Catarino Rivas en emergencia permanente
09:40 am - Liliam Mejía: liliam.mejia@laprensa.hnVeinticuatro horas en el hospital Mario Rivas dejan al descubierto el calvario de los enfermos.
Honduras
Detrás de la puerta de vidrio las mujeres gritan pariendo, pero su dolor termina cuando escuchan el llanto de su criatura. Al otro extremo otros también lloran, pero por sus seres queridos que han muerto.
Entre las paredes del hospital Mario Rivas se alberga dolor, llanto y luto, pero también fe, esperanza y solidaridad.
En este centro asistencial cada quien tiene una historia. Es el inicio de 24 horas en el hospital. Es 25 de abril y más de 100 médicos internos y 80 técnicos están en huelga.
En las farmacias, los pacientes hacen filas en busca de medicamentos que no hay y los familiares de los más graves se quedan hasta en las aceras para permanecer cerca de su ser amado.
Son las 9:30 de la mañana y José Salomón García ansía que llegue la hora de visita para poder ver a su esposa.
Él permanece en una camilla del pasillo que conduce a la sala de rayos X . Junto a José, cinco personas más intentan reposar entre el vaivén de médicos, enfermeras, guardias, aseadoras y familias de los demás enfermos.
Ellos esperan mientras queda libre un cupo en las camas de emergencia de medicina interna . Las 720 camas distribuidas en todas las salas se han vuelto insuficientes para albergar tanto enfermo y algunos, como José, deben esperar en el pasillo.
A pocos metros del pasillo donde descansa José, otro grupo está en espera para practicarse un ultrasonido y otros un examen de rayos X. En lugar de encontrar a los técnicos que operan las máquinas lo que hay es un rótulo que les informa sobre el paro de labores. Como no se trata de una emergencia no son atendidos.
En el cuarto piso del hospital están internos los hombres, mujeres y niños que han sufrido quebraduras y, como es de costumbre, solo uno de los tres ascensores funciona.
En esas áreas hay lo esencial: camas, comida y solo algunos de los medicamentos y equipo que necesitan los fracturados.
Los que tienen posibilidades llevan su propio ventilador para no aguantar calor, como Mario (nombre ficticio) que lleva más de un mes interno y su única queja es que le toca comprar medicamentos y equipo ortopédico.
“La atención de los médicos y enfermeras es buena, pero las placas debemos comprárselas a ellos y no donde uno quiere”, expresó el paciente, postrado en una cama producto de una balacera.
Un recorrido por el área de ortopedia de hombres confirma la versión de “Mario”, los demás internos protestan por lo mismo.
Es la hora del almuerzo, el personal de cocina recorre piso por piso cada habitación y van dejando el plato con una porción de arroz, pollo, tortillas y jugo natural.
Francisca Mateo se ocupa de que se hijo coma y enseguida sale en busca de ayuda. La mujer de 46 años pide dinero para poder comprarle fármacos a José Martínez (15) que se quemó el abdomen y el brazo.
Francisca lleva un poco más de tres meses que medio duerme, es el tiempo que tiene interno su hijo. Ellos son originarios de San Manuel, Lempira, donde están sus otros tres hijos bajo el cuidado de su padre.
Aunque ya es la hora de visita, José no espera a nadie, solo a su madre con las cremas que le recetaron. Sus hermanas y su padre no lo pueden ir a ver por falta de recursos económicos.
Francisca ya no sabe qué hacer para conseguir dinero y comprar los fármacos y vitaminas que le piden para el tratamiento que necesita su vástago. El hospital no cuenta con ellos a pesar de que se reporta un abastecimiento del 85% en medicinas.
Los pacientes internos empiezan a recibir a sus parientes. En las sillas del área de filtros de medicina interna unas 30 personas esperan ser atendidas.
Espera parece eterna
Algunos como Karla Patricia Pérez llevan cuatro horas esperando por consulta. Un fuerte dolor de estómago la llevó en busca de asistencia médica.
Karla llegó al Mario Rivas a las diez de la mañana. No almorzó y sigue sentada en la silla esperando que la atiendan.
Cada vez que el médico abre la puerta ella espera escuchar su nombre. Pero a las tres de la tarde se lleva una desagradable sorpresa.
“Les voy a hablar claro, aquí no vamos a dar consulta, el que no esté grave que se vaya para su casa”, el anuncio lo hizo un médico que enseguida empezó a preguntar uno a uno a los pacientes cuál es su malestar.
Después de la veloz consulta les indica quiénes se tienen que regresar a casa con sus dolores y quiénes pueden quedarse.
El paro de los internos y de los técnicos los ha orillado a despachar enfermos. También se han suspendido las cirugías electivas y de los 13 quirófanos solo tienen habilitados dos.
En emergencia el movimiento no para. Heridos por arma blanca, de fuego, accidentados y con complicaciones por enfermedades crónicas son los casos que más abundan.
A las siete de la noche ingresa una mujer de unos 40 años que sufrió quemaduras y también tiene problemas mentales. Grita, tira manotadas e intenta golpear a la gente que se le acerca. En el Mario Rivas no hay sala para las personas con enfermedades mentales.
Los médicos hacen todo por tranquilizar a la mujer que no para de repetir palabras obscenas. Al fondo los parientes de Cristian Iscoa (16) oran por su salud.
Cristian sufrió un accidente que lo dejó en coma y para mantenerlo con vida su familia ha tenido que gastar en ambulancia, estudios, medicamentos y hasta suero.
“Gastamos todos los días, tenemos que estar pendientes de lo que nos piden los médicos”, dijo uno de sus parientes.
A pesar de su estado no lo trasladan a la UCI (unidad de cuidados intensivos) por falta de espacio.
Mientras se desocupa una cama en UCI, un estudiante de medicina bombea con sus manos el aparato que le lleva oxígeno a Cristian. Sus parientes le hablan, oran y los médicos hacen todo lo posible para que despierte de ese estado.
Esa noche la sala está a cargo de un par de internos de la Universidad Católica y otros estudiantes que los auxilian.
Las camas están al tope, los médicos van de una a otra para atender a los enfermos. Casi a las ocho de la noche ingresa un hombre de unos 25 años. Él fue herido en un tiroteo en Chamelecón.
Las agujas del reloj van avanzando. En los filtros y en las emergencias no para de llegar la gente. Afuera, en la acera, los familiares de los pacientes esperan recibir noticias. Muchos deberán pasar la noche ahí, como la familia de Cristian: su papá, hermana, abuela, tías y la novia esperan sentados en una acera afuera. Adentro su madre le sostiene la mano y espera que salga del coma. Esta vez otro estudiante de medicina le bombea oxígeno. Ellos se turnan junto a los parientes para hacer la función del respirador mecánico.
Son las ocho de la noche y los familiares de los que están internos empiezan a acomodarse en todas partes. A estas alturas les tocará pasar la noche en el centro asistencial. Otros se quedan para ser los primeros en la fila de la consulta externa el día siguiente. Los familiares de Marcelino Rivera, quien permanece en la sala de emergencia de cirugía tras haber sido macheteado, son parte del numeroso grupo que se queda en el Mario Rivas. Duermen en cualquier rincón.
Ellos vienen desde San Marcos, Gracias a Dios, y les sale más barato hacer su estadía en el hospital que ir y venir de su lugar de origen. Algunos logran acomodarse en las sillas de las consultas y otros tiran cartones en el suelo.
A medianoche, el sueño y el frío no perdonan, la gente empieza a dormirse donde sea. Sillas, bancas, aceras, pasillos, adentro y afuera, en todas partes, el cansancio y el sueño terminan venciendo a la gente. Pocos permanecen despiertos a las dos de la mañana.
Marlin Julissa Castro (25) se despierta ansiosa por irse. Amaneció, es jueves y ya le dieron de alta. Su familia sube los colchones y maletas al carro que parquearon cerca de la emergencia. Ella ingresó dos semanas internas por preeclampcia, vino trasladada desde Sonaguera, Colón. Está feliz, aunque el parto se adelantó, su hija Milagros de siete meses está en buen estado de salud.
La alegría de esta familia es interrumpida por los gritos de dolor de otra. Son los parientes de Cristian, el joven de 16 años que murió esperando un cupo en la UCI. A pocos metros de la puerta de emergencia un guardia de seguridad nos observa y se acerca. “Aquí es el lado más caliente, se ven unas cosas... Yo ya me acostumbré, los fines de semana las patrullas entran y salen dejando los macheteados y baleados”, expresó el celador. Ellos ayudan a la gente en lo que pueden a pesar de que les deben cuatro meses de pago.
Termina la jornada en el Rivas. Marlin Julissa se va con Milagro en brazos y la familia de Cristian espera que les entreguen el cuerpo. Los demás pacientes ya despiertos esperan que este día sí los atiendan.
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