El eslabón comienza en algún punto de la selva de Colombia, el Perú o Bolivia, donde un campesino humilde le vende su coca a los enviados de las bandas criminales, y termina en alguna ciudad cosmopolita de Estados Unidos o Europa, donde alguien paga por el polvo blanco que lo lleva a una gloria pasajera. En el camino, la cocaína es caos, muerte, violencia, corrupción, dolor, distorsión económica, degradación moral. Se calcula que dieciséis millones de personas consumieron cocaína en los dos últimos años. Una cantidad similar a la de, por ejemplo, los habitantes de un país como Chile.
La coca no es cocaína, pero la cocaína es imposible sin la coca, la planta ancestral que desde siempre acompaña al hombre de los Andes y le ayuda a soportar el hambre y el dolor. En Colombia hay 99,000 hectáreas sembradas de esa planta, en el Perú 53,700 y en Bolivia 28,900 hectáreas. Así, esos países tienen una capacidad potencial de producción de cocaína de 600, 290 y 104 toneladas métricas por año, respectivamente.
En Colombia, donde no hay tradición popular de consumo de coca, prácticamente toda la producción va al narcotráfico. En el Perú para cubrir la demanda tradicional lícita bastaría con menos de un 10 por ciento de lo que se siembra. El excedente va para las mafias, que lo compran a menos de cuatro dólares el kilo a campesinos que no salen así de la pobreza, pero sí logran vivir mejor que si se dedicaran a productos convencionales. Los menos de cuatro dólares pagados por la coca en la selva se convierten en 38,000 dólares el kilo de cocaína en Nueva York o 42,000 en Madrid, aunque esas cifras sean relativas en medio de las diferencias de calidades y las fluctuaciones del mercado. La Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito calcula que la cocaína mueve al año 71,000 millones de dólares.
Se ironiza que la de la cocaína es la única transnacional exitosa latinoamericana. La producción y comercialización del alcaloide corre a cargo de grupos de la región, en especial de México o de Colombia, los dos países que con más sangre pagan por una actividad que es de doble vía, ya que la ley del mercado dicta que no hay oferta sin demanda.
En una encuesta realizada en 2003, un 14.7 por ciento de los estadounidenses mayores de 12 años admitió haber probado cocaína. El Observatorio Europeo de las Drogas estima que por lo menos un tres por ciento de los europeos también lo ha hecho, aunque en España y Gran Bretaña se pasa de cuatro por ciento.
Con esos mercados enormes que buscan proveedores, los productores se hartan de que los señalen como únicos culpables: “No puede ser que se responsabilice más a los países que producen que a los que demandan. Debe haber un principio de corresponsabilidad”, afirmó el ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Jaime Bermúdez.
En torno al mercado prohibido nacieron los llamados cárteles. Primero en Colombia, luego en México, y también, con menor fuerza, en otros países. Bandas criminales de rígido accionar que resuelven sus asuntos a bala, pero que pueden ser aún más peligrosas cuando utilizan como arma su dinero y su poder. La capacidad de infiltración de las mafias en las instituciones ha dejado ya muestras numerosas, pero se estima que son apenas las puntas del iceberg.
Los cárteles colombianos de Medellín y Cali, y otros menores, fueron los “pioneros”. Pero, tras la ofensiva en su contra lanzada por Bogotá a finales de los años 80 e inicios de los 90, emergieron las bandas de México, hoy amas y señoras del negocio.
Según el grupo de análisis estadounidense Stratfor, los cárteles mexicanos, entre los que destacan los de Sinaloa, Tijuana, el Golfo y Juárez, compran cocaína en Colombia y el Perú y la llevan a Estados Unidos vía Pacífico. En la ruta hacia Europa, Venezuela se convirtió en la gran puerta para el Atlántico, según un informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes. África también juega ahora un papel estratégico en ese camino.
Con los mexicanos al mando, el esquema sufrió cambios. Perú, por ejemplo, antes mero vendedor de coca o como mucho de pasta básica, exporta ahora cocaína. Los expertos coinciden en que los colombianos no rivalizan con los mexicanos en el Perú, como sugirió la prensa a raíz de atentados recientes, sino que son empleados de éstos.
Los gobiernos latinoamericanos, instigados por Washington, han respondido con represión. Los resultados dejan dudas. “Estamos muy mal y vamos por un camino tenebroso”, dijo el ministro del Interior de Colombia, Fabio Valencia. Después de años con la misma táctica, el narcotráfico no da muestras de ceder.
Desde América Latina se acusa a Estados Unidos de querer imponer criterios sin admitir responsabilidad. Perú se queja de que Washington le haya reducido la ayuda económica para el sector en un 35 por ciento desde 2003. Venezuela no permite las actividades de la DEA (fuerza especializada de Estados Unidos) desde 2005 y Bolivia tampoco desde el año pasado, y en Ecuador la relación está complicada aunque las operaciones siguen.
“Con el enfoque basado en la prohibición y la represión no se ha logrado disminuir ni las plantaciones ni el consumo ni el tráfico”, advirtió el ex presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, quien con sus homólogos César Gaviria de Colombia y Ernesto Zedillo de México y otras personalidades forma la Comisión Latinoamericana sobre Droga y Democracia.
“Falta un factor fundamental: la reducción de la demanda, con el adicto tratado con un problema de salud pública. Esto no quiere decir liberar el consumo o no reprimir a los grandes grupos de narcotraficantes, pero hay que cambiar el paradigma y actuar en forma más inteligente”, afirmó Cardoso.
En 2009 se cumplió un siglo de que la comunidad internacional le declarara la guerra al tráfico de drogas. En febrero de 1909 en China se creó la Comisión Internacional del 0pio, primer organismo transnacional especializado. Un siglo después, las estadísticas dicen que 16.5 millones de personas consumieron opio o derivados en los dos últimos años, cantidad similar a la de la cocaína, aunque lejana de los 166 millones que recurrieron a la marihuana.
En algunas ciudades intermedias de España o en numerosas barriadas de Estados Unidos conseguir hoy cocaína resulta casi tan fácil como obtener cerveza. En América Latina el consumo también se extiende. En Colombia, por ejemplo, ya llegan a un 2.5 por ciento quienes las han probado.