación, el ver y estar con Dios, o condenarse.  Y el texto continúa diciendo: “En verdad les digo que cuando dejaron de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejaron de hacerlo”.

Jesús se identifica con todos aquellos que tienen carencias, por ejemplo, de salud, libertad, alimento, bebida, ropa… en verdad, con todos los pobres del mundo.  El texto es en extremo dramático y no podemos saltárnoslo.  Jesús insiste en una actitud de solidaridad con un componente real de acciones concretas, que en verdad alivien en algo o mucho el sufrimiento del hermano afectado. Lo que no podemos es permanecer indiferentes a la tragedia de la humanidad. Es antievangélico.

El pecado de omisión es muy grave y qué  poca conciencia tenemos del mismo.  Estamos muy enfocados con los pecados que tienen que ver con acciones palpables: murmuración, robo, embriaguez, ofensas verbales o físicas, cometidas en algún momento de nuestra vida, y por supuesto que deben ser examinadas, valoradas y en arrepentimiento confesadas, logrando incluso de algún modo resarcir el daño cometido.  Pero qué poco pensamos en el pecado de omisión, que consiste en no hacer el bien que podríamos hacer cuando hay que hacerlo.  Estamos destinados a producir frutos de acuerdo con las capacidades dadas por Dios y que deben ser desarrolladas a lo largo de nuestra vida. El asunto es que no realizamos la voluntad de Dios y dejamos dormir esas energías que poco a poco se diluyen.

Todos tenemos cualidades de diversa categoría que cooperan con el movimiento ascendente de la humanidad, recapitulada en Cristo, que va hacia su plenitud en un encuentro profundo con Dios, en donde nos iremos divinizando sin perder nuestra identidad humana y personal.  Esas capacidades naturales y espirituales están destinadas a promover el ascenso del ser humano, cada uno de acuerdo a su ubicación histórica. El drama viene cuando se entierran los talentos y se crean vacíos, como “agujeros negros” en esa marcha hacia el cielo, y muchas personas sufren por  no tener las ayudas convenientes de acuerdo a lo que podríamos aportar.

Dos parábolas nos iluminan: La del Buen Samaritano, (cf Lc  10,30-37) donde el Señor reconoce como justo a este hombre, que en un acto de misericordia profunda se baja del caballo y atiende al apaleado con lo que tiene y lo monta en su cabalgadura y lo lleva a la posada más próxima, haciéndose cargo de él.  Aquí se nota cómo la compasión activa, la que le duele el drama del otro se convierte en una acción liberadora de una opresión. El buen samaritano aporta lo que posee, no menos,  y con eso salva al otro de la muerte.  La otra, la parábola de los Talentos, (cf Mt 25, 14-30), donde un señor se va de viaje y deja a un siervo cinco talentos, a otros dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad.  Luego el que había recibido cinco talentos los trabajó y ganó otros cinco.  Igual pasó con el que tenía dos.  Pero el que tenía uno, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su amo. El drama no se hizo esperar, ya que nada más volver el amo del viaje se dio cuenta de todo y condenó al que no puso a producir el talento.

Enterrar el talento sería tener amor y no darlo, dejando a los seres queridos con un vacío en el alma; tener inteligencia y no aportar nada productivo para nadie; tener bienes materiales y no compartirlos; poder llevar a otros a Dios y no hacer nada.  Enterrar el talento significa permanecer indiferente al dolor humano, pensando solamente en el propio ego. Lo hermoso es presentarse en el juicio final con las manos llenas de buenas obras y decirle a Dios, con quien somos invencibles, ¡misión cumplida!

Las obras hablan del corazón de cada uno. Son los frutos los que nos dicen qué árbol es aquel y nadie puede engañarse a sí mismo y menos en un juicio final, donde Dios es el juez.

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