Recolector de basura, trabajo para corajudos en Honduras
12:17 pmPeriodista de LA PRENSA vive el drama de los recolectores de desechos en San Pedro Sula.
Algeria
Siempre pensé que trabajar en la recolección de basura era uno de los oficios que más dañaban la autoestima de la gente.
Por eso, cuando llegué al plantel para sumarme a una cuadrilla recolectora de desechos en el sector Satélite, el nerviosismo me invadía. Tenía el estómago revuelto y me dolía la cabeza.
Apenas eran las 6.45 de la mañana, pero ya estaba sudando a chorros, mientras el sol aún cobijaba tenuemente a San Pedro Sula, capital industrial de Honduras.
Sentí una mezcla de alegría e incertidumbre cuando el encargado del plantel me dijo que el camión en que laboraría se encontraba ya en la colonia El Pedregal.
Conseguí transporte rápido y me comuniqué con mi empleador.
Treinta minutos más tarde ya estaba reunido con él y a pocos metros de ahí estaba estacionada una de las 108 unidades que recogen a diario la basura por 92 rutas que le dan cobertura a toda San Pedro Sula.
-Le voy a decir lo mismo que les digo a todos los nuevos cuando van a trabajar como recolectores por primera vez: este trabajo es sacrificado; vamos a ver si aguanta.
Yo sonreí nerviosamente y le di las gracias. Seguidamente llamó al motorista:
-“Negro”, él va a trabajar con ustedes. Avisame si no aguanta el movimiento.
El “Negro” asintió y el empleador se marchó rápidamente del lugar en un vehículo oscuro.
-Mucho gusto, soy Christian- le dije al “Negro”, un tipo curtido por el sol, de unos 28 años, bastante jovial y bromista.
-A mí solo “Negro” me dicen. Este es el “Templas”, aquel, el “Abuelo”, y ese feo es el “Asa” -dijo con soltura el motorista.
El último aludido replicó:
-Me llamo Moisés.
El “Asa” aparentaba unos 15 ó 16 años. No sé si estaba bromeando, pero daba la impresión de que no le gustaba mi presencia en ese lugar. El “Negro” se percató, le dijo que no me molestara y continuara escogiendo los desechos que después les iban a vender a los recicladores.
No había marcha atrás. Ahí estaba ya colgado de aquella compactadora y convertido en el empleado número 269 de la unidad de Desechos Sólidos de la Municipalidad (entre barrenderos, supervisores, capataces, motoristas y personal administrativo).
Un jean roto, una camiseta desgastada, unos tenis viejos, una gorra descolorida y unos anteojos de treinta lempiras eran mi vestimenta. Demasiado “rala” para protegerme del sol inclemente, medité.
Segundos después alcé la vista, observé el lugar y me planté ante mi realidad: decenas de bolsas negras, blancas, amarillas y verdes con restos de desechos me esperaban en las limpias calles de la colonia El Pedregal.
Las recogí con rapidez, sin complejos. Quería demostrarles a mis nuevos compañeros que iba a ser tan rápido y fuerte como ellos.
A medida que transcurrían los minutos me iba sintiendo más seguro. Sudaba a mares. Después de dos horas de duro ajetreo, mientras el carro estaba parado, me relajé unos instantes y no me percaté de que el “Negro” había acelerado la unidad.
Reaccioné con veloz carrera y me colgué de uno de los extremos de la compactadora. Nunca más me volví a confiar de los rápidos arrancones del avezado motorista.
Eran como las 11.20 de la mañana cuando llegó mi verdadera prueba de fuego: un saco lleno de alimentos descompuestos.
Me puse rojo y empecé a toser. Las ganas de vomitar se apoderaron de mí, pero saqué coraje, agarré el saco y corrí a depositarlo en el camión como si no pasara nada.
Hoy que lo viví, estoy seguro de que han tenido esta pesadilla más de alguna vez todos mis nuevos compañeros de trabajo, pues, de las cien toneladas de basura recogidas a diario en San Pedro Sula, el 21% es de desechos de comida, que genera olores nauseabundos y es imposible que no causen ninguna reacción estomacal por muy acostumbrado que uno esté a este trabajo.
La ardua faena me tenía deshidratado. Aquí no se descansa ni un minuto y, como la sed no entiende de pena, me acerqué a seis residencias a pedir que me regalaran “un vaso de agua, por favor”.
Cuatro empleadas domésticas -supongo- nos miraron con desprecio. Se limitaron a colocar las bolsas de basura en la orilla de la calle para luego cerrar violentamente los portones de las inmensas residencias.
Dos de ellas sí fueron buenas samaritanas y nos regalaron el ansiado líquido. Cada veinte minutos tomaba agua. Estaba bien hidratado.
Cuando ya era un poco más del mediodía, mi estómago crujía, pero del hambre.
A esas alturas ya me había olvidado del olor pestilente, de mi sudor, de mis manos sucias. Solo pensaba en comer, pero por pena no preguntaba dónde lo íbamos a hacer.
Como a las 12.30 terminamos la recolección en El Pedregal y nos trasladamos a la Moderna. De pronto, el pasado vehículo fue estacionado en una pulpería.
Aquí deben vender almuerzos y burritas. Debe de ser el lugar favorito de ellos, pensé.
Estaba totalmente equivocado.
-Denos un fresco tres litros, cinco vasitos desechables y cuatro churros -le dijo el “Negro” a la dependienta.
Rápidamente hicieron la colecta para pagar, pero no dejaron que aportara.
-Es la invitación de bienvenida -explicó el “Templas”.
La solidaridad de los cuatro tipos me impactó. Invitar a un desconocido cuando apenas ganás 1,200 lempiras a la semana habla bien de cualquiera.
Sus anécdotas y bromas hacían menos pesado el trabajo, que se reanudó un poco después de la una de la tarde en la Moderna.
El noroeste de la ciudad es uno de los sectores donde más unidades recolectoras trabajan cada día, con nueve.
Por la zona sureste circulan diez, luego vienen la Rivera Hernández con siete, Satélite y Cofradía con seis, el suroeste con cinco y Chamelecón con tres. En el centro de la ciudad se diseminan más compactadoras, pues se recogen más de cincuenta toneladas diarias.
Cada cuadra que recorrí era como un episodio diferente a los anteriores. Mientras el “Negro” se sacaba las espinillas viéndose por el retrovisor, el “Abuelo” pedía “bomba” -aceleramiento del motor para compactar los desechos y hacer espacio para continuar acumulando la basura dentro de la unidad-, el “Templas” y “Asa” durante todo el día cumplieron su parte del trabajo, que era encargarse de seleccionar botes plásticos, papel, aparatos eléctricos, latas, materiales de aluminio y botes de perfume para vendérselos a los recicladores.
Los cuatro hacían su trabajo con esmero y disciplina. En cada bolsa de basura que metían en el camión se jugaban el pan de cada día, los útiles escolares de sus hijos, el alquiler de la casa. Son 1,200 lempiras semanales que les saben a gloria.
Ninguno se quejó, no hubo reproches por el trabajo que les dio el destino, por la pestilencia a su alrededor.
Obviamente no podían faltar los recuerdos cargados de humor:
-¿Te acordás, “Abuelo”, de que te pegaste aquel pi... cuando fuiste a comprar al otro lado del bordo? -dijo el “Negro” mientras reía.
-Sí, hombre, todavía me duelen las nalgas- respondió el “Abuelo”, mientras los cuatro se reían a carcajadas.
Quería reírme, pero no tuve suficiente confianza para hacerlo. Lo que sí hice fue admirarlos por el compromiso con sus familias, por el profesionalismo con que hacen su trabajo.
Ya caía la tarde y el sol comenzaba a esconderse. Yo sudaba copiosamente, estaba más sucio que nunca y con la satisfacción del deber cumplido.
Habían sido ocho horas frenéticas. Había experimentado el rechazo de la gente, las miradas de reojo, había sentido sed y, sobre todo, mucha hambre.
El baño y mi familia me esperaban. Me despedí de mis cuatro compañeros. Ellos retornaban, obviamente, más frescos a sus casas, mientras yo me perdía de vista por la Tercera Avenida.
-Nos vemos mañana -les dije.
-Ok, compa -me respondió el “Abuelo”.
A esas alturas ya me había quitado de la mente la idea de que ese trabajo lastimaba el autoestima.
A las seis de la tarde dejé de pensar. Mientras me quitaba la mugre de las manos solo quería darme un baño. Ya me lo merecía.
“Caminé más en dos días que en toda mi vida”
Al día siguiente estábamos empezando a trabajar cuando un alacrán amenazó con mandarme al hospital. Mientras el “Abuelo” agrupaba la basura con un rastrillo, yo la agarraba con las manos y la tiraba en la compactadora.
Repetimos esa misma acción varias veces cuando de pronto escuché el grito:
-¡Cuidado con el alacrán!
Salté como un resorte y de inmediato mi compañero aplastó al peligroso insecto con el pie.
Luego de estrenarme como recolector en zonas exclusivas como El Pedregal y la Moderna, el trabajo me llevó a la colonia Zerón y al barrio Bella Vista.
Ya con más confianza, le pregunté al “Abuelo”:
-¿Qué es lo más asqueroso que te ha tocado recoger?
-Mirá, varias veces he recogido animales muertos, como perros y gatos engusanados. Esto es duro, muy duro, hermano.
Aunque los contratistas y empleados hacen su mejor esfuerzo, el servicio de recolección necesita modernizarse porque la falta de equipo, la escasa cultura de los sampedranos y el incumplimiento de la ley forman un coctel que se convierte en botaderos clandestinos por doquier.
El artículo 82 del Plan de Arbitrios señala multas para quienes arrojan basura en la calles. La ley prohíbe
botar basura
,
animales muertos y todo tipo de desechos en calles, parques, bulevares, riberas y cauces de ríos y quebradas, derechos de vías, solares baldíos y cualquier otro lugar público. Lamentablemente, la ley no se aplica, lo cual alimenta la insalubridad.
Cuando charlábamos sobre un tema sin importancia me percaté de que a pocos metros de distancia se encontraba una perrera.
No pude escabullirme de la responsabilidad. Me acerqué al lugar y cogí una bolsa rota.
-Te llenaste de caca de perro -me dijo el “Abuelo”.
Resignado, me limpié en un trapo sucio y luego me lavé con un gel desinfectante que andaba escondido.
Tengo que admitir que sentí el segundo día más pesado que el primero.
Durante mi adolescencia y juventud formé parte durante muchos años de la banda de guerra del instituto. Los ensayos eran largos, extenuantes, pero sentía que en esos dos días había caminado más que en mis 31 años de vida.
Sin embargo, las palabras de mi empleador, en vez de desmotivarme, fueron mi sostén.
-“Negro”, él va a trabajar con ustedes. Avisame si no aguanta.
Esa frase me picó; estaba exhausto, pero no podía flaquear.
Trataba de olvidar el cansancio motivándome con mis compañeros. Ellos vienen de sueños truncados, a lo mejor desde antes que nacieran. No estudian, terminaron su primaria y hasta ahí nomás.
Pero luchan y tratan de darle bienestar a su familia. No se rinden, así que yo tampoco podía tirar la toalla.
Terminé mi jornada laboral. Medio muerto, pero la concluí. Nuevamente no fui a El Ocotillo , pues mucha gente me advirtió que para los nuevos la vida corre peligro en el gigantesco promontorio de desechos, cuyo período de utilidad terminó hace varios años.
Un estudio de la experta ambientalista Diana Betancourt establece que el botadero dejó de ser funcional en 2008. Entre otras cosas, falta control de residuos, no hay clasificación y el problema ambiental es serio.
Empecé motivado el último día laboral, pero cometí un error. Quise imitar a los demás intentando vaciar un barril de metal sin ayuda de nadie. En el primer impulso no pude. El segundo lo hice con más fuerza y completé la maniobra hasta que el recipiente metálico se detuvo en mi pierna. Un dolor agudo recorrió el resto de mi cuerpo, pero no lo demostré frente al “Templas”, que, cada vez que me acercaba a depositar la basura en la compactadora, me miraba con ojos de sorpresa porque siempre creyó que yo estaba a prueba para ser supervisor. Para mi suerte y la de los otros recolectores, hubo personas que nos daban propinas, pequeñas cantidades, pero útiles para “almorzar”, aunque casi el mismo menú de la semana: refresco con churros.
Al equipo se había integrado Rodolfo, que hacía tareas de supervisor. Esa tarde le reclamó fuerte al “Abuelo”.
-Hey vos, dejá de tirar esos barriles porque nos están vigilando desde aquel busito.
Era el fotógrafo de LA PRENSA, que andaba tomando fotos. Me acerqué a Rodolfo y le pregunté si los del microbús eran de la Municipalidad para que no sospecharan de nuestro reportaje.
-No, esos son del Tribunal Superior de Cuentas que andan viendo que cumplamos las rutas y la recolección completa.
Le hice ver mi asombro por la labor que, según él, hacía en esos momentos esa institución y agregó:
-Estamos en año de elecciones y usted sabe que esta gente así trabaja.
Me despedí de mis compañeros. Ellos no sabían que mi aventura como recolector había llegado a su fin, pero ya era uno de ellos: estaba inmune al mal olor.
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