Opinión

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Columnas

Llegando hasta el reconocer

En días en los que se resalta mucho la dificultad de ver a Dios y hasta su existencia se hace imperativo que también reflexionemos objetivamente en la otra cara de la moneda. Ante todo, debemos ser conscientes de algo: Dios es impredecible. Lo podríamos llegar a tener al lado en el momento menos esperado; pero para poderlo ver debemos llegar hasta el reconocer. ¿Qué significa esto? Haciendo mías las palabras de A. Pronzato, que para ver a Dios la biblioteca no basta. Se necesita la calle, el sol, el aire libre, la gente, todos aquellos con que me cruzo en el camino. Dios no es una idea, sino una persona. Y a una persona se le encuentra, no al término de un docto razonamiento, sino allá afuera, al término de un camino recorrido, con los ojos abiertos de par en par.Sí, es cierto, aun así no será fácil reconocer a Dios, ya que ha tomado la costumbre de viajar de incógnito, de semejar otro, de aparecer como un actor, un personaje de novela, un retrato en un cuadro o hasta como un “cualquiera” (quizá para confirmar nuestra capacidad de reconocimiento). Pero se puede, si ponemos de nuestra parte.Es aquí, sin embargo, donde se entolda la visión y se atascan los sentidos. El siguiente coloquio del autor citado nos puede abrir el corazón. “¡Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro!” (Salmos 4:6). Y Él podría objetar: “Pero si te obstinas en cerrar los ojos ¿cómo puedo mostrarte mi rostro? Te he encontrado hace poco por la calle y has fingido que no me veías. Era un extraño para ti. Un importuno. Y has seguido adelante. Tenías prisa”. “Yo busco tu rostro, Señor” (Salmos 27:8). “¿De verdad? De todos modos, ¿dónde lo buscas?”. “¡No me escondas tu rostro!” (Salmos 27:9). “¿Y si fueses tú el que se esconde para no ver?”. “¿Cuándo podré ir para estar delante de ti?” (Salmos 42:2). “Inmediatamente, si quieres. Depende de ti”.

Salomón Melgares
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