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La isla que no se repite

Honduras, 11.03.10 - Adolfo Meisel Roca : opinionSPAMFILTER@laprensa.hn

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Adolfo Meisel Roca

Haití y República Dominicana comparten una misma isla.

No parecen compartir, sin embargo, la misma suerte. Mientras que en las últimas décadas el turismo, las exportaciones y los buenos gobernantes, como el presidente Leonel Fernández, han hecho que la economía de República Dominicana sea una de las más dinámicas de Latinoamérica, Haití ha tenido una tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto muy baja.

En 2008 el ingreso nacional bruto per cápita de República Dominicana fue de 7,890 dólares, mientras que el de Haití, 1,118 dólares, sólo fue el 15% del de su vecina república. Haití es el país más pobre del continente americano.

Es un tanto paradójico que en una isla tan pequeña y sin diferencias iniciales muy significativas en la dotación natural de factores existan dos naciones con resultados tan diferentes en cuanto a la calidad de vida de sus habitantes. El reciente terremoto que destruyó buena parte de Puerto Príncipe, y donde murieron más de 150,000 personas, ha puesto de presente la extrema pobreza de Haití.

¿Por qué es tan pobre Haití? La explicación más común dada por los periodistas, e incluso algunos académicos, es que la culpa de la pobreza de los haitianos la tienen sus gobernantes corruptos e ineficaces. Hace pocos días, en un programa de Televisión Española Internacional, el escritor Marco Schwartz trató de convencer, infructuosamente, a un colega suyo de que la cosa era más compleja que encontrar la culpa en la élite política local. Schawrtz alegaba que había que revisar la historia de ese país y lo que las grandes potencias le han hecho a la largo de la historia, como la costosa indemnización que Francia le obligó a pagar a comienzos del siglo XIX y las largas intervenciones militares a lo largo del siglo XX.

No es que uno dude de lo corrupta e ineficaz que es la dirigencia haitiana. El índice de percepción de corrupción que calcula Transparencia Internacional ubicó a Haití en el último puesto en las Américas, es decir, el más corrupto, y en el mundo sólo supera a nueve países. Pero seguir por la ruta de encontrar la falencia en la élite es simplista y puede terminar asignándoles la responsabilidad a las propias víctimas, pues si la dirigencia es la causante última de la situación, lo siguiente que hay que preguntarse es: ¿Y el pueblo por qué los elige? o si no los elige, ¿por qué los tolera?

Para entender bien el desarrollo económico de un país en el largo plazo es necesario estudiar su historia económica y, sobre todo, cómo se diseñaron sus instituciones. La institucionalidad haitiana surgió de una revolución que acabó con la explotación por los franceses de cerca de medio millón de esclavos, más del 90% de la población. Había poco capital humano formal, los principales dirigentes a menudo eran analfabetas, y poco capital social, pues los esclavos pertenecían a diversos pueblos y muchas veces hablaban lenguas diferentes.

Los franceses crearon un infierno tropical altamente rentable a corto plazo e insostenible a largo plazo. Valerosamente en los dos siglos de su independencia los haitianos han buscado salir adelante. Esta catástrofe reciente lo hace mucho más difícil. Es tiempo de que quienes tienen la responsabilidad histórica por lo sucedido en Haití en los últimos 200 años empiecen a reparar el daño que le hicieron a los africanos traídos al Caribe contra su voluntad, así como a sus descendientes. Ahora más que nunca.

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