Pepe Lobo...y el “Porfiriato” olanchano
11:19 pm - César Indiano: redaccion@laprensa.hnPofirio Lobo llegó a la Presidencia de Honduras con las promesas de trabajo y seguridad.
Honduras
Mi amigo Mario Cerrato – memorable compañero de la infancia – se marchó hace exactamente diez años para Chicago… recuerdo que nos despedimos con el corazón destripado mientras él me decía: “Lo doloroso amigo, no es que yo me vaya, sino que tú te quedes aquí”. Hoy trabaja en dos turnos de mantenimiento junto a su madre que también se había marchado cinco años antes que él; pero Mario, a pesar de la distancia, es uno de los hombres mejor informados sobre lo que sucede en Honduras: su patria perdida.
El día en que el Tribunal Supremo Electoral declaró a Porfirio Lobo Sosa como el inobjetable ganador de los comicios (noviembre de 2009) mi amigo me llamó y me dijo con un tono entre triste y sarcástico: “Oíme Indiano, ¿y es que ahí no pueden hallar un Presidente que al menos tenga cara de gente? ¿En ese país la gente no tiene ojos?” Yo simplemente sonreí y le respondí con amargura: “Cómo me hubiese encantado marcharme aquella tarde que nos despedimos en la estación de buses; pero fui cobarde. Hoy me toca presenciar en primera fila la tragedia política más desagradable de nuestra historia”.
Todavía recuerdo como si hubiera sido ayer algunas palabras del actual presidente de Honduras, expresadas días antes de ganar el cotejo: “Debemos tener presente que nuestra razón de ser es mejorar la economía familiar de los hondureños . Darles seguridad personal y familiar. Propiciar más empleo, mayores ingresos, más producción de alimentos y mejores servicios públicos. Es importante que también tengamos presente que se gobierna para todos los hondureños (…) invito a todos mis compatriotas a que me acompañen a este proyecto político para construir la nueva Honduras, para garantizar a nuestros jóvenes verdaderas oportunidades y para que todos, sin distingos de ninguna clase, podamos disfrutar de nuestra Honduras con paz y seguridad”.
Quizá nadie escuchó atentamente los discursos en un momento donde “los discursos” salían sobrando. El caso es que al día siguiente de las elecciones todos los votantes amanecimos con la goma moral de haber dormido, sin querer, con la más fea. Habíamos elegido –con los ojos cerrados –al peor Presidente de la historia hondureña y lo más grave de todo es que los cómplices de aquel sombrío evento electoral éramos personas “teóricamente inteligentes”, pertenecientes todos a una novedosa casta de patriotas emergentes que en meses recientes habíamos alzado las banderas de la dignidad democrática para derrocar a un Presidente bullicioso.
Sabíamos de sobra que la elección de 2009 era la última carta de la partida, pero además queríamos que aquel acontecimiento, ejemplar según nosotros, fuera decisivo para virar el curso de la historia. Pero, como dice el dicho popular, “por hacer un bonito, hicimos un feo”.
“Pensándolo bien – me dijo Gloria Calderón, una anciana que ha sufrido en carne viva todas las calamidades políticas de este país irredimible – me voy aproximando a la muerte y me siento contenta por mí, pero triste por mis nietos… yo no tengo pasado, pero mis nietos no tienen futuro”.
La evaluación del actual Gobierno no se remite únicamente “a lo bueno o lo malo que se haya hecho”, eso en verdad poco importa. La mejor manera de medir el fracaso gubernamental del licenciado Porfirio Lobo es el tedio y el cansancio que produce su presencia. Es un Presidente que bloquea cualquier forma de ánimo y que anula cualquier tipo de concordia. Es la reliquia viviente de cómo todos los errores de un país pueden cobrar vida en la cara de un solo hombre.
Uno se pregunta cómo una persona que caminó por todas las avenidas de la política antes de ser ungido Presidente, puede carecer de los instrumentos más básicos para gobernar una nación. Uno se asombra de cómo alguien que recibió todo lo grande de un país pequeño – cargos, viajes, dispensas, dinero, tierras, favores y oportunidades – devuelva tan poco… con el afán más grotesco de la mezquindad y el desprecio campirano.
Sus tres caballitos de batalla: “trabajo y seguridad” “humanismo cristiano” y “reconciliación” son vacilantes y se diría que hasta burlescos. Son las frases huecas que uno podría leer en un folleto de agitación estudiantil. Representan la frialdad y el desinterés de un gobernante que no está dispuesto a asumir ningún tipo de responsabilidad ante un pueblo que se ahoga entre la incertidumbre económica y la matanza humana.
El único trabajo que tenemos es el de soportar que el tiempo se agote y su gobierno termine. La única seguridad posible es la de huir como lo hizo Mario Cerrato aquella tarde de abril, o la de refugiarse entre cuatro paredes: como hacemos todos los hondureños apenas cae la noche.
Si se tratara de un gobierno humanista “la persona humana estaría en el centro”, y si habláramos de un “gobierno cristiano” Dios sería el motor inspirador del Gobierno. Pero como se trata de humanismo cristiano, es decir, de pinol y chingaste, entonces no hay otro remedio que tragar la pobreza y esbozar esperanzas en un horizonte cada vez más cercano.
Muchas cosas se dicen del presidente Lobo Sosa. Nació el 22 de diciembre de 1947. Es hijo de Porfirio Lobo López y doña Rosa Sosa Hernández. Hizo su primaria en una escuela de Juticalpa llamada Niño Jesús de Praga. Su secundaria la cursó en el instituto San Francisco de Tegucigalpa y más tarde sacó una licenciatura en Administración de Empresas en la Universidad de la Florida. Nadie ha presentado pruebas de su paso por las escuelas de cuadros de Moscú, pero es muy probable que tenga estudios inconclusos de doctrina básica y marxismo para principiantes. En el Instituto Fraternidad de Juticalpa, muchos lo recuerdan como un profesor simpático que daba las cátedras de estudios sociales e inglés (¿?).
Su incursión en política fue bastante prematura y desde 1967 – 70 ya se le ve como presidente de la Juventud Nacionalista de Olancho. Después sus ascensos fueron meteóricos, tanto que para 2002 ya se había convertido en presidente del Congreso, bajo la Presidencia de Ricardo Maduro Joest. Lo que hizo después ya todos lo sabemos, pero se trata de cosas poco interesantes. Tiene reputación de ser un agricultor eficiente, pero su fortuna ha sido cosechada en los terrenos políticos.
En conclusión, la trayectoria política de Lobo Sosa es la demostración palpable de que la burocracia de partido no puede por sí sola producir líderes, únicamente cabecillas y caudillos que exigen “lealtades cruzadas”.
“El porfiriato” de Lobo Sosa es un episodio nebuloso que los hondureños hubiésemos preferido no vivir. Con su inesperada aparición en el paisaje político los ciudadanos de Honduras descubrimos que el hambre, la miseria, el atraso y la violencia no son en verdad los problemas más graves de un país. Hay algo más doloroso que el hambre y existe algo más terrible que la calamidad material, a esto yo le llamo el desamparo. Honduras es en este instante preciso de su historia un país desamparado. Nadie nos representa, nadie nos dignifica, nadie nos enaltece. Hemos llegado a la peor bancarrota espiritual y la persona que elegimos para que tomara las riendas de la patria perdida no hace otra cosa que contar chistes malos, relatar cuentos chinos y reírse – horriblemente – de nosotros.
