OPINIÓN Columnas
Miércoles 06 de marzo de 2013

Chávez

06:48 pm
Por: Aníbal Delgado Fiallos

Para mí tres cosas marcaron la personalidad política de Hugo Chávez: su compromiso con los pobres de su país y del mundo, su ideal por la unidad de América Latina para la paz y el progreso, su profundo celo por la soberanía nacional que lo llevó a cultivar un bravo antiimperialismo.

Llegó a la presidencia de Venezuela por los duros caminos de una lucha de casi diez años contra el poder oligárquico de los caudillos tradicionales; casi desde el piso aquel joven oficial desconocido fue cubriendo una ruta que pasó por el golpe militar fallido y la cárcel, hasta lograr ser elegido presidente de la República con un amplio programa de reformas sociales.

El pueblo de Venezuela estaba harto de políticos mentirosos y ladrones, y no le fue difícil poner oído al discurso novedoso de un militar que a muchos venezolanos no terminaba de gustar, pero que frente a la ausencia de alternativas democráticas había que probar.

Chávez llegó con un sueño: la unidad de América Latina para liquidar el viejo dominio continental, y no vaciló en iniciar un proceso de alianzas con personalidades del continente y poner inmensos recursos de su rico país al servicio de esta causa; se inició así una movilización de gobiernos y pueblos de América del Sur y el Caribe que ahora exhibe realizaciones concretas.

Chávez, rotundo, impredecible, irreverente, muchas veces al margen de lo que nuestra sociedad acepta como culto, con plante de áspero caudillo, muchas veces abrió espacios para adversarlo y condenar muchas de sus atropelladas acciones, pero el balance final nos deja a uno de los líderes más grandes de nuestro tiempo: solidario, con sabor a pueblo, con sentido de historia, considero que tenía prisa por avanzar como si vislumbrara la brevedad de su existencia.

Cuando proclamaba que el socialismo debe tener un rostro cristiano, decía una verdad incuestionable; el nuevo sistema debe ser eso y aunque sus estructuras no estén vigentes y sea nada más una utopía, la conciencia de los hombres y mujeres comprometidos debe apuntar al cultivo de los valores del amor, la ayuda mutua y el servicio a los demás.

Yo, que no fui uno de sus cercanos en Honduras, más bien uno de sus críticos, rindo mi homenaje de admiración a quien encarnó los ideales más altos de los libertadores.

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